grupo de musicos raramuri tocando en el piso
Las causas o procesos de fe

El primer Tribunal inquisitorial se fundó 13 años después de la conquista de México-Tenochtitlan. El primer obispo de México, fray Juan de Zumárraga, recibió el título de inquisidor y el encargo de establecer la Inquisición en su diócesis en 1534. Con ayuda del fiscal Rafael de Cervanes y de un pequeño grupo de funcionarios, Zumárraga abrió numerosas causas de fe y siguió varias de ellas hasta su sentencia. En todas sentenció él como inquisidor con la colaboración de un oidor de la Real Audiencia de México.

En esos tiempos se permitió que la Inquisición actuara contra los indios recién convertidos, por lo que el inquisidor-obispo formó numerosas causas de “idolatría” con el fin de ayudar a la cristianización que realizaban los franciscanos en la zona central de Nueva España.

Los juicios contra indios son los más conocidos de la etapa inquisitorial de Zumárraga; pero hay muchos procesos formados contra hombres y mujeres de origen español y africano por delitos como blasfemia, bigamia, hechicería o superstición. Algunos procesos formados en tiempos de Zumárraga permiten aproximarnos a la conflictiva, diferenciada y mezclada sociedad que se estaba conformando en la zona central de la Nueva España.

¿Un inquisidor erasmista?

Fray Juan de Zumárraga, un franciscano nacido en Vizcaya, fue obispo de México durante 20 años (1528-1548), fundador de su catedral y de su cabildo, así como del Hospital del Amor de Dios. Su labor inquisitorial, aunque estaba sometida al Consejo de la Suprema Inquisición en España, debió contribuir a fortalecer su autoridad, que le disputaban tanto conquistadores como frailes y miembros de su propio cabildo.

Hace años el historiador Marcel Bataillon demostró que Zumárraga leía a Erasmo de Rotterdam, un autor que se acercaba a la Reforma y que fue parcialmente prohibido en el mundo católico. Richard E. Greenleaf escribió que Zumárraga era “un pensador segmentado”. Leía a Erasmo y a otros autores humanistas, pero mantenía la ortodoxia de Santo Tomás de Aquino. Como inquisidor puso particular énfasis en los casos de idolatría y hechicería.

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Averiguación contra Mixcóatl y Papalotl (1537). agn, Inquisición, 38, exp. 7, ff. 182-202.

El reo principal de este proceso fue Andrés Mixcóatl, un hombre venerado como semidios en los alrededores del Valle de México. Se decía hermano del dios Tláloc y también de Martín Océlotl, un “hechicero” previamente enjuiciado por Zumárraga, que desapareció antes de su sentencia.

Al igual que Océlotl, Mixcóatl recorría los pueblos invocando lluvias, conjurando el granizo y prediciendo cosechas. Los franciscanos presentaron a Zumárraga una larga lista de los delitos en su contra. El guardián de Tulancingo pedía su castigo y afirmaba: “ha sido más provechoso prehender a éste que predicar seis años, porque todo lo que los frailes hacen, éste lo destruia”.

Mixcóatl fue apresado junto con su criado Cristóbal Papalotl, que antes había servido a Océlotl. Zumárraga castigó a los dos reos bajo cargos de hechicería con escarmiento público: en bestias de albarda fueron paseados por los tianguis mientras se les azotaba y se pregonaban sus delitos en los pueblos donde eran conocidos.

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Proceso contra el Señor de Texcoco don Carlos Chichimecatecuhtli (1539). agn, Inquisición, vol. 2 (2ª parte), exp. 10, ff. 237-340v.

El caso más célebre y estudiado de los formados por Zumárraga fue el de Carlos Chichimecatecuhtli, hijo de Nezahualcóyotl y Señor principal de Texcoco. Se le acusó de preparar un intento de rebelión con tintes religiosos, pero es probable que los testimonios fueran exagerados. Varios principales indígenas que le disputaban el control de Texcoco testificaron contra él, señalando sus esfuerzos por recuperar el culto a Tláloc y poner al pueblo en contra de los franciscanos. También hubo frailes que depusieron en su contra. Don Carlos trató de defenderse con sus propios testigos y un alegato jurídico, pero el inquisidor, con el respaldo de la Audiencia, decidió “relajarlo al brazo seglar” para escarmiento de otros.

En virtud de esa sentencia, don Carlos fue penitenciado en un auto de fe y conducido a la hoguera. La medida generó muchas críticas dentro y fuera del reino. El Consejo de la Suprema Inquisición reprobó la acción y ordenó a Zumárraga no volver a castigar con pena de muerte, ni tanto rigor, a un reo indígena.

Usada en el proceso contra Martín Océlotl, acusado de idolatría. Se observa en la parte superior una moneda de un peso, de la cual cuelgan 20 cuentas, lo que significa que son 20 pesos: a la izquierda de éste se ven 12 reales, luego 15 reales y [nueve cuartos], a la derecha del peso se encuentra un águila de cuya cola cuelgan 28 cuentas, seguida por otra águila de dos cabezas, de cuya cola prenden 30 cuentas y cada cordón doblado representa 20. En la parte media se aprecian dos tapetes grandes, dos tapetes cuadrados pequeños, un penacho y cinco tapetes cuadrados pequeños a rayas horizontales; en la parte inferior se hallan 40 ollas. [Pictografía, soporte papel amate con dimensiones de 44.5 x 49.7 cm. Procede de: Inquisición, vol. 37, f. 79.]

[En el verso:] “Ésta es la pintura que se halló en poder del mismo Martín”. [Texto de cédula]

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Proceso contra Juan Franco, lapidario, por incitar adivinaciones (1536). agn, Inquisición, 38, exp. 1, ff. 1-49. Imágenes: 1-106, Abecedario: 305.

Este proceso fue formado contra un lapidario, o tallador de piedras preciosas, llamado Juan Franco. Nacido en Sevilla, casi toda su vida había transcurrido en el Caribe, en Oaxaca y en México.

Fue denunciado por fomentar prácticas adivinatorias, pues tenía bajo su servicio a una india mixteca llamada Beatriz, a la que pedía que “echara piedras” para pronosticar si sus minas de turquesa producirían riqueza y para saber qué le depararía el futuro.

El denunciante sospechaba, además, que fuera descendiente de judíos, pues le había escuchado lamentarse de que hubieran quemado a dos reos en las Indias: Antón de Montoro (juzgado por el inquisidor Alonso Manso en el Caribe) y Hernando Alonso (juzgado en México por el prior de los dominicos, Vicente Santa María, en 1528). Juan Franco aseguraba haber sido amigo de Montoro, y solía decir en tono de broma: “Asado sea yo como torrezno si esto no es verdad”.

Zumárraga lo condenó únicamente por las prácticas adivinatorias con 20 pesos de oro de minas y penitencia pública en la iglesia mayor de México, junto con Beatriz, la muchacha mixteca.

La conclusión de este caso se encuentra en el expediente 1bis

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Proceso contra la Camacha y dos mujeres denunciadas por hechicería (1537). agn, Inquisición, 38, exp. 6, ff. 148-181. Abecedario: 409.

Éste es un proceso colectivo formado contra María Marroquín, “mujer de Santillana”, Leonor de Saravia, “mujer de Camacho” (llamada también “la Camacha”), y Francisca, negra esclava de Luis de Marín, “todas tres hechiceras”. Aunque las sospechas contra estas mujeres no estaban relacionadas, todas procedían de la declaración de Marta, una esclava negra también procesada por hechicera. Marta describió varios hechizos que estas tres mujeres habían hecho o mandado hacer en momentos distintos, como cocinar un pastel con sangre, echar polvos misteriosos en una cazuela, hacer brebajes con cabellos recién cortados o agregar gotas de sangre al vino. En el expediente destaca el testimonio de otras mujeres: esclavas negras, sirvientas indias, bordadoras españolas... Llama la atención las penas diferenciadas que impuso Zumárraga. La negra Francisca, que tenía fama de ser “mejor hechicera” que la declarante Marta, fue condenada a la vergüenza pública, montada “en un asno o bestia de albarda, atados los pies y las manos, y con una coroza en la cabeza”, además de encierro y azotes. En contraste, una española fue absuelta y la otra consiguió que su caso se postergara indefinidamente.