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Recurso
 
Título
Correspondencia privada de 1910-1914 (atribuido)
Agente creador
Dávalos, Balbino (autor)
Nivel de descripción
Expediente
Tipo de recurso
expediente
Nota de tiempo
1910/12/10 (apertura); 1914/02/23 (cierre)
Descripción
Colección de copias mecanografiadas de la correspondencia dirigida por Balbino Dávalos a autoridades y particulares, desde el 10 de diciembre de 1910 al 23 de febrero de 1914. A Victoriano Salado Álvarez, dándole el pésame por la muerte de su padre: “Lamento infinito la pesadumbre que sufrió Ud. al regresar, lleno sin duda de satisfacciones y alegría, al amor de su casa. ¡Qué se va á hacer! Nunca faltan penas y mucho es ya que no se nos acumulen. Deseo, por doloroso que le haya sido, ya que al fin es motivo de consuelo, que haya tenido Ud. tiempo de cuidar á su padre en sus momentos supremos”. A continuación alude a una “carta recriminatoria” remitida a París y luego pregunta: “¿No volverá Ud. pronto y definitivamente á Europa? Cierre los ojos y á Noruega tan espléndidamente dotada. Allí la vida es cómoda y barata, se lo digo con experiencia. México será el lugar más propicio para que acumule caudales, pero ¿no valen más la libertad y bienestar personales? Usted es, ante todo, un literato; nada habrá de satisfacerle jamás como el cultivo tranquilo de su arte, y la Escandinavia le prodigaría riquezas intelectuales inagotables” (img. 2). Recibos extendidos a Tesorería General de la Federación, fechados el 30 de septiembre, 1º y 8 de agosto de 1910 (img. 3-6). Dirigiéndose a un amigo, en misiva fechada el 3 de enero de 1911, alude a una “larga carta” que éste le escribió al Hotel Braganza, que “jamás llegó á mis manos”. Espera encontrarse con él en París y, dice, “probablemente me hospedaré en el Terminus de S. Lazaro” (img. 7-8). Al ministro de México en Viena Gilberto Crespo y Martínez: le envía saludos por año nuevo y le agradece “mucho la bonita medalla del Centenario [ de la Independencia] que tuvo la bondad de obsequiarme y que conservaré con el doble recuerda de lo que significa y de que me ha venido de Ud.”. Le expresa también su alborozo porque Crespo viajará pronto a Lisboa “como enviado especial de nuestro Gobierno” y se pone a sus órdenes para recibirle y hospedarle. A renglón seguido comenta la situación de Portugal, la convocatoria próxima a elecciones y el improbable retorno del rey depuesto (img. 9-10). El 4 de enero del mismo año 1911 escribe a Fernando Matty, vicecónsul de México en Amberes, Bélgica: se excusa por no haberle contestado antes por razones de salud y le felicita por el nuevo año; luego dice: “Como habrá visto Ud. se creó en Noruega un puesto de primer secretario, sin duda otorgado de antemano á alguna persona determinada. Si esa Legación, que iba á ser para mí, se me hubiera dado, á nadie mejor que á Ud. hubiera querido conmigo”. Agrega: “cuando supe la resolución de establecerla, escribí al Sr. Creel diciéndole que, dado caso que se continuara pensando en mí, no se me promoviese, pues por el hecho de haber terminado mi instalación aquí más bien me perjudicaría el ascenso”. A su juicio no se va a dar cambio diplomático alguno y, en tal perspectiva, considera más oportuno dejar para otra ocasión lo que Matty le pide. Pero “si desea que haga la recomendación”, puede confiar en que “tendré el sumo gusto de complacerlo” (img. 11). El 4 de enero escribe al ministro de Hacienda José Yves Limantour, en París: se excusa por no haberse comunicado antes por motivos de salud y le felicita por año nuevo; luego, lamenta que su viaje y estancia en Lausanne “haya sido la quebrantada salud de su Señora”, doña María Cañas Buch. Más adelante se queja por no haber ido a París a presentarle sus homenajes: “por mala salud y desastrosas demoras de México en la remisión de mis sueldos”. Por esta última causa, también, está “todavía en la imprenta de Madrid la edición de las poesías del Señor Mariscal, para cuya terminación me propongo pasar á España en este mes ó en el próximo”. Agrega: “Con el excelente libro de Díaz Dufóo (del que también he dado un ejemplar al Ministro de Hacienda Sr. Relvas) y sin ese libro, la personalidad de Usted es tan culminante y tan extraordinaria su labor patriótica, que sólo á Usted le podrá ser lícito imaginar que haya cometido errores. El grande, el lamentable, el trascendental error será el que una nación que á Usted le debe tanto no le obligue alguna vez á gobernarla”. Los alborotos que se han dado en México “anuncian gravísimas amenazas para el porvenir, y mucho es de temer que si no se da un paso franco á una sustitución pacífica de gobierno, el espíritu de anarquía llegue á ser indomable. Y mi opinión, por poco que valga, es que sólo Usted sabría seguir desarrollando una buena administración dentro de la legalidad más perfecta” (img. 12-13). “Querido Victoriano: ¡Hételo ya repantigado en la subsecretaría! ¡Y yo que le hablaba de Noruega…!”. Le felicita por su nuevo cargo y le dice que va saliendo “de una larga y grave gripe”, además de encontrarse “sin un ochavo de rei”, ni siquiera para el simple correo. “Hasta HOY he recibido fondos de Londres”. Agrega: “Aborrezco quejumbres, y aún ellas serían para Ud. presubsecretariales; mas para darle idea de los aprietos en que me he visto, diréle que he estado á punto de que me cortasen la luz y el agua, bienes que rara vez niega Dios á los animalillos del campo”. A propósito del agua, asegura que es muy cara en Lisboa (img. 13) y relata una anécdota: “Cuentan las malas lenguas que una señora americana, cuya casa le mostré á Ud. una tarde en la Avenida, dijo una vez: «Como el agua es tan cara, cuando ponemos los sábados el baño, primero entra en la tina mi marido, luego yo, en seguida fulanita (su hija) y después el japonés que nos sirve y que no puede olvidar su costumbre de bañarse». ¡Y eso que el Tajo es tan grande!” (img. 14-15). A continuación pasa a comentar los últimos nombramientos diplomáticos que —dice— “todos me expliqué desde luego, menos el de Castellot. Mi estupefacción fue puramente de sorpresa, y se me tradujo así: ¿De dónde le vendría á don Pepe meterse á diplomático, cuando para nada lo necesita? ¿No habrá probado noruegas en vida? Periódicos llegados después me han dado la solución del enigma y la confirmación de mi hipótesis, pues ya veo que su misión es temporal y lo sustituirá Béistegui”. Comenta su complacencia por el nombramiento de “Porfirito” y que es “una acertadísima galantería para el Japón”, aunque opina que hubiera sido oportuno un ascenso de grado militar. Alude también a Godoy y a Carlos Pereyra, de quien se muestra “muy justamente resentido”, aunque no puede olvidar “ni la estimación ni el cariño”; concluye: “este amigo que perdí para siempre, pues le vase est tout à fait brisé, no me hace olvidar un instante la reciente y dulce estadía de Jalapa que me traje un «Diario» de estos días” (img.15). Afirma que está “contento” en Lisboa pero que no le hubiera desagradado la misión en Noruega y tampoco la posibilidad de Suecia. “Ni las bombas, ni la peste bubónica ni los diarios amagos del cólera, que he enfrentado impertérrito, me han librado siquiera de una triste y vergonzosa situación económica”, a pesar de los esfuerzos y buena voluntad de don Enrique Creel (img. 16). Externa su punto de vista tras haberse “formalizado la Legación”: “no sé todavía si quedo como encargado efectivo, que es lo indicado, ó interino como antes, lo que pugnaría con las prácticas y sólo transparentaría un disfavor en que por ningún modo puedo haber incurrido. Ya Ud. arreglará la madeja y váyase el pasado al olvido” (img. 17). Comenta sobre el reconocimiento de la nueva República no obstante que las naciones europeas se muestren renuentes a hacerlo (img. 17). Pide que se le aumente a dos meses la licencia para viajar a Suiza, porque se siente urgido de “llevar á mi hijo [Manuel Dávalos] a algún colegio de Suiza” y “para atender un poco á mi salud en algún sanatorio” (img. 19). Carta fechada el 14 de enero de 1911 dirigida a un amigo, donde le asegura los buenos sentimientos de Creel y Salado Álvarez que, sin duda, cuando haya una oportunidad, se la ofrecerán. Comenta en breves líneas la situación de Portugal, en esos días, con huelga de ferrocarriles y miseria creciente (img. 20). También, en la misma fecha, escribe a José Salas Díaz, en Washington (img. 21-21 bis). Nueva carta al ministro de Hacienda José Yves Limantour, en la que se defiende un tanto por el tono de su carta anterior que pudo resultar a Limantour “imprudente”: “no siendo por mi parte político ni pretendiendo, mucho menos, fantasear de politiquero, ruego á Ud. se olvide de una inadvertencia tanto menos intencional cuanto que no me imaginaba que tuviese Ud. la deferencia de referirse á ella”. Agrega: “Inútil decir á Ud. que leí con inmensa fruición su magnífico discurso. Desisto de decir más, porque en manera alguna pretendo molestarlo en seguir contestando mis cartas, las cuales no llevan más propósito que demostrarle la acendrada devoción de su inútil amigo y afectísimo servidor” (img. 22-23). Al ministro de Relaciones Exteriores Enrique C. Creel, le da respuesta por “la amplia y circunstanciada carta de Usted fecha 25 de octubre último en la que se dignó exponerme con tan benévola deferencia, como noble espíritu patriótico, la sinopsis más completa, elocuente y grandiosa de lo que fue en México la celebración de nuestro Centenario [de la Independencia]. ¡Cuánto lamenté mi ausencia, en época única para los que hoy vivimos, de ese amado suelo y cuánto me sentí conmovido y gozoso por lo que esos festejos han solemnizado…!” (img. 26). A propósito de la evolución histórica del país, desde la Independencia, concluye: “el Gobierno actual y la generación á que Usted pertenece son los cimentadores de esa prosperidad. Es prodigioso, pues, que en tan breve espacio de organización y trabajo México se haya definitivamente colocado á tal nivel de consideración y prestigio entre las altivas potencias contemporáneas”. Frente a esta realidad, “pasma, cuando no indigna […] la mala fe de revoltosos nativos y extranjeros perversos que hayan intentado y que aún persistan en provocar embrollos civiles ó externos”.Acusa recibo por la medalla del Centenario que le hizo llegar Creel: “la conservaré junto con la carta de Usted entre mis más queridos y valiosos recuerdos” (img. 27-28). Al cónsul en Cádiz Leonardo Pietra Santa, le agradece “su fineza en comunicarme lo que hizo con Saborío, cuya imprevisión es de sentirse”. Luego le platica que está en vísperas de salir para llevar a su hijo Manuel a un colegio de Suiza y le gustaría aprovechar el viaje para encontrarse con Federico Gamboa, “en París, en Madrid ó en Bruselas”. Opina que la salida de éste de la Secretaría de Relaciones Exteriores pero no cree que le afecte ya que sus relaciones con Creel y Victoriano Salado son “íntimas y cordiales” si bien Gamboa “era el último jefe de nuestra guardia”. Se refiere a continuación al “verdadero prurito de reformas y no todas podrán ser bien maduradas; pero ese empeño pasará y confío por mi parte, conociendo el buen juicio del Sr. Creel y de Victoriano, así como la moderación de ambos, en que lo que una larga experiencia ha establecido habrá de mantenerse al fín y al cabo” (img. 29). Agradece al cónsul en La Coruña Manuel F. Trascierra, los informes que le da del viaje de Federico Gamboa, y le anuncia que con seguridad lo verá en París. Luego, con cierta alarma, le escribe: “No he comprendido á qué alude Ud. al referirse á María [Sagaseta de Gamboa]. ¿Acaso viene enferma de gravedad? Su temperamento es habitualmente delicado y mucho me temo que Bruselas, con sus eternas lluvias y variable clima, no le siente bien. Pero si la señora trae algún mal más serio, las consecuencias serían muy lamentables” (img. 30). A Dionisio González, administrador de El Tiempo, da la queja de recibir la suscripción del periódico “no sólo con irregularidad, sino con mucho retardo, y con frecuencia falta el número ilustrado ó me llega repetido” (img. 31). Al mismo tiempo, da instrucciones de pagar la suscripción a la Compañía Bancaria de Fomento y Bienes Raíces (img. 32). Fechadas el 24 de diciembre de 1912, aparecen varias cartas. La primera a José Yves Limantour, en París, a quien tras desearle salud ya que sufrió cierta enfermedad en Londres que espera “no haya dejado huella”, dice: “Por mi parte, tiendo á incriminarlo a Ud. […]: tras lenta y discreta preparación política, pudo Ud. mejor que nadie, evitar la catástrofe nacional que era inevitable ocurriera. No lo hizo Ud.; no pudo hacerlo; no quiso hacerlo, ó la incongruente ley sociológica se lo impidió; todo es igual: ¡no se hizo! Ahora hay que estar con el criterio de todos: recobrar la paz, leve, ficticia, como sea”. Y añade: “Creo muy de veras que el gobierno se sostendrá, pero creo también que la moderación y el buen juicio no encontrarán asiento en varios años. Y aguardo con dolorosa impasibilidad, pero con la amargura de la impotencia, ¡lo que venga!” (img. 34). La segunda carta la dirige a don Enrique C. Creel, con un lenguaje más suave: “Considero innecesario el ponerme nuevamente aquí a las órdenes de Ud., pues que bien sabe que en todas partes lo estoy y que siempre conservo recuerdos de sincero afecto hacia Ud.”. Sobre México comenta: “Perplejo ante las noticias, de continuo contradictorias, que me llegan por la prensa de México, me contraigo a anhelar el término de tantas perturbaciones”. Refiriéndose a su confirmación como encargado en Portugal, después de habérsele exigido la renuncia, comunica que ha trasladado a su familia de Bruselas a Lisboa, “y me he vuelto a reinstalarme más o menos como lo había estado” (img. 35). Sigue una carta casi ilegible (img. 36), y luego, dos más con destino a la Ciudad de México: una de ellas para Fernando Pimentel Fagoaga, pidiendo su apoyo para que la Compañía Bancaria de Fomento y Bienes Raíces renueve el crédito que le había abierto por su mediación y que ahora suspende porque “no le conviene”. En ella también alude a que Pedro Lascuráin, Secretario de Relaciones Exteriores, le redujo “los viáticos que la ley señalaba” (img. 37) y habló sobre ello con el presidente Madero, quien, “con la espontaneidad con que hace patentes su buena fe y sentimientos de justicia, me ofreció, tomando nota del hecho, hablarle al Señor Lascuráin para que se efectuase el pago conforme a la ley” (img. 38). La otra misiva es para Cecilio A. Robelo, director del Museo Nacional: se excusa por no haber respondido antes su carta y encargo, a saber, “el paquete con diez ejemplares del Negrito Poeta que para ser distribuidos aquí se ha servido Ud. enviarme por indicación del Dr. D. Nicolás León”; a este propósito añade que ha solicitado “una lista de folkloristas al ex–Presidente Teófilo Braga, a su vez el más activo y erudito recopilador de cantos populares de Portugal” y aprovecha para pedirle su Diccionario de Aztequismos” (img. 40-41). Nota sobre la destrucción de Ayotzingo: en la prensa periódica de Lisboa apareció la noticia de que unos “rebeldes” habían destruido “la ciudad de Ayotzingo”. El Ministro de México recabó información de la Cancillería que telegrafió: “Noticia parcialmente cierta; pero Ayotzingo [es] pueblo insignificante”. “El Sr. Dávalos nos dice que se trata probablemente de un pueblecillo de muy escaso número de habitantes situado en el Estado de México, en las cercanías del Lago de Chalco […] y las bandas que merodean por esos sitios están siendo eficazmente perseguidas por las autoridades” (img. 42). Contesta una carta enviada desde Ciudad de México, en octubre de 1912, por Eduardo Iglesias Aguilar, de El Mundo Ilustrado, excusándose por la demora en responder pero advirtiendo que “no he desatendido el encargo principal que en ella me hace”. En efecto, ha localizado un impresor “plenamente satisfactorio”; y precisa: “es madrileño, de media edad, buen aspecto, casado y padre de dos hijas pequeñas, competente en artes tipográficas y cuya apariencia revela modestia y honradez. Lleva como seis años de trabajar en los talleres del principal periódico de aquí O Século, como segundo en la dirección tipográfica y de grabado de la Ilustrãçao Portugueza de la que, por separado, envío a Ud. un ejemplar”. Se lo recomienda “el Sr. Jorge Colaço, dibujante y caricaturista notable y uno de los artistas más inteligentes y honorables de esta ciudad” (img. 43), que sin duda sería muy útil en México como su director artístico, y cuya “esposa, dama distinguidísima y la mejor poetiza [sic] de Portugal [ Branca de Gonta Colaço], prestaría excelente colaboración literaria” (img. 44). Al primer secretario de la Legación mexicana en Madrid, Salvador Diego–Fernández, comenta: “Agradézcole el aviso de un rumor más que probable. ¿De quién otro se podría disponer para Washington y qué mejor oportunidad para nosotros? Usted sabe bien que, aunque lamentando en el alma cambiar por densísimas nieblas las trasparencia de este cielo, Londres me seduce por distintos motivos, siendo el principal la educación de mis hijos. Pero veo verdes las uvas; vacilo en resolverme a pedirlas”. Sugiere, empero, que podría telegrafiar “al Señor su padre [José Diego?Fernández Torres] algo” a fin de que se le destinase a Lisboa, “enviando Dávalos Ministro Londres”. De ser así. “telegrafiaría por mi parte solicitando el puesto «si vacare». Entiendo que el Presidente [Madero] ha de estarme grato, pues publicó en El Diario del 31 de diciembre el contenido de una carta privada que le dirigí dándole cuenta de la satisfactoria manera como cumplí un encargo personal suyo para con el Presidente de este país”. Le pide mantener en incógnito esta correspondencia, envía saludos a sus amigos Icaza y Nervo. Concluye: “Me alboroza el anuncio de su nueva visita a Portugal” y le ofrece gustoso su casa para que en ella se hospede (img. 45). Al gerente de la Empresa General de Transportes de Lisboa, reclama el alto costo de unos fletes y pide las “tabellas”, es decir, las tarifas de sus servicios (img. 46). Extensa carta a Francisco I. Madero: “Muy respetable Señor Presidente: Aunque no he recibido respuesta a mi carta del 4 de diciembre próximo pasado, me ha bastado ver la publicación que hizo Usted de lo sustancial de ella en El Diario del día 31, para quedar gratamente reconocido a la evidente benevolencia con que la recibió. ¿Qué mejor contestación podría yo haber deseado?”. A continuación toca el punto de su eventual traslado a otra misión: “Hoy me llega el rumor de que es muy posible que el Ministro en Londres vaya como Embajador a los Estados Unidos. Doy crédito a tal rumor, en consideración a que si no se recurre para la Embajada a Gamboa ni a Icaza, no queda más persona disponible que el Sr. Covarrubias, tanto por los cargos que ha asumido, como porque fue Encargado de Negocios en Washington. Además, enviar a aquel escabrosísimo puesto a personas extrañas a la diplomacia, suele ser más desventajoso que útil, pues por deficiente que pueda resultar allí un diplomático de carrera, tiene siempre en su abono la disciplina del oficio” (img. 47). Sigue: “Por mi parte, he demostrado que las tres veces que estuve al frente de la Embajada, y una de ellas durante casi un año, que supe o me esforcé en desempeñarla eficazmente, lo mismo que nuestra Legación en Londres, la que también estuvo [en] dos ocasiones a mi cargo. Es evidente, por lo mismo, que soy, por lo menos, uno de los mejor preparados para volver a dirigir esa última misión y aún la misma Embajada, si bien es que a ésta no la apetecería ni siquiera orlada de brillantes” (img. 47-48). Concluye a este propósito: “En la posibilidad de la vacante en Inglaterra, hoy me he permitido telegrafiar a Usted suplicándole que tome en consideración mis antecedentes y, agregaré aquí, los injustos y gravísimos perjuicios que me ha hecho sufrir la iniquidad de quien ojalá haya Usted acabado de conocerlo en toda su deslealtad y ambiciones” (img. 48). Si bien está contento en Lisboa y que goza de “un clima delicioso”, sin embargo, a pesar de las “casi perpetuas brumas” londinenses, piensa en dos razones importantes para el traslado: “verme en un país donde sean, para el mismo Gobierno, más eficaces mis labores y donde pueda yo atender a la educación de mis hijos, cosa en Portugal imposible”. Sobre esta misma idea se extiende líneas adelante: “¿Qué utilidad ni qué conveniencia pueden hallarse en conservarme en un puesto en que mis aptitudes vejetarán [sic] adormecidas sin más provecho que el de la ostensible representación que me esfuerzo en mantener por ser tal el carácter inevitable de esta misión? ¿Y qué peligro podría existir en que ejerza funciones de real y eficaz importancia quien ha sido siempre fiel y escrupuloso en todas sus gestiones oficiales” (img. 48). La carta sigue con una reflexión sobre las relaciones entre México y Estados Unidos con respecto a la política centroamericana. Dice: “El conocimiento directo que adquirí en Washington de esas cuestiones centroamericanas y del criterio inflexible con que las juzga el Gobierno de los Estados Unidos, no me deja lugar a duda respecto a los sentimientos con que recibiría el Departamento de Estado norteamericano la declaración de nuestra Secretaría de Relaciones. Esa interpretación del Protocolo de Washington es, sin duda, la justa; más aún: es la misma que sostuvo el Gral. Díaz quien, con ello, no obstante que guardó esa actitud cubierta de la mayor reserva, acabó por impacientar al gobierno de la Casa Blanca, cuya hostilidad se le desató por las circunstancias que mediaron y que conozco en todos sus detalles, dada la participación que tuve en ellos, para la caída del Gral. Zelaya”. (img. 49). Comenta también que se debería de haber manejado la situación de otra manera: alargar la resolución, excusarse en la ausencia del Secretario de Relaciones Lascuráin y aprovechar la estancia de éste en Washington para sondear al gobierno norteamericano; seguramente, lo sucedido, fue que el subsecretario García sufrió las presiones del presidente Araujo de El Salvador y las del ministro de la Legación de este país en México (img. 50-51). Cierra la carta dando acuse del telegrama enviado por el presidente Madero comunicándole “estar ocupado el puesto de Londres”, deseando que pueda vencer “los obstáculos opuestos a su Gobierno” (img. 52). Recado a Lane & Cia., de Lisboa, sobre que entreguen a su hijo Manuel [Dávalos] la documentación pertinente para retirar de la aduana “las seis cajas con cristalería, porcelana y mármoles que me remite la casa de Murano y Cia. de Venecia” (img. 53). Escribiendo a Miguel Díaz Lombardo, ministro de México en París, intenta aclarar ciertas molestias por la recepción o no de telegramas remitidos por esa Legación a Balbino Dávalos, que se refieren a la confusa situación que se vive en México. En cierto momento, el encargado de negocios en Portugal comenta: “el país ha entrado, según todas las apariencias, en un período de franca descomposición social. Por fortuna nos enseña la historia que la paz queda mejor asegurada después de una gran revolución”. Luego, a modo de posdata, escribe a propósito de los sucesos de la llamada Decena Trágica: “Domingo, 16. Anoche, ya escrita la presente, recibí su telegrama de ayer. Veo en él el espíritu optimista del Gobierno […], pues la obstinación tiene que ser excesiva por ambas partes. Y dolorosísima, sin ejemplo, tener convertida una populosa ciudad [Ciudad de México] en campo de una batalla a cañonazos… ¡Qué indignación! y ¡qué vergüenza!” (img. 54-54 bis). Descripción de siete cajas con mercancía remitidas el 31 de enero de 1913 al Ministro de México desde Liverpool a Lisboa en el Andorinha (img. 56-57). “Querida Güera: ¡Cómo estarás, cómo estarán todos ustedes! Con viva angustia he pasado estos terribles días […] considerando sobre todo la proximidad en que estaban ustedes de la Ciudadela. Mucho nos temíamos también que te sorprendiera la espantosa trifulca en momentos de tu ya imperdonable maternidad; pero de este cuidado mío me sacaron los periódicos que informaron de tu rrrealumbramiento [sic]. Avísame cuanto antes qué ha sido de ustedes”. Más adelante lamenta: “Pobres de Gustavo y Pino, y pobre también del Chaparrito, ¡pero bien merecido se lo tenía! ¿Qué es poca cosa cubrir a toda una nación de sangre, desolación y ruina?... Si desgraciadamente fuere cierta la muerte del Gral. Villar, da mi pésame más profundamente sincero a la desventurada de Concha y a sus hermanas”. Finalmente comenta algunos nombramientos realizados por el nuevo gobierno: “Tengo conocimiento, por telegrama oficial que recibí ayer, del nombramiento de De la Barra y he sabido también del de Toribio Esquivel, ambos, como sabes, excelentes amigos míos. Si con el mismo tino se procede para constituir el Gabinete, la buena marcha de la administración será un hecho indudable” (img. 58-59). Titulada como “personal”, carta a Francisco León de la Barra: “Muy querido y respetable amigo: ¡Paréceme que he salido de una horrible pesadilla! ¡Cuánto más horrendas no habrán sido las impresiones experimentadas allá!... Cada mañana, cada noche esperando con ansiosa impaciencia los periódicos, aquí, como en toda Europa, como en todo el mundo sin duda, atentos de tal modo a los acontecimientos de México, que los turco–balcánicos casi se olvidaron; deseando y temiendo las noticias; reputándolas falsas y sospechándolas exactas; imaginando los mayores desastres; doliéndose de parientes, amigos, de compatriotas, del porvenir mismo de la Patria… ¡qué nueve días de amargura, nerviosidad y angustia!”. Agrega de inmediato: “Por fortuna el despertar ha sido una bendición y presiento en todo ese sacrificio de sangre una redención durable y cierta! Félix Díaz, Huerta, Usted, cuantos hayan contribuido con su valor con su entereza, con su abnegación ó con su vida para salvar a la Nación merecen el monumento más perdurable de la gratitud humana” (img. 56). Luego, muestra su satisfacción por la presencia de De la Barra en el Gabinete que hace “patente ante propios y extraños la indiscutible honorabilidad del nuevo Gobierno” (img. 60-61). “Estoy, pues, agitado del mayor alborozo. Quisiera batir palmas, lanzar cohetes, dar fiestas, enardecer a Lisboa cantándole con la inspiración de Camoens, si la tuviera, la marcial epopeya de México; mas como no estoy aquí en semejante calidad épico–lírica, me abstengo a la tradición, habitual y persistente, que exige de los diplomáticos la condición de impenetrables esfinges, y sólo para Vedra (este pobre de Vedra por quien es fuerza interesarse cuanto antes) no escatimo ni entusiasmo ni comentarios”. Agrega: “los telegramas de Ud. que dí luego a los diarios de más circulación, me facilitaron el romper la reserva para esclarecer las cosas con datos oficiales” (img. 61). Alude a continuación a una supuesta interview “no poco disparatada, agregando de su cosecha algunas palabras, justas en el fondo, pero siempre indebidas, contra el derribado gobierno. El caso me causó mucho desagrado, porque no pienso que sea necesario incriminar a los muertos para enaltecer a los vivos”. Concluye mencionando la carta que escribió a Madero en días pasados, “que desearía yo haya sido abierta y puesta en conocimiento de Ud., no porque me parezca de importancia, mucho menos ahora, sino porque trataba de un asunto de relativa importancia internacional” (img. 61-62). Carta de felicitación a Félix Díaz porque “ha salvado Ud. a la nación del modo más heroico y al abstenerse, pudiendo ser el vencedor, de aparecerlo, se ha engrandecido doblemente. Pronto espero que vendrá para Ud. el triunfo definitivo en los comicios y así lo anhelo, no por miras de personal conveniencia ni siquiera por ser Ud. de los hombres de nuestros buenos tiempos pasados, sino porque presta todas las garantías de que será un gobernante enérgico y honrado que hará cuanto pueda por devolver al país su prosperidad perdida”. Recuerda cómo probó su “adhesión y fidelidad a su tío”, don Porfirio Díaz, “yendo a recibirle en Vigo, con perfecto conocimiento de que afrontaría con ello la venganza de un despotismo intruso. Presto vino ésta con todo su cortejo de iniquidades, que resistí largos meses y al aceptar, primero, el fracasado proyecto del Japón, y, posteriormente, mi reposición en un cargo legítimamente mío, lo hice, a la vez que obligado por mis deberes de familia, con la plena convicción de que mis servicios serían sólo para el país” (img. 63). Comenta después: “todavía no comprendo cómo pudo el país verse sometido a un hombre cuyos actos todos únicamente obedecían a la más caprichosa inconciencia. Él mismo, por lo demás, en fuerza de su propia irreflexión, no hizo otra cosa más que preparar paso por paso su ruina y la de los suyos, pero desgraciadamente después de ocasionársela a la república entera […]. Haberle tributado, pues, funerales de honor, como se pensó en un principio, hubiera sido una generosidad reprobable” (img. 64). Al ministro de México en Viena, el diplomático Gilberto Crespo y Martínez, se excusa por no haber contestado sus letras de octubre pasado a causa de las “molestias de reinstalación, primero, achaques después y luego todo el desaliento y preocupaciones por los tremendos sucesos recientes”. Sin embargo, le expresa, que no puede ocultarle que “largo tiempo he estado con algún resentimiento, extrañando de Ud. una o dos líneas en la época que fui víctima totalmente inocente del mismo villano que le usurpó a Ud. la Embajada”. Escribe luego “¿No le ha maravillado a Ud. el estupendo, inesperado desenlace de la aventura maderista? Yo mismo, aunque ví las cosas de cerca y traté y conocí bien a esos hombres funestos, y salí de México persuadido de que todo se derrumbaba, nunca me figuré lo cruenta que sería la tragedia definitiva”. Se duele de la muerte de Pino Suárez, “el mejor y más injustamente aborrecido de esos audaces usurpadores del poder público” (img. 65). “No tiene Ud. idea de la inconsciencia que imperaba en la administración [maderista]. Era todo un tira y afloja de viles y personales intereses, y, como ocurre siempre, entre los que vendrán a quedar ilesos se cuentan los que fueron, sin disputa, los más merecedores de ejemplar castigo” (img. 65-66). Añade sobre lo mismo: “Se le hubiera angustiado a Ud. el corazón como a mí, si hubiera conocido a esos hombres, en su mayoría sin entendimiento, ni aptitud ni escrúpulos, y los que de inteligencia gozaban, empleábanla sólo a saciar perversos apetitos. ¡Qué necios son los pueblos y cuán cándidamente se dejan engañar! Lo peor de todo es que la perturbación llega hasta el más bajo fondo de las clases populares, donde será difícil extinguir los gérmenes de un socialismo sui generis, basado en el pillaje, la destrucción y la concupiscencia. Pero como domina vivo afán de reposo, creo que será posible una reacción benéfica […]. Por lo demás, consumados los hechos, y segada de raíz, aunque no totalmente, la mala yerba [sic], más vale olvidarse de esa horrenda pesadilla nacional, que ojalá no torne a amenazarnos en nueva forma” [img. 66]. Carta al nuevo ministro de Justicia don Rodolfo Reyes: “Muy querido Rodolfo: A la vez que lamenté la muerte, infinitamente dolorosa, del señor su padre, hube de lamentar la de usted, pues todos los telegramas que publicó la prensa europea por esos días, la consignaban”. Después llegaron nuevos mensajes que precisaron la muerte del general pero no la suya.. Confiesa que también había temido que los tres hermanos —Bernardo, Alfonso e incluso Rodolfo—,“hubieran sucumbido a un primer arrebato de desesperación” (img. 67). Continúa: “¿Recuerda usted cuán confuso y sin solución nos parecía todo la noche que hablamos en nuestra librería favorita?... La crisis reciente ha resuelto el problema con éxito que me parece indudable, ¡pero a costa de cuántos desastres! Y cuántos males se hubieran evitado sin la obsesión de ese pobre demente que se encaprichó en precipitarse a la ruina más trágica” (img. 67-68). A continuación alude a unas cartas que escribió desde Lisboa a José López Portillo y que éste le sugirió guardar “como documentos históricos”. En una de ellas, del 27 de agosto de 1911, había escrito: “Voy á procurar exponer á Ud. mi modo de ver en asunto de verdadera entidad, como lo es nuestra situación política. En mi sentir, es indispensable que triunfe á todo trance la candidatura del Sr. Gral. Reyes para que haya sosiego y quede garantizado el bienestar de la nación” (img. 68). Líneas adelante de esta carta suya a López Portillo que está transcribiendo, expresa su opinión sobre Francisco I. Madero, aunque dice que le conoce personalmente: “No creo que el gobierno del Sr. Madero resultase eficaz, sino antes bien peligroso, así para el país como para el mismo candidato. Más tarde podría recibir amplia compensación y premio á su extraordinario triunfo, cuando al frente de un Estado de importancia ó con algún otro cargo significativo, desarrolle y haga patentes sus dotes de verdadero gobernante”. Anticipa tales juicios, porque “aquí
Lugar
Lisboa (Portugal), creación
Medidas
170 páginas
Lengua
español
Palabras clave
Archivo Histórico del Municipio de Colima; Dávalos, Balbino; correspondencia; Lisboa (Portugal)
Tipo de media
texto
Formato de la representación digital
PDF
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Colaborador
Archivo Histórico del Municipio de Colima
Custodio
Archivo Histórico del Municipio de Colima
Procedencia
Declaración de uso
Uso educativo no comercial

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Nota de contexto
La exposición virtual "Hoja de ruta: fondo Dávalos del AHMC" se creó con motivo del 70 aniversario luctuoso de Balbino Dávalos Ponce. También es un reconocimiento a la labor del Archivo Histórico del Municipio de Colima, ya que la familia del colimense entregó el fondo documental y desde entonces el personal y los estudiosos de Dávalos se han ocupado de su catalogación, digitalización, estudio y difusión del acervo. Balbino Dávalos fue un abogado que incursionó en el mundo de la traducción, la composición poética, la crítica literaria, el periodismo, la docencia y, por si fuera poco, fue funcionario público con una notable carrera diplomática. La muestra documental, más que ahondar en la biografía, destaca ciertos lugares de procedencia de los documentos y gracias a su conservación, trazamos algunas de sus posibles trayectorias. El lector podrá conocer datos sobre la vida de este escritor viajero y, en cierto modo, recorrer la ruta —aproximada— del humanista y su acervo.
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