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Detrás de la mirada, una revolución
Detrás de la mirada, una revolución
Ariel Arnal
Investigador de la Universidad Iberoamericana

El movimiento revolucionario liderado por Emiliano Zapata (1879-1919) tuvo lugar fundamentalmente en el estado de Morelos, con importantes conexiones con Puebla, Guerrero y el sur de lo que entonces era el Distrito Federal. En el mes de mayo de 1910, antes aun del alzamiento revolucionario del 20 de noviembre, Zapata ya había tomado las tierras de algunas haciendas por la fuerza. Sin embargo, no sería conocido sino hasta el levantamiento convocado por Francisco I. Madero.

Pronto su imagen aparecería en los periódicos de la capital: un joven en posición de descanso militar, con cananas cruzadas, fusil al piso apoyado sobre su muslo, y el sombrero sobre una silla a su costado derecho. Ese joven Zapata cumplía entonces fielmente con lo que se esperaba de un seguidor de Madero. Como parte de un lenguaje simbólico, y al igual que la cinta tricolor atada al sombrero, en aquel tiempo las cananas cruzadas sobre el pecho evidenciaban la pertenencia al maderismo. De este modo, Zapata adhería a sus huestes al ejército del movimiento revolucionario. Con una ligera sonrisa, casi imperceptible, un verdadero catrín en traje charro era lo que Emiliano semejaba en dicha fotografía. Así, Zapata era por aquellos años del Madero en armas un miembro más al servicio de la Revolución. Pasaría algún tiempo para que el movimiento suriano adquiriera personalidad propia y que esto quedara plasmado en la fotografía.

Durante esa época la prensa de la Ciudad de México utilizó dicha imagen para cubrir las noticias que sobre las batallas del ejército suriano se producían. Los periódicos trataban de dar una sensación negativa del movimiento zapatista y de su líder, quien acuñó por entonces el mote del “Atila del Sur”. Como la fotografía en cuestión no daba para ello, sino todo lo contrario, la prensa añadía imágenes de ruinas e incendios supuestamente provocados por el general y sus salvajes y sanguinarios seguidores. Ante el diario, Zapata era por entonces lo que la prensa quería que fuese. No había llegado aún la hora de que Emiliano decidiese cómo quería aparecer en los medios de comunicación.

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Cuentan las crónicas que Emiliano Zapata nunca se sintió cómodo con los fotógrafos. Sólo conocemos una imagen donde aparece sonriendo y cuyo autor es Antonio Garduño. Es una imagen furtiva, tomada sin que el Caudillo del Sur se percate de la presencia de la cámara. Así, el general aparece en su cabalgadura, conversando y bromeando con alguien fuera de cuadro. Su risa es manifiesta, risa que no volveremos a ver más. A pesar de su animadversión a la pose, Zapata tenía muy claro el poder mediático de la fotografía periodística. Sabía que como caudillo del Ejército del Sur era preciso aparecer en la prensa y, asumido esto –la necesidad publicitaria de su propia imagen en los diarios nacionales y extranjeros–, construye su propia versión pública de lo que son los generales del zapatismo.

Nunca más le veremos sonreír. Será hasta 1914 cuando hallemos una imagen que corresponda de alguna manera a lo que Zapata espera de sí mismo en el papel fotográfico. Pero hay también quienes afirman que su seriedad se debía a la desconfianza en los medios gráficos de la capital. Emiliano sabía muy bien que la figura del Atila del Sur había sido creada ex profeso por la prensa capitalina, con tal de justificar la represión a las comunidades morelenses que lo apoyaban. Su gesto era así una manera de protestar ante la manipulación que de su rostro hacía el periodismo defeño. 

¿Era Zapata fotogénico? Desde luego, aun en su desafiante mirada de reproche. Eso es lo que hallamos en la fotografía que quizá mejor lo representa, lo mismo que a su ejército suriano formado por campesinos y pequeños propietarios de tierras. Antonio Garduño, el autor de aquella famosa serie, había seguido al general incluso antes de conocerlo. Se había adentrado en el territorio desde el comienzo de la Revolución, desde Milpa Alta hasta Cuautla. Cuando tuvo la oportunidad, captó furtivamente al general en su cabalgadura, sonriente entre los suyos. Después, posiblemente en Cuernavaca, volvió a retratarlo aparentemente en un estudio. Fue allí donde lo fotografió de medio cuerpo varias veces para finalmente publicarlo en la revista ilustrada Artes y Letras el 4 de diciembre de 1914.

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¿Quién logró captar la única sonrisa que conocemos del Atila del Sur? Antonio Garduño era un joven fotógrafo integrante de la prensa conservadora de la Ciudad de México. En ese sentido, formó parte del grupo fundador de la Asociación de Fotógrafos de Prensa de la Ciudad de México, liderada en aquel tiempo por Agustín Víctor Casasola. Vinculado a la bohemia artística e intelectual de la capital, Garduño experimentaba con lo que por entonces se consideraba fotografía artística, que no era sino la reproducción fotográfica de los clásicos de la pintura academicista del siglo XIX. Dentro de esta línea, Garduño se hará particularmente famoso por los retratos de su amiga Carmen Mondragón, más conocida por su seudónimo: Nahui Olin. Da la casualidad de que Nahui Olin era hija del general Manuel Mondragón, activo participante en el golpe de Estado de Victoriano Huerta contra Francisco I. Madero.

Así, por extraño azar del destino, Antonio Garduño unía a través de su lente al Caudillo del Sur con el golpe de Estado contra el presidente Madero. En la fotografía que mostramos, tomada probablemente el 4 de diciembre de 1914, cuando las tropas zapatistas ocupaban aún la Ciudad de México, encontramos a un Zapata serio ante la imagen, pero dialogando más allá del cuadro con el fotógrafo. Habiendo alcanzado el gobierno de la nación a través del gobierno de la Convención, Emiliano es otro distinto de aquel joven catrín vestido elegantemente de charro maderista. Ahora hallamos a un hombre maduro, desconfiado de los políticos de la gran ciudad y de todo aquello que los representa.

Detrás del hierático rostro, Zapata pone a salvo los valores de su particular revolución campesina. Es como si su mirada pusiese un alto a la arrogancia capitalina. Duro con el fotógrafo, la imagen seduce. ¿Por qué es así? Porque deja ver esa ternura necesaria para fortalecer el valor de la defensa de la tierra de aquellos pequeños propietarios que poca cosa tienen ya que perder.

Es por eso que esta instantánea –y la serie entera de la que forma parte– representa claramente la revolución zapatista triunfante de diciembre de 1914. Más allá de Madero, Huerta y Carranza, se trata de la dignidad campesina materializada en las sales de plata de un retrato. Por fin, tras algunos años de buscar lo que debe ser la imagen zapatista, la Revolución halla su icono, porque también la fotografía es de quien la trabaja.

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