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Villancicos, la versión cantada del cristianismo más festivo

El primer cántico, cuyo tema es la escena de la natividad en Belén, se ha atribuido al séptimo obispo romano Telésforo. Papa y mártir, es quien instala el Gloria in Excelsis Deo como himno necesario para conmemorar el nacimiento de Jesús. Sin embargo, es hasta el siglo xv que se populariza en Europa una tradición vernácula de tonadillas que celebran cristiandad e invierno en tono festivo: Cantiques de Nöel en Francia, Die Nachrichten zu Liedern en Alemania y Christmas Carrols en Inglaterra. Su versión castellana cruzaría el Atlántico al menos cien años después.

Anunciación y eventual alumbramiento aparecen en el Cancionero de la Colombina hacia 1499 y en el Cancionero de Palacio en 1516. Las fechas coinciden con el arribo de los primeros villancicos a América. En la Nueva España se volverán famosos los de Juan de la Encina, Pedro de Escobar, Gaspar Fernández, Manuel de Soumaya y sor Juana Inés de la Cruz. La mayoría de los que hoy sobreviven están documentados en la Catedral de Oaxaca entre 1609 y 1616.

Estas composiciones musicales decembrinas eran cantadas por un solista acompañado por algún instrumento. Se trataba de canciones que alternaban estribillo y estrofas. Estas últimas tenían dos partes: la primera se llamaba mudanza y la segunda, vuelta. Es sólo hacia el siglo xix que se tornan corales y pierden estructura para volverse puramente festivas y profanas.

El español de principios del siglo xvi difiere un tanto del actual, por lo que algunas palabras resultan inusuales; la temática también puede ir de irreligiosa a francamente pícara. Algunos villancicos incluso, como el de Juan del Encina, tienen un tema amoroso (Más vale trocar), y otros juegan con el lenguaje y sus acepciones (Cucú, cucú). Sin duda los hay de tema religioso, pero son una minoría (Pues que tú, Reina del Cielo). Los primeros en venir a la mente confunden programáticamente composiciones exitosas que en el mundo contemporáneo igualan consumo y celebración.

Sorprende en cualquier caso cómo han sobrevivido en la memoria oral de los mexicanos y las maneras en las que dicha tradición se adapta a la transformación de su instrumentación: bailes y canciones primero compuestos para vihuela y guitarra barroca o de siete órdenes, luego mutadas en sonatas para violín y flauta, y solemnizadas para el culto como obras para coro, clave y órgano.