José:
el Escritor

Periodista

La vocación de escritor de José se manifestó desde épocas tempranas. Su hermana recuerda que cuando era niño le gustaba escribir versos que después él mismo empastaba con papeles decorados y que distribuía entre su propia familia. Además de este contenido, también realizaba unos periodiquitos con noticias que recuperaba en sus andares por el barrio o con entrevistas que les hacía a su madre, hermanos y vecinos. Por eso no resulta extraño que haya incursionado en el ramo periodístico pues lo consideró como un puente hacia la literatura. Se inició como “ruletero” en el periódico El Popular, órgano de difusión del Partido Popular (pp) fundado por Vicente Lombardo Toledano. Allí cubría a otros reporteros y lo mismo escribía la nota roja que artículos sobre cultura. Entre los textos que elaboró como periodista hay algunos célebres como el que realizó sobre la erupción del volcán Paricutín, en el cual muestra un periodismo enérgico con tintes de denuncia. También escribió crónicas sobre el noroeste de México, o sus estancias en Los Ángeles, Guatemala, Panamá, Perú y Cuba.

A su regreso de la URSS, José había sido comisionado por el Comité Central del Partido Comunista de México para emprender el proyecto de crear un órgano de difusión escrito a manera de publicación periódica, lo cual dio como resultado que en 1936 apareciera El Activista. Debido a estas experiencias, cuando comenzó a colaborar con la prensa de manera profesional ya tenía una idea bastante clara de cómo funcionaban las cosas en esta área. A decir de sus allegados, la labor periodística de José fue enriquecida por su amplia visión del mundo y por su trabajo cercano con grupos de trabajadores, en sindicatos y ejidos; todo ello “le permitía coadyuvar en el análisis de las coyunturas y del curso de los acontecimientos”. Hay también quien considera que su periodismo sobresale por su destreza narrativa y por el tipo de temas que trataba, pero de igual modo advierten cierta despreocupación por nombres, datos, fechas, y por investigar cómo y porqué sucedieron las cosas, en un afán por destacar sus inquietudes políticas, como la acción colectiva, la disciplina de la clase obrera o la intolerancia del gobierno.


Trabajadores y desempleados realizan un mitin frente a un local del periódico El Popular, ca. 1930.

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p.57.


Militantes del Partido Comunista Mexicano, ca. 1930.

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p.58.


El novelista galardonado

La faceta de José como novelista y cuentista es quizá la más conocida y recuperada hasta el día de hoy. Sin embargo, él siempre consideró este tipo de obra como resultado de sus preocupaciones sociales y políticas y muchos de sus textos se basaron en las experiencias que vivió durante sus estancias en las Islas Marías y en Lecumberri como preso político. Aunque en su juventud redactó una historia llamada El parricida, se considera que su carrera como escritor inició con el cuento titulado Foreign Club, el cual fue publicado en el periódico El Nacional en 1938. A partir de entonces, su carrera literaria iría en ascenso y le traería lo mismo grandes éxitos, como el premio Xavier Villaurrutia, que desencantos, como el rechazo de sus camaradas comunistas por algunas de sus obras. José escribió tres colecciones de relatos, Dios en la Tierra (1944), Dormir en tierra (1960) y Material de los sueños (1974); y siete novelas: Los muros de agua (1941), El luto humano (Premio de Literatura, 1943), Los días terrenales (1949), En algún valle de lágrimas (1956), Los motivos de Caín (1957), Los errores (1964) y, por último, El apando (1969).


José con su máquina de escribir, años cuarenta.

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p.23.

Antonio Parra considera que se trata de un escritor cuyo objetivo principal fue, desde un principio, examinar la vida real imperante en el México que le tocó vivir sin ningún tipo de maquillaje que ocultara las zonas oscuras del ser humano, que eran justo donde se encontraban el origen de la desigualdad social, la miseria que imperaba a su alrededor o el sufrimiento de los desposeídos. Su obra literaria, en los diversos géneros que abordó, giró en torno a un puñado de temas considerados negativos, como la muerte, la enajenación, la incomunicación, la deshumanización del hombre, el crimen, la enfermedad, la decadencia, la falta de solidaridad, la barbarie, la opresión sobre los débiles, la soledad o la violencia, mismos que, “entretejidos por medio del lenguaje en una apretada red de argumentos, reflexiones, símbolos, acciones y descripciones, otorgan una consistencia sin par a cada uno de sus textos”. José también escribió una buena cantidad de poemas y, aunque su presencia en este género no ha sido tan reconocida por la crítica, era uno de los que más disfrutaba crear.


José recibiendo el premio Xavier Villaurrutia de manos del secretario de Educación Pública, Agustín Yáñez, 1967.

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p.37.


El gusto por el cine

José encontró en la elaboración de guiones cinematográficos uno de los medios a través de los cuales sus letras llegaran a una mayor cantidad de público y uno de los trabajos que le darían mejores retribuciones económicas a lo largo de su vida. Junto con el director Roberto Gavaldón formó una de las parejas creativas más importantes del cine mexicano, dando como resultado películas como La diosa arrodillada (1947), En la palma de tu mano (1950), El rebozo de Soledad (1952) y La escondida (1955), aunque también trabajaría con otros directores. Los especialistas señalan que la cantidad de páginas, no siempre filmadas, que redactó por encargo equivale casi a la mitad de sus obras completas y él mismo da testimonio en algunas de sus cartas de cómo pasaba varias temporadas recluido en sitios decididos por la producción de los filmes para que entregara los guiones en los tiempos establecidos para ello. El dinero que obtenía con éstos servían para darle una mejor calidad de vida a su familia, pero también para financiar otros textos que quería realizar.


José y Emilio “El Indio” Fernández, años cuarenta.

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p.14.


Fotomontaje de la película La ilusión viaja en tranvía, 1953.

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p.179.

Uno de sus sueños era dirigir películas y, aunque no lo pudo hacer, escribir los guiones lo mantuvo cerca de esta actividad que le apasionaba desde que era niño, cuando en su natal Durango asistía a la plaza de su pueblo, en donde colocaban mantas, mientras un piano acompañaba las imágenes. Ya en la Ciudad de México, cada ocho días iba con su familia al cine Royal, en la colonia Roma, y en su casa proyectaba las cintas que compraba en el mercado El Volador, al que se escapaba para conseguir pedacería. De esta forma, el cine se convertiría en una de sus actividades principales a lo largo de 10 años. Recomendado por Gabriel Figueroa adaptó para Agustín P. Delgado El mexicano, basado en un cuento de Jack London. Después, Cantaclaro de Rómulo Gallegos para Julio Bracho y para Gavaldón, La otra, basada en la novela A Stolen Life de Karel Josef Benes, con lo que se hizo merecedor al Ariel de 1947 por mejor adaptación. Revueltas también trabajó con Luis Buñuel en La ilusión viaja en tranvía, y años después fue profesor de cine en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos.


Dramaturgo

José también escribió teatro. La pieza dramática El cuadrante de la Soledad (1950), dirigida por Ignacio Retes, fue la primera obra de autor nacional que llegó a las cien representaciones. Era su época de mayor reconocimiento, cuando los periódicos y revistas lo mencionaban de manera continua, y con cariño. Aparecían sus fotos en los diarios, y en El Popular todos los días se comentaban hasta sus chistes. Antonio Prieto, Luis Felipe Barba, Edmundo Valadés, Pepe Alvarado, Enrique Ramírez y Ramírez, la plana mayor del periodismo, lo citaban en sus columnas. El reconocimiento por su destacada obra hizo que llegaran nuevas personas a su vida, entre ellas José Ignacio Retes y su esposa Lucila Balzaretti, que intentaban colocarse en el mundo del teatro, y quienes, a decir de Olivia Peralta, lograron acapararlo y controlar su agenda. Por esta relación José conoció a María Teresa Retes, hermana de José Ignacio y quien se convertiría en su segunda esposa. Así fue como se introdujo a los temas teatrales. Con la compañía de Retes elaboró varias obras como Israel, Nos esperan en abril y Pico Pérez en la hoguera, incluyendo un corto basado en El luto humano, cuya fotografía fue elaborada por Manuel Álvarez Bravo.

Portada

María Teresa Retes y José, 1950.

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p.7.

Fue el 12 de mayo de 1950, en el teatro Arbeu de la Ciudad de México, cuando se estrenó El cuadrante de la Soledad, que alcanzó un éxito extraordinario y provocó varias polémicas en la prensa de la época. Esto se debió al tono y contenido de la acción y de los diálogos, lo cual provocó reacciones violentas entre la crítica comunista. Según los estudiosos del teatro revueltiano, en ella se presenta una visión caleidoscópica, mediante el uso de escenarios simultáneos, del barrio bajo de la Ciudad de México, lo que la convirtió en una obra poco convencional que llegó a calificarse de experimental. Esta pieza fue relacionada también con la novela Los días terrenales que, al igual que la primera, criticaba el dogmatismo del Partido Comunista y clamaba por el replanteamiento filosófico y moral de algunas tesis defendidas en ese momento por el marxismo estalinista. A raíz de las discusiones provocadas por estas obras, José decidió retirar del mercado ambas publicaciones, dejó de escribir por un periodo largo y se sometió, tanto él como a su obra, a una profunda reflexión. Sin embargo, en algún momento pensó en llevar El cuadrante a la pantalla grande, cosa que por desgracia nunca sucedió.

Portada

José el día del estreno de su obra El cuadrante de la Soledad, 1950.

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p.18.


Los debates intelectuales

La labor de José en el área de la literatura se dio en un momento en el que la intelectualidad daba soporte al Estado posrevolucionario. Aunque siempre fue crítico del sistema, prácticamente llegó a formar parte de él. Premiado por secretarios de Educación, compartiendo fiestas y reuniones con José Clemente Orozco, Emilio Fernández, José Mancisidor, Juan de la Cabada, Efraín Huerta, Andrés Henestrosa y muchos personajes más, tanto nacionales como internacionales. Pero en aquella época la idea del compromiso político y social del intelectual impregnó fuertemente los debates en el campo cultural de las izquierdas mexicanas. Si bien existía cierto consenso sobre el papel cada vez más activo que debían asumir los artistas en la escena política, la situación se complicaba con lo referente a lo que debía ser un arte revolucionario. Por ello, se comenzó a cuestionarlo y a criticarlo debido a que su trabajo se estaba volviendo burgués.


José, Hernán Laborde y José Mancisidor, en la redacción de la revista Tricolor, 1944.

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p.9.


Reunión en la que pueden distinguirse, entre otras personas, a José, José Clemente Orozco, Efraín Huerta, Hernán Laborde, José Mancisidor y Enrique González Martínez, entre otros, 1943.

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p.9.

Sin embargo, para este escritor, el objetivo del artista era mostrar lo oscuro, la degradación; abrir los ojos a la sombría realidad del mundo y de la existencia humana para que sus contemporáneos despertaran, aunque sólo fueran unos cuantos. Su punto de partida era que el artista debía describir la realidad tal y como la percibía para poder combatirla. En algún momento declaró: “Para mí el arte es sólo un instrumento para descubrir. Pero no descubrir en el sentido trivial de la palabra […] sino para mostrar lo que de extraño, lo que de fantástico, lo que de inmarcesible tiene todo este viejo mundo que nos rodea; la silla donde te sientas puede mostrarte toda una aventura gloriosa de arte y humanidad con solo tener el don de interpretarla”. En medio de un escenario político y cultural de carácter global, el concepto y la práctica del intelectual se tiñó de un nuevo significado, pues su campo de acción dejó de limitarse exclusivamente al uso de la pluma y la palabra para asumir un claro compromiso con la sociedad y la política. Así, la figura del “intelectual comprometido” se convirtió en una prioridad ética que movilizó a amplios sectores culturales en todo el mundo. José compartió estas preocupaciones.