Epílogo

José Revueltas sería detenido en noviembre de 1968 y conducido a la cárcel de Lecumberri, donde pasaría poco más de dos años en reclusión para ser liberado en mayo de 1971. El 14 de abril de 1976 murió de un conjunto de males: un infarto, un derrame cerebral, anemia y pancreatitis. Pero sólo lo perderíamos físicamente. Su legado de lucha y resistencia ha persistido hasta nuestros días a través de sus textos, de sus ideas y de todos aquellos que fueron tocados por su palabra. Su imagen apareció a manera de grafiti en 1987 durante la primera huelga estudiantil desde el 68. Su figura con lentes, piocha y cabello largo es parte del imaginario de la izquierda mexicana. Uno de los talleres de la Facultad de Arquitectura lleva su nombre, precisamente por la huella que dejó en un grupo de estudiantes la idea de la autogestión académica. Uniones, sindicatos y organizaciones sociales también lo portan con orgullo, al igual que el Centro de Educación Ambiental y Cultural ubicado en las rehabilitadas Islas Marías. Los jóvenes estudiantes siguen elaborando tesis sobre su obra y las nuevas generaciones aprenden sobre su legado en sus escuelas y de la mano de sus padres y abuelos.

Se dice que Revueltas representa lo mejor de un pasado en el que la fe en la transformación de la sociedad era el faro que guiaba la acción revolucionaria. Por ello se encuentra al lado de Valentín Campa, Demetrio Vallejo, Othón Salazar, Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, y ocupa un lugar destacado en el pantheon de la izquierda mexicana. Esforzado luchador por una sociedad sin explotación ni opresión, y desenajenada de toda la crueldad impuesta por el sistema capitalista, se considera que Revueltas no fue solamente un demócrata o un comunista, sino un individuo que nunca renunció a su ideología y a sus convicciones. Tomó el camino que trazaron las causas populares, la lucha por la libertad y la justicia. Gracias a ellas y a la entrega de personajes como él es que se generan los cambios en la historia. Además, con su esfuerzo cotidiano pasó a formar parte de las personas que Bertolt Brecht consideró imprescindibles: aquellos que luchan no sólo un día o un año, o muchos años, sino quienes lo hacen toda la vida.


Todos somos una falsa alarma.
Somos Tlatelolco.
No puedo conmigo.
Soy una cruz hablando.

De la muerte, no;
sálvame de la vida.


J. R., junio de 1974