En el Fondo, no todo son letras

En el Fondo, no todo son letras. 90 años de gráfica en el Fondo de Cultura Económica


Fernando Gálvez de Aguinaga

La relación entre el libro y las imágenes artísticas para ilustrarlo es casi indisoluble. Para empezar, los grabados en madera inspiraron el libro impreso y, antes de la imprenta de tipos móviles de Gutenberg, los primeros volúmenes que se imprimían con textos tenían las letras talladas debajo o al lado de una imagen grabada. Luego, con la invención de la imprenta, el diálogo entre imágenes y letras continuó. Si bien en la actualidad la mayoría de libros se imprimen sin ilustraciones, casi todos llevan imágenes en la portada. Así pues, resulta natural que el Fondo de Cultura Económica, la editorial gubernamental de mayor importancia en el continente latinoamericano, contenga entre sus páginas, portadas y boletines una importante colección de imágenes artísticas que resuman gran parte del acontecer artístico de su larga historia de 90 años. El museo bibliográfico que se compagina en las colecciones del FCE se presenta en esta exposición con la curaduría del Museo Nacional de la Estampa y sintetiza, en las sucesivas aportaciones de los artistas, el devenir artístico del México posrevolucionario del siglo XX. En esta exposición, descubrimos un conjunto artístico que expone obras que van desde el Nacionalismo Mexicano —como las magníficas piezas de don Alberto Beltrán, del prodigioso Leopoldo Méndez y de Fernando Castro Pacheco, vinculados al Taller de la Gráfica Popular— hasta piezas de los disidentes del muralismo y la Escuela Mexicana de Pintura, acusados de europeizantes por sus influencias de las vanguardias europeas de incios del siglo XX, como las obras geniales de Rufino Tamayo y Juan Soriano. En pequeñas viñetas, entre letras prodigiosas de sus contemporáneos escritores o de libros clásicos, vamos encontrando las discusiones plásticas y las diversas vertientes de nuestro arte en el coloquio cultural que ha sido el devenir de esta editorial.

En 1957, el Fondo de Cultura Económica publica el libro Imagen e idea, del inglés Herbert Read, un ensayo luminoso que propone que la imagen precede a la idea y que los artistas no pretenden imitar la naturaleza, sino mejorarla y crear un universo paralelo que, en lo individual, se define como el ser mismo y, en lo colectivo, como la cultura. Así pues, la importancia de esta exposición radica en esa parte sustancial que conforma el imaginario visual del último siglo de creación de pensamiento visual en México. Como un espacio democratizador de la vida al multiplicar las ideas escritas y dibujadas, el FCE impulsó el movimiento de Ruptura, y así dio cabida a las diversas corrientes estéticas e irrumpió entre sus páginas con fluidez y sin los aspavientos de otros lugares. Entonces, tras haber visto obras de Chávez Morado o Raúl Anguiano, empezaron a aparecer trabajos de Héctor Xavier, José Luis Cuevas y Vlady, nombres que con la fuerza de sus líneas dibujadas cambiaron la escena cultural de México. O bien Vicente Rojo, quien, además de su propio arte, tuvo una influencia determinante en la estética del libro a través de su labor como diseñador gráfico, formando visualmente a varias generaciones con sus carteles, suplementos culturales, revistas, periódicos e incontables libros, entre ellos muchos de los trabajos literarios más importantes de su generación; por ejemplo, la segunda edición de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. La llamada Ruptura no pretendía imponer un estilo para sustituir a la Escuela Mexicana de Pintura, pues más que una apuesta estética era una apuesta por la libertad. Lo que aquel movimiento propugnaba no era excluir los temas históricos o políticos, sino defender la libertad de expresión del ser creador por encima de cualquier manifiesto o dogma estético, y en ello su apuesta era la misma que ha sido el devenir de nuestra editorial. De forma que las polémicas de afuera se resolvieron en el cauce fluido de libros, boletines y revistas que fueron tramando las letras con las artes visuales y dando cabida al conjunto de las corrientes ideológicas y culturales.

En 1957, el Fondo de Cultura Económica publica el libro Imagen e idea, del inglés Herbert Read, un ensayo luminoso que propone que la imagen precede a la idea y que los artistas no pretenden imitar la naturaleza, sino mejorarla y crear un universo paralelo que, en lo individual, se define como el ser mismo y, en lo colectivo, como la cultura. Así pues, la importancia de esta exposición radica en esa parte sustancial que conforma el imaginario visual del último siglo de creación de pensamiento visual en México. Como un espacio democratizador de la vida al multiplicar las ideas escritas y dibujadas, el FCE impulsó el movimiento de Ruptura, y así dio cabida a las diversas corrientes estéticas e irrumpió entre sus páginas con fluidez y sin los aspavientos de otros lugares. Entonces, tras haber visto obras de Chávez Morado o Raúl Anguiano, empezaron a aparecer trabajos de Héctor Xavier, José Luis Cuevas y Vlady, nombres que con la fuerza de sus líneas dibujadas cambiaron la escena cultural de México. O bien Vicente Rojo, quien, además de su propio arte, tuvo una influencia determinante en la estética del libro a través de su labor como diseñador gráfico, formando visualmente a varias generaciones con sus carteles, suplementos culturales, revistas, periódicos e incontables libros, entre ellos muchos de los trabajos literarios más importantes de su generación; por ejemplo, la segunda edición de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. La llamada Ruptura no pretendía imponer un estilo para sustituir a la Escuela Mexicana de Pintura, pues más que una apuesta estética era una apuesta por la libertad. Lo que aquel movimiento propugnaba no era excluir los temas históricos o políticos, sino defender la libertad de expresión del ser creador por encima de cualquier manifiesto o dogma estético, y en ello su apuesta era la misma que ha sido el devenir de nuestra editorial. De forma que las polémicas de afuera se resolvieron en el cauce fluido de libros, boletines y revistas que fueron tramando las letras con las artes visuales y dando cabida al conjunto de las corrientes ideológicas y culturales.

Las imágenes dialogaron con los clásicos grecolatinos o asiáticos, al igual que con las culturas mesoamericanas, y configuraron ilustraciones que respondían a la época y a la cultura originaria. La ilustración tiene la característica de que, en ocasiones, el artista debe viajar en el tiempo de los estilos para adecuarse al libro que va a acompañar. Pero, por otra parte, también hay ilustradores que jamás dan a torcer su modo de entender el dibujo y el grabado, e imponen imágenes originales que refrescan la iconografía que a lo largo de los siglos se ha creado en torno a un artista o a un texto de referencia clásica. Conforme fueron evolucionando las artes de la imprenta, los libros ilustrados y los libros de arte se fueron llenando de imágenes a color y la historia de la ilustración y la reproducción de los trabajos artísticos empezó a cambiar notablemente. Libros como el facsimilar de una Libreta de apuntes, de Vlady, en el que vemos las texturas del papel original, las manchas más mínimas de las tintas y el color exacto de la acuarela, serían imposibles cuando empezó la aventura del FCE, pero hoy día nos parecen un objeto, aunque hermoso, común y corriente. Luego vinieron los artistas que abrevaron de la Ruptura y que en los años ochenta tuvieron su boom, como los hermanos Castro Leñero, Helen Escobedo, Boris Viskin, Perla Kauze y otros. Entre ellos, destacan las imágenes inteligentes, expresivas, neofigurativas y de explosivo cromatismo de Alberto Castro Leñero, quien se perfiló como un sagaz traductor de los textos que ilustró o presentó en una portada. Generaciones más próximas también aportaron obras maestras, como el dibujo narrativo de Daniel Lezama, un artista que soñó con ser escritor antes de afirmarse como uno de los mayores creadores de la pintura y el dibujo actual. Quien como esto escribe, y haya recorrido por años las galerías del inmenso e interminable museo de las publicaciones del Fondo de Cultura Económica, tendrá la certeza de que, además de todas sus sabidurías, este nonagenario Fondo de Cultura Económica nos ha enseñado a ver.

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