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Los preparativos de la fiesta en León
Los preparativos de la fiesta en León
Hugo Arturo Cardoso Vargas
Director del Seminario Permanente de Estudios de la Fiesta en México

La información llegó a través de mi hijo Ignacio al regresar de León, Guanajuato, de visitar a un viejo amor que de Naucalpan, en el Estado de México, se trasladó a la ciudad de los panzas verdes (hablo del equipo de futbol) del León. 

Me mostró unos videos de un número considerable de grupos que desde la célebre Puerta o Arco del León llegaban hasta la Catedral. El motivo, según explicó, eran fieles u organizaciones católicas que de distintas comunidades de la ciudad venían –no sé si en procesión o en marcha animada– a postrarse a los pies de una bellísima imagen de la Virgen María en su advocación de la Madre Santísima de la Luz. En las cintas figuraban, por ejemplo, las Bandas de Guerra del Segundo Batallón del Nuevo Valle y el Primer Batallón Ramo de la Policía Quién como Dios, entre muchas otras, que hicieron el recorrido hasta la Catedral Basílica el 29 de mayo.
En las grabaciones de mi hijo las procesiones se inician con una banda de guerra; es decir, un abanderado que abre la marcha y detrás un conjunto, mayoritariamente de jóvenes, que marcaba el ritmo con la corneta y el tambor al compás de su director. Les seguían los pendones, banderas y demás insignias de las parroquias, grupos religiosos y, desde luego, los santos tutelares de los templos que integraban la procesión.

Al ver la impresionante cantidad de fieles que se organizaban para rendir culto ante la Madre Santísima de la Luz, erigida en Patrona de la Arquidiócesis Metropolitana de León, no pude resistir el asistir a su fiesta tutelar. Porque las grabaciones correspondían a las procesiones y peregrinaciones del novenario.

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Al día siguiente nos alistamos para viajar, mi esposa y yo, a la ciudad de León. Por compromisos académicos y familiares salimos muy tarde y llegamos como a las once de la noche del 7 de junio –por cierto, cumpleaños de mi madre– del 2011 directo al hotel para descansar del viaje, que fue pesadísimo. Nada más de recordarlo me vuelvo a cansar, porque esa transitada y siempre complicada carretera México-Querétaro –aunque de ahí a León no tanto– siempre es una pesadilla durante el transcurso de la tarde noche para abandonar la ciudad. A la inversa, el problema es para llegar a la ciudad durante la mañana (sólo que sea antes de las seis a.m., cuando está bastante fluido el tránsito sobre la carretera).

Ya sabemos que en la provincia la gente se reúne en familia muy temprano y hay pocas ocasiones para trasnochar y menos aún para andar por esas calles de Dios y exponerse a riegos innecesarios. Por eso, había pocos autos y menos transeúntes. En consecuencia, no encontramos lugar para cenar a pesar de nuestra hambre porque en el hotel, bastante modesto pero limpio y con atención esmerada, no tenían para ofrecer sino unos pastelitos –aquellos de ¡recuérdame! – y agua embotellada. No nos quedó más remedio que, al amparo de la noche, echar a andar por una enorme avenida muy cercana al Centro Histórico de León. Después nos enteramos que era el muy moderno ¡cómo ha cambiado! Boulevard Adolfo López Mateos Oriente. Sin haber mitigado el apetito, pero con algo en el estómago, regresamos al hotel para comprar un “recuérdame” y rematar la noche.

Al otro día, 8 de junio –cumpleaños mi hermana–, nos levantamos para recorrer el centro y así llegamos a la Catedral Basílica Metropolitana de Nuestra Madre Santísima de la Luz y no pude dejar de maravillarme de su suntuosidad, belleza y majestuosidad. Pero también me di cuenta de que esta Catedral –a diferencia de la gran mayoría de las que existen en el país– tiene una ubicación modesta, porque no corresponde a la distribución tradicional en torno a la Plaza Mayor, Plaza de Armas o los nombres equivalentes al centro político, religioso y comercial. La Catedral está a una calle de la Fuente de los Leones y a dos de la Plaza Principal de León o Plaza de los Aldama. En cambio, la Parroquia del Sagrario se localiza justo en la esquina de estos dos sitios, referentes de la población leonesa.

Dos lugares que hay que visitar son el Portal Hidalgo y Teatro María Grever, que sólo vimos por fuera por la hora y porque no había función ese día; además, era la fiesta de Nuestra Madre Santísima de la Luz. Como si no fuera suficiente, también lo impedían las obras que se realizaban en la calle Obregón con sus inevitables escombros.


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Después de estar en la Catedral Basílica –viendo a los fieles que en una incesante e inacabada fila entraban y salían; llegaban solos o acompañados, con sencillas ofrendas florales o con una veladora que depositaban fervientemente en los lugares que los sacristanes y ayudantes del templo les indicaban–, decidimos salir y ver qué sucedía afuera y cómo iban las obras de remodelación. 

Cuando llegamos a la Catedral, como a las 14 horas, nos dimos cuenta que tanto en la Avenida Obregón como en la Hidalgo se desarrollaban distintos trabajos en la calle y sobre la acera así que el trafical era complicado; como debe ser en toda ciudad cosmopolita y que se jacte de ser ejemplo de modernidad. Afortunadamente, un par de fotos que tomó mi esposa dejan constancia del trajín de ese día, a esa hora y en esa esquina. ¡Hasta un par de anafres estaban tirados sobre el piso! No sé por qué ni para qué servirían en ese momento de enorme ajetreo.

Cuando salimos serían cerca de las cuatro de la tarde y todo había cambiado. No había el menor rastro de las obras, lo que no podía dejar de sorprenderme, acostumbrado como estaba a ver por días y días, meses y meses, los vestigios, despojos y rastros de cualquier obra menor que se realiza en la vía pública. Por lo menos eso es una realidad de la Ciudad de México, sin importar qué autoridad se encargue de los trabajos. 

La sorpresa se debía a que de máquinas, coches, taladros, gritos y demás sonidos vinculados a los trabajadores de la calle no quedaba ni una señal, ni una huella mínima de la intervención humana. Todo era orden; todo estaba limpio, en la medida de que limpio puede estar un espacio público expuesto a cientos de gentes circulando. Incluso, la Plaza de SS Benedicto XVI exhibía enormes lonas con la futura remodelación del sitio.  



De verdad me sentí en otro país, en otra realidad, donde el trabajador se responsabiliza de su papel de proveedor de calidad de vida y no de un obstáculo a la sociedad en sus distintas expresiones; donde las autoridades se comprometen y –sobre todo– cumplen con los tiempos estipulados para realizar los trabajos. Sí, ¡era otra realidad! ¡Lástima que no pude, en ese momento, hacer un mayor registro fotográfico del antes y después de la intervención de los trabajadores! ¡Menos aún el ver la transformación del entorno de la Catedral Basílica!  

Era otra realidad, porque en lugar de escombros, materiales de construcción y de instalaciones eléctricas e hidráulicas –que exponen al transeúnte despistado a sufrir un accidente–, apareció ante nosotros un escenario distinto. Limpieza absoluta –como si estuviera en Querétaro ¡Por cierto, qué lindo y limpio es Querétaro!– en las calles y banquetas; nada de tránsito, ni un auto ni un oficial que, desesperadamente, intentara poner orden en la circulación vehicular. Todo esto, por obra y gracia de la autoridad responsable para aderezar y despejar –como dice el lenguaje del abogado– en tiempo y forma el espacio destinado para celebrar a nuestra Madre Santísima de la Luz.

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