La apicultura: una actividad histórica
La apicultura posee una trayectoria amplia en distintas regiones del mundo, siendo una práctica ancestral ligada a los primeros asentamientos humanos. Evidencias arqueológicas señalan que la miel ya era consumida hace alrededor de 7000 años a. C., en el periodo Mesolítico, y que ésta surgió como una actividad ligada a estas primeras comunidades. La miel es considerada la medicina más antigua conocida y en muchas culturas fue utilizada para tratar una amplia gama de enfermedades.
En América, la historia de la apicultura es conocida desde épocas prehispánicas, específicamente en la región de Mesoamérica, donde utilizaron abejas de los géneros Trigona y Melipona (meliponinos) que se caracterizan por carecer de aguijón, a diferencia de las Apis mellifera introducida por los españoles durante la colonia. A pesar de que las europeas eran más dóciles, los mayas, civilización que se destacó por la crianza de abejas y captación del dulce, mantuvieron a la especie nativa como su preferida. La miel que obtenían la utilizaban como medicina, alimento y también en rituales, la importancia que se les daba en esta civilización quedó registrada en múltiples documentos y edificaciones.
Fue apenas hasta la mitad del siglo xx que la abeja europea comenzó a sustentar la apicultura mexicana, alcanzando esta nueva etapa un crecimiento significativo en la década de los sesenta y setenta.
En la actualidad, México está posicionado entre los primeros productores y exportadores a nivel mundial llegando a registrar, en la última década, un promedio anual de 59 toneladas de miel originarias de diversas regiones apícolas como son: la del Norte, del Golfo, de la Costa del Pacífico, del Altiplano y península de Yucatán, siendo la última la que aporta el mayor porcentaje de la producción apícola del país.
La apicultura desempeña un papel crucial tanto en el ámbito socioeconómico como ecológico, es una actividad que genera divisas y constituye un pilar de la economía social. Aunque comúnmente se asocia sólo con la obtención de productos como miel, polen, jalea real y propóleos, su valor va mucho más allá. Las abejas son esenciales para el equilibrio ambiental, ya que, al alimentarse del néctar de las flores, favorecen la polinización y con ello la capacidad reproductiva de las plantas.