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Cine Teresa: de sala “decente” al cine porno

La marquesina aún dice “El cine del Centro Histórico”, pero adentro ya no huele a palomitas; huele a cables, fundas y pantallas de celular. El Cine Teresa, ese faro art déco del Eje Central, ha tenido más vidas que un personaje de novela: nació en 1924 con cine mudo y pianista en vivo, resucitó en 1942 como palacio para elegantes y refinadas “damas decentes metropolitanas”, cayó en crisis, se convirtió en leyenda porno, luego se volvió un intelectual del cine como sede de Muestra Internacional y terminó convertido en plaza tecnológica. Ésta es la historia de un edificio que se niega a morir.

El Teresa apareció cuando el Centro todavía se recorría a pie y la avenida San Juan de Letrán (hoy Eje Central) era símbolo de modernidad. En su primera etapa, la sala monumental alojó multitudes que asistían con paciencia: imagen muda, música viva y la sensación de que la ciudad estrenaba su propio futuro. Las obras viales lo obligaron a cambiar de piel y, en 1942, el arquitecto Francisco J. Serrano lo levantó de nuevo con lenguaje art déco: vestíbulo de mármol, barandales de cristal, bronce y maderas finas, y hasta una réplica de la Venus de Canova saludando a los asistentes. Bajo el lema de “cine dedicado a las damas metropolitanas”, fue punto de reunión y vitrina de estrenos durante la Época de Oro del cine mexicano y ha ofrecido guiños visuales apareciendo en películas emblemáticas que representaban su ciclo vital. De exhibir cine clásico con actores como Pedro Infante al cine gay, que hasta ese momento vivía en la clandestinidad.

Luego llegó el desgaste: televisión, video, multicinemas y el reacomodo del negocio exhibidor; el palacio se quedó sin dinero. En los noventa, para sobrevivir, cambió a cine para adultos y el Eje Central se volvió un corredor donde el tabú convivía con la economía callejera. El deterioro y los saqueos aceleraron su caída. Hubo un último guiño cultural como sede alterna ligada a la Cineteca, pero no cuajó. Hoy el interior es Plaza Teresa, un bazar de tecnología; la fachada, en cambio, permanece con su letrero encendido sobre la memoria: recordatorio de que la ciudad puede reciclarlo todo, excepto sus historias. Caminar frente a su marquesina es leer un palimpsesto urbano: glamour de estreno, moral pública, crisis económica y deseo. ¿Qué se conserva cuando sólo queda la fachada? El Teresa sigue ahí, marcando el ritmo del Centro de la Ciudad de México.