La Ciudad de México, su plaza y los ilustradores europeos del siglo xix
J. F. Waldeck, Salomon Hegi y Pietro Gualdi son los tres ejemplos más claros de expedicionarios europeos que llegados a la Nueva España (México) se interesan por el pasado prehispánico, su idea de ciudad y los modos en los que dicha traza pervive en el país que observan. Las plazas virreinales que ilustran son sitio simbólico para dos culturas: la tenochca, cuya ritualidad ocurre en espacios abiertos con edificaciones perimetrales, y la castellana-católica, cuyos espacios cerrados para el culto siguen al concepto arquitectónico latino del atrium.
Esas plazas han sido a través del tiempo los centros vitales de poblaciones y ciudades, base de partida para las tramas urbanas, y dibujarlas es más que simple postal para esas mentalidades científicas europeas. La “ilustración” a partir de grabados tomados del natural y cuya pretensión es la rendición fáctica de eventos observados, es un género propio del siglo xviii. Se trata del enciclopedismo que debe aprehender de manera incontrovertible la fenomenología de todo cuanto supone descubrimiento. Es la concesión de “realitas” a objetos (naturales o artificiales) antes desconocidos. “Ilustración” entonces se emplea con dos significados, aquel que remite a la noción de una explicación gráfica, al embellecimiento de las formas referidas, incluso. Pero hay otro, donde se supone a la ilustración una iluminación intelectual.
En 1790, el padre Gamboa —un canónigo de la Catedral— evitó que la redescubierta Piedra del Sol fuera destruida y usada para hacer la calle del Empedradillo. Gamboa ordenó también que se la recargara contra la pared noroeste de la Catedral, mirando hacia el cementerio parroquial y frente a la Plaza Mayor. Posteriores trabajos de urbanización tomaron la posición de la escultura como eje de articulación del espacio. La corriente de transeúntes paralela a Catedral toma como punto de orientación y referencia topológica esa escultura. La plaza y su contenido sirven no sólo para hacerse un mapa referencial de la ciudad, sino que conectan al pasado del que provienen con una tradición que ese contexto reclama para sí mismo en el siglo xix. Un acto informal e implícito para los habitantes, la plaza y su localización, como símbolo políticamente significante para el abstracto de la ciudadanía mexicana y su gobierno.