El culto a las deidades del maíz
El maíz, originario de América, ha sido el sustento de los mexicanos desde tiempos remotos. Las culturas del México antiguo aprendieron a domesticarlo y, con el tiempo, lo convirtieron en el eje de su dieta diaria y religión. Las deidades a quienes se encomendaban las cosechas del maíz estaban vinculadas a la figura femenina: Xilonen, Chicomecóatl, Huixtocíhuatl, entre otras, reflejan la cercanía de los pueblos indígenas con la tierra.
La vida de las culturas mesoamericanas está ligada al maíz. Olmecas, mayas, zapotecos, mixtecos, mexicas, purépechas, y todas las grandes civilizaciones sustentaban sus mitos fundacionales en diversas deidades vinculadas a esta planta.
En el Popol Vuh, libro sagrado de los mayas, los seres humanos son creados a partir de la masa de maíz: Tepeu y Kukulkan son quienes otorgan el soplo de la vida y, a partir de ello, la civilización maya logró desarrollarse hasta convertirse en una de las más importantes del México antiguo.
Entre las culturas nahuas Cinteotl representaba a la deidad del maíz, y su culto fue ampliamente difundido en Chalco y otros pueblos ribereños. Su doble acepción -hombre y mujer-, hizo posible que fuera celebrado en diversos momentos a lo largo del año: la siembra y la cosecha estaban fundamentados en su acepción femenina. Xilonen fue también otra de las representaciones del maíz y su fiesta se celebrará en el mes del Huey Tecuihuitl justo cuando las mazorcas habían madurado.
En el norte de Mesoamérica Otuanaka era la diosa del maíz, creada por Nakawe y casada con Komalame, que habían engendrado a sus hijos representados como granos de maíz, es decir, la semilla de la vida de la planta y de los pueblos indígenas del México antiguo. Otras advocaciones fueron Pitao Cozobi, Betao Yozobi, Lozucui y Saciskukiliwatkan. Salvo algunas diferencias en sus representaciones, todas eran guardianas del maíz y dadores de vida.