Sones afromexicanos: etnohistoriografía musical que se escucha
Podríamos hablar de una musicología del contacto, es decir, una etnohistoria de las diversas sonoridades que confluyen a la llegada de los españoles a costas mexicanas, los ritmos afrocaribeños, los ecos regionales del sur de Europa que venían con aquellos navegantes y el oído que desarrolla la Nueva España en los siglos de la Colonia. De ahí proviene el folclor sonoro que hoy reconocemos sobre las rutas de diseminación de aquellas poblaciones. Estos sones son fundamentalmente huastecos y jarochos.
La petenera, por ejemplo, es una pieza de tradición oral (donde la fuente primaria para su estudio es la interpretación misma en ausencia de partituras históricas) que existe a ambos lados del Atlántico, cuya temática suele remitir a un paisaje de ires y venires marinos, nostalgia por un pasado perdido o una mujer inalcanzable y miedos personificados (otros sones, como las morenas, y los dedicados a brujas y sirenas). Mandinga es un pueblo, así como su lengua, proveniente de Senegal, Costa de Marfil, Guinea y Malí (música de la etnia mandé), pero es también una manera de nombrar al diablo como entidad cotidiana o a un cuerpo de agua con propiedades mágicas.
La historia de estas tradiciones es compleja y mucho más amplia que el espacio de una colección de recursos. Pero sirva el apunte con estas imágenes para señalar sus grandes rasgos distintivos: que cada son es un instrumento amplificador de fuerzas (la voz que identifica, la narrativa que acusa o reclama). Su mera existencia ha sido una pugna: los afrodescendientes en México han recurrido siempre al baile y a la música como medios para posicionarse culturalmente frente a paradigmas nacionales que los reducen o niegan. Hay aquí varias tradiciones músico-dancísticas, representativas de la población afromexicana. Su estudio pormenorizado vendrá pronto a Memórica.