Expresiones artísticas
Portadilla de <p><em>Los olvidados</em> y el México que se quiso ocultar</p>

Los olvidados y el México que se quiso ocultar

En 1950, Luis Buñuel sacudió al cine mexicano con Los olvidados: un retrato crudo de la niñez marginada en la Ciudad de México que mezcla realismo casi documental, humor negro y elementos surrealistas. Fue atacada como “antipatriótica”, retirada de cartelera y, tras ganar en Cannes (1951), reivindicada por la crítica. Hoy su negativo original es Memoria del Mundo (unesco).  Y es también una obra clave de denuncia social. Su mirada incomoda porque registra la exclusión que acompaña al proyecto alemanista: progreso y modernización a cualquier costo. 

Sus locaciones fueron: La Romita, Atlampa, vías del tren, baldíos de Nonoalco (antes de Tlatelolco), correccional de Tacubaya y los foros del Tepeyac. Esa geografía —bordes y lotes— no es sólo escenario: marca el límite; la ciudad moderna expulsa a quienes no “encajan”. Previendo censura, se filmó un final alterno secreto. Con foto de Gabriel Figueroa, toma del neorrealismo la calle, el rostro no idealizado y la violencia cotidiana, y lo cruza con el surrealismo: pesadillas en cámara lenta y objetos hechos símbolo. El tema chocó con el relato del “progreso”: prensa y conservadores la acusaron de denigrar a México mostrándolo como un país de pobres sin futuro. Se estrenó en el cine Mariscala y duró en exhibición tres días.

El premio a Mejor Dirección en Cannes (1951) revirtió el veredicto; aceleró su canonización global. Buñuel investigó la nota roja, informes del Tribunal de Menores y “ciudades perdidas”. Pedro y el Jaibo no moralizan: hambre, hacinamiento y falta de cuidado producen delincuencia, deseo y crueldad; el Estado llega tarde y la madre soltera es un límite agotado. Sus afiches vendieron “drama social” con rostros infantiles y tensión trágica, sin promesa de redención. Documento urbano que denuncia el abandono y confronta ciudades que presumen modernidad y fabrican cuerpos desechables. Desmonta el mito del “niño malo”: el Jaibo surge de instituciones fallidas y de una economía informal que normaliza la violencia. La secuencia onírica —leche, carne, manos— revela culpa, deseo y hambre como fuerzas políticas. Dialoga y cuestiona la urbanización del “milagro mexicano” y la idea de ocultar pobreza para “vender” nación, y anticipa debates de violencia juvenil y exclusión.