Semana Santa cora
En el noreste de Nayarit la Semana Santa es sinónimo de sincretismo, pues fusiona las costumbres de los indígenas na'ayarij (o coras) con las de la Iglesia católica. Esta fusión en la festividad ocurre debido a que los na'ayarij no se sometieron política ni religiosamente a los españoles sino hasta 1722, cuando los jesuitas lograron entrar en su territorio durante un periodo de 45 años, y aunque el contacto fue corto y conflictivo los indígenas adoptaron elementos del catolicismo y los incorporaron con sus creencias, modificando múltiples ceremonias, entre ellas la Judea o Semana Santa cora.
Durante ocho días los na'ayarij se transforman en diferentes personajes: judíos, fariseos, moros, demonios blancos y negros, y dobles de Cristo, que llevan a cabo procesiones, luchas cósmicas, baños de purificación en el río y ceremonias como la del “Robo del Maíz” y la lucha entre el bien y el mal.
Los judíos y los demonios “se borran”: cambian de personalidad pintando su cuerpo con ceniza de olote quemado, polvos de colores o arcilla; algunos usan máscaras talladas a mano para constituir una autoridad temporal (las autoridades civiles ceden al grupo ceremonial el control del tiempo, del espacio y de la vida pública) y personificar a los indígenas guerreros del pasado. Llevan un emblema-machete y danzan al son de flautas y tambores emitiendo gritos y alaridos, combaten para protagonizar la lucha cósmica y hacen sacrificios simbólicos y bromas de todo tipo.
Estos personajes persiguen al Cristo Sol y, luego de varios intentos, logran capturarlo el Viernes Santo para darle muerte simbólicamente. El Sábado de Gloria Cristo resucita, los demonios se autodestruyen y regresan al río, de donde salieron al inicio de la ceremonia, y los poderes se restituyen a las autoridades civiles. Finalmente, se realiza una procesión al templo católico presidida por Cristo, la Virgen María y San José, además de los fariseos, los judíos, los músicos y la gente de la comunidad, y la paz y el equilibrio vuelven al pueblo.
La Judea está relacionada estrechamente con el ciclo agrícola del maíz, con el advenimiento de las lluvias, la renovación de la vegetación y el renacimiento de la vida. Al parecer sustituye la práctica cora del mitote guerrero, que les fue vedada desde la conquista. Es una tradición ancestral con intrincado simbolismo que enriquece la memoria de México.