Represión y Derechos Humanos en América Latina
El régimen priista ejerció un estricto control y vigilancia sobre las personas exiliadas de todos los países de América Latina. Desde la frontera de Tapachula hasta la Patagonia la movilidad humana por posición y violencia política desde las dictaduras produjeron enormes éxodos durante el siglo xx.
La policía política, la Dirección Federal de Seguridad (dfs), extendió una red de agentes para vigilar los movimientos y las actividades del exilio latinoamericano en México. Exiliados brasileños, argentinos, uruguayos, chilenos, guatemaltecos, salvadoreños, entre otros, han redefinido la solidaridad del éxodo frente a la represión y la expulsión de sus dictaduras. Dice Soledad Lastra en su libro Espionaje y control en el país de refugio: “Con múltiples repertorios de acción y estrategias de protesta, los exiliados sudamericanos lograron proyectar desde México una clara voz que condenó la violencia de Estado de las dictaduras del sur con miles de presos políticos, ejecutados, torturados y desaparecidos. Las dinámicas clandestinas del terrorismo de Estado fueron desnudadas por los centenares de testimonios que los exiliados sudamericanos reunieron desde el exterior”.
La preocupación de agentes y, sobre todo, de funcionarios encargados de la gobernabilidad era la de atenuar posibles acciones del exilio que tuviesen alguna incidencia, o que comprometieran a altos funcionarios de visita oficial. La represión ejercida a los exilios no sólo provino de los gobiernos militares de origen, sino que la violencia se desdoblaba en una comunicación entre departamentos migratorios, oficinas del Servicio Exterior y departamentos de policía. La exteriorización de la persecución política iba más allá de las fronteras y su objetivo radicaba en bloquear, disminuir, impedir e incluso exterminar las acciones o actividades que pudiesen despertar opiniones contrarias a los regímenes dictatoriales en los países de asilo, como resultó con México.