El organillero: memoria y paisaje sonoro de México
Las melodías del organillo parecen consustanciales al paisaje dominical de un parque público. Es un sonido tradicional mexicano de cuyo origen se conoce poco y sus hacedores, humildes trabajadores callejeros, se recuerdan aún menos. Aquí un breve pero merecido homenaje.
Más allá de la historia que se aprende en la escuela hay otro registro en el que nos descubrimos trenza de pluralidad y tejido identitario con sólo nombrarlo. Ésa es la memoria. Está ahí con cada gesto cotidiano, en el recuerdo de lo que se siente y comparte con otros. Los sonidos de la cotidianidad son esenciales para reconstruir dicho tejido de la nacionalidad un domingo a mediodía, paseando con la familia, por ejemplo. Tal postal nos retrata en la plaza, una alameda con su kiosco, independientemente de la localidad donde crecimos, y ese fragmento de nuestra remembranza y evocación del pasado reciente, suena. Se tiene la impresión de que ahí hubo siempre un cilindrero haciendo sonar su organillo.
En 1853, en Veracruz, desembarcaron August Wagner y Wilhelm Levien para comercializar instrumentos musicales en nuestro país. Vendían pianos para gente adinerada, escuelas y teatros, así como cuerdas y vientos para orquestas municipales, bandas de pueblo y ceremonial militar. Además de surtir a todos con manuales teóricos y partituras, también importaron, asociados con la casa Frati de Berlín, organillos: voluminosas cajas de madera que al accionarse su manivela hacían funcionar el cilindro con puntas metálicas en su interior y cuyo giro sobre flautas producía el sonido de las notas. Hasta ocho canciones podía tocar cada aparato. Sabían que la mayoría de las personas no podían pagar un piano, ni asistir a conciertos, así que idearon un esquema de negocios para los organillos: prestarles el artilugio y cobrar una renta diaria. De esta manera, daban empleo informal, y el cilindrero que pedía una moneda a los paseantes conseguía el importe del alquiler y alguna ganancia.