José Paulino de Jesús Rolón Alcaráz: músico ineludible puente entre generaciones
Jesús Rolón fue un artista mexicano cuya obra trazó un arco entre el regionalismo del Porfiriato, supo música desde la infancia, y la vanguardia cosmopolita de principios de siglo xx en Europa. Para 1905 se encuentra en Francia desarrollando su aptitud como compositor con figuras de la talla de André Gedalge, Moritz Moszkowski y Paul Dukas. Al volver a México en 1907 su aportación fue sobre todo en las entidades que enseñan música. Rolón asume la titánica tarea de instaurar la Orquesta Sinfónica de Guadalajara en 1915, y un año después una Escuela Normal estructurada desde la docencia musical.
Rolón fue organista de la catedral de Guadalajara, pero pronto dejo ese sitio y abrió para sí un panorama mucho más extenso; estuvo entre los alumnos Paul Dukas junto a Manuel M. Ponce, la otra figura esencial de la música mexicana en el cambio de siglo. De Nadia Boulanger aprendió armonía y su labor docente en ese mismo sentido, ya en México, fue fundamental. Director de orquesta y profesor de música desarrolló una vertiente nacionalista en sus composiciones que poco se parece a la estética prevalente y cuyos campeones entonces eran José Pablo Moncayo y Blas Galindo. Ejemplo de ello son sus Danzas indígenas jaliscienses de 1930, aunque no abandonó un lenguaje moderno finisecular como en Trois melodies pour chant et piano (1929). Ese mismo año compuso Cuauhtémoc y remite la pieza al primer concurso de música sinfónica organizado por la Orquesta Sinfónica de México. Ganó aquel certamen cuyo jurado encabezaron Silvestre Revueltas y Carlos Chávez. A partir de entonces aquella música tendría frecuentes puestas en escena en el Palacio de Bellas Artes, donde Carlos Chávez dirigió y estrenó varias de sus obras para presidentes como Lázaro Cárdenas, quien lo nombra director del Conservatorio Nacional de Música en 1938, y Manuel Ávila Camacho, quien lo ratifica. Amigo entonces de los fundadores del Instituto Nacional de Bellas Artes, emula a Chávez y de Celestino Gorostiza toma el consejo de leer poesía mexicana para musicalizar versos de Amado Nervo, Enrique González Martínez, Salvador Novo, Carlos Pellicer, Xavier Villaurrutia y el otro Gorostiza.
El músico introdujo además, desde el escenario aparentemente provincial del occidente mexicano, a compositores como Darius Milhaud y Edgar Varèse. Murió en el otoño de 1945 en la Ciudad de México.