Escudo “chimalli” de Ahuízotl

 
 

Institución: Museo Etnológico de Viena

El castillo de Ambras en Innsbruck, Austria, albergó la armería y las colecciones de arte del emperador Maximiliano I, reunidas entre 1508 y 1519. Ahí estuvo el llamado "penacho de Moctezuma" durante 200 años. El chimalli se lista entre los objetos del archiduque Ferdinando II, a partir de 1529; la fecha de acceso al acervo del Museo de Etnología de Viena, donde hoy se exhibe este escudo, es el año de 1891. Esta pieza tiene 69 centímetros de diámetro y pesa casi un kilogramo. Se trata de un arma defensiva, propia del ejército tenochca, aunque dada su factura está claro que no fue pensada para la batalla. Esta rodela es una de cuatro que sobreviven en el mundo, aunque se sabe que hacia 1525 al menos 180 habían sido llevadas como obsequio o tesoro a Europa.

Un chimalli se fabrica a partir de dos esteras envaradas con otate y unidas por fibras de agave, que luego se refuerzan con tiras de piel de venado y amarres diversos para la empuñadura y abrazaderas. Nuestro escudo describe a una criatura similar a un lobo o un coyote, de pelaje oscuro, que habita en ríos o lagos.

 

Entre los regalos que llegaron a Europa en 1520 para Carlos I se incluyeron dos escudos de plumas muy coloridos. La Armería Real de Bruselas y el Museo Etnográfico de Berlín conservan otros dos ejemplos prehispánicos o contemporáneos a la empresa punitiva de Hernán Cortés. En el Códice Mendoza y la llamada Matrícula de Tributos pueden verse dibujos de ejemplares de plumaria similares. Según aquellas fuentes del siglo xvi los talleres de los plumajeros de la Triple Alianza se ubicaban en Azcapotzalco, justamente en el barrio de Amatlán, que hoy se conoce como San Miguel Amantla o San Miguel Ahuexotla. Los especialistas que trabajaban las plumas de pájaro para decorar estos objetos recibían el nombre de “amanteca”. Fray Bernardino de Sahagún escribió una descripción más completa de ese oficio en su Historia general de las cosas de la Nueva España.

 

Para la conservación de un chimalli, o cualquier arte plumaria, los cuidados que han de seguirse se llevan a cabo sin alterar el objeto, y su restauración parte de la premisa de que se detiene el deterioro y se interviene buscando la integridad del mismo, pero admitiendo que la degradación bioquímica de la pluma hace de su eventual desintegración un proceso irreversible. El profesional encargado de su cuidado debe conocer ornitología comparada, hacer aplicaciones de queratina, dominar las condiciones del amate o tela de soporte y saber cómo retardar el avance de la fotólisis, es decir, la acción destructiva de la luz sobre las proteínas de la pluma.

 

Material de apoyo:

Moreno Guzmán, María Olvido, “La omnipresente plumaria en las relaciones de Hernán Cortés”, en Noticonquista. Disponible aqui.

Russo, Alessandra, Wolf Gerhard y Diane Fane (coords.), Images take flight: Feather art in Mexico and Europe, Hirmer, Múnich, 2014.

 

Institución: Museo Etnológico de Viena

El castillo de Ambras en Innsbruck, Austria, albergó la armería y las colecciones de arte del emperador Maximiliano I, reunidas entre 1508 y 1519. Ahí estuvo el llamado "penacho de Moctezuma" durante 200 años. El chimalli se lista entre los objetos del archiduque Ferdinando II, a partir de 1529; la fecha de acceso al acervo del Museo de Etnología de Viena, donde hoy se exhibe este escudo, es el año de 1891. Esta pieza tiene 69 centímetros de diámetro y pesa casi un kilogramo. Se trata de un arma defensiva, propia del ejército tenochca, aunque dada su factura está claro que no fue pensada para la batalla. Esta rodela es una de cuatro que sobreviven en el mundo, aunque se sabe que hacia 1525 al menos 180 habían sido llevadas como obsequio o tesoro a Europa.

Un chimalli se fabrica a partir de dos esteras envaradas con otate y unidas por fibras de agave, que luego se refuerzan con tiras de piel de venado y amarres diversos para la empuñadura y abrazaderas. Nuestro escudo describe a una criatura similar a un lobo o un coyote, de pelaje oscuro, que habita en ríos o lagos.

Entre los regalos que llegaron a Europa en 1520 para Carlos I se incluyeron dos escudos de plumas muy coloridos. La Armería Real de Bruselas y el Museo Etnográfico de Berlín conservan otros dos ejemplos prehispánicos o contemporáneos a la empresa punitiva de Hernán Cortés. En el Códice Mendoza y la llamada Matrícula de Tributos pueden verse dibujos de ejemplares de plumaria similares. Según aquellas fuentes del siglo xvi los talleres de los plumajeros de la Triple Alianza se ubicaban en Azcapotzalco, justamente en el barrio de Amatlán, que hoy se conoce como San Miguel Amantla o San Miguel Ahuexotla. Los especialistas que trabajaban las plumas de pájaro para decorar estos objetos recibían el nombre de “amanteca”. Fray Bernardino de Sahagún escribió una descripción más completa de ese oficio en su Historia general de las cosas de la Nueva España.

Para la conservación de un chimalli, o cualquier arte plumaria, los cuidados que han de seguirse se llevan a cabo sin alterar el objeto, y su restauración parte de la premisa de que se detiene el deterioro y se interviene buscando la integridad del mismo, pero admitiendo que la degradación bioquímica de la pluma hace de su eventual desintegración un proceso irreversible. El profesional encargado de su cuidado debe conocer ornitología comparada, hacer aplicaciones de queratina, dominar las condiciones del amate o tela de soporte y saber cómo retardar el avance de la fotólisis, es decir, la acción destructiva de la luz sobre las proteínas de la pluma.

Material de apoyo:

Moreno Guzmán, María Olvido, “La omnipresente plumaria en las relaciones de Hernán Cortés”, en Noticonquista. Disponible aqui.

Russo, Alessandra, Wolf Gerhard y Diane Fane (coords.), Images take flight: Feather art in Mexico and Europe, Hirmer, Múnich, 2014.

 

 

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