Dedicado a Beatriz Gutiérrez Müller por sus aportaciones a los
estudios del maderismo en México y otras latitudes.
Cuando hablamos de libertad o de
procesos libertarios en la historia de México, frecuentemente
recurrimos a las imágenes de levantamientos, revueltas y
revoluciones. Lo anterior no es ajeno a los métodos y a las formas
militares en que los movimientos sociales y sus líderes consiguieron
dar curso a sus demandas y a sus aspiraciones en el campo
sociopolítico. También ha habido movimientos que han perseguido sus
deseos progresistas a través de las ideas, de la representación
política y del pacto social. Son menos aquellos que consiguieron
exponer sus postulados e impulsar transformaciones significativas a
partir de los códigos de ética y de conceptos filosóficos y
personales que pudieran convertirse en convenios sociales. Uno de
esos esfuerzos fue el que Francisco I. Madero, después del
movimiento antirreeleccionista, emprendió y acompañó desde una
militancia centrada en la paz y en el cambio colectivo, ápices de su
programa de gobierno cuando se convirtió en Presidente de la
República en 1911 en medio del estallido revolucionario.
En el programa maderista se deslizó un movimiento enérgico y universalista: el espírita, poco conocido por el público en general y raramente citado por los especialistas de la Revolución mexicana, quienes siempre lo encontraron separado de las acciones políticas. La militancia espírita se recuperó en estudios recientes, donde se han presentado hallazgos e importantes vínculos con el espiritismo internacional, como una doctrina moderna que asoció las ideas humanistas y liberales con algunos preceptos filosóficos y religiosos, tales como el amor, la paz universal y la moral, así como una esfera abierta y muy sensible a los descubrimientos y experimentos científicos en torno a los fenómenos físicos, químicos y metafísicos para perseguir un progreso social y universal.