El exilio y el desarraigo

Desde el primer día la dictadura militar empezó a poner en práctica de manera estricta la Doctrina de Seguridad Nacional, considerando a miles de chilenos y chilenas como enemigos internos, peligrosos, marxistas o terroristas únicamente por ser sus opositores. El exilio y el desarraigo de miles de ciudadanos se convirtieron en una estrategia más del régimen para violar de forma sistemática los Derechos Humanos y llevar a cabo su llamada “Operación Limpieza” en todo el territorio nacional.

De esta manera dio inicio la migración política más grande que ha tenido Chile en su historia, y que, a pesar de verse forzados a dejar sus vidas, los exiliados tuvieron la fortuna de encontrar la solidaridad internacional debido al repudio por las graves violaciones a los Derechos Humanos que ahí ocurrían. Cerca de 200 mil chilenos* salieron de su patria, algunos exiliados de manera forzada, otros huyendo de la persecución. Aunque muchos salieron por vía aérea unos más escaparon por tierra cruzando transitoriamente las fronteras de Chile hacia los países vecinos para luego obtener algún tipo de asilo o beneficio legal migratorio con otras naciones.

La diversidad de escenarios políticos mundiales obligó a los exiliados chilenos a adaptarse y comprender realidades tan complejas y diferentes como, entre otras, las de Francia, Suecia, Alemania, Noruega y, por supuesto, México.*

El exilio implica múltiples consecuencias para quienes lo padecen. En lo inmediato es la pérdida del hogar, la familia, los amigos y la cultura, lo que genera un proceso de duelo que dificulta la integración en la nueva sociedad. La obligada adaptación al entorno, la incertidumbre y la nostalgia pueden ocasionar aislamiento social, conflictos y dudas sobre la propia identidad, e incluso provocar problemas de salud mental.

En el exilio los individuos deben reconstruir su identidad y su sentido de pertenencia en un nuevo contexto. Es un proceso largo y que ciertamente se transforma en una condena que no es fácil de sobrellevar. Todo esto sin dejar de considerar que en algunos casos la violencia, las torturas o la persecución pueden haber dejado otro tipo de secuelas psicológicas mucho más graves y duraderas que afectarán a todo el entorno social del expatriado.