La canción política y la música tradicional local y latinoamericana acompañaron procesos de lucha en aquellos años, especialmente en torno a 1968, desde la célebre participación de Óscar Chávez, pasando por figuras como Judith Reyes, Amparo Ochoa y José de Molina, que se desarrollaron en más de una década para musicalizar la emotividad popular por transformar la realidad social y política.
Aquella música recogió los sentimientos y aspiraciones populares a través de sus tradiciones musicales y las devolvió con un sentido político de trascendencia, de anhelo de transformación de lo vigente, lo que se expresó en la actividad de Los Folkloristas, El Machete o Gabino Palomares, entre otros, que permitieron imaginar musicalmente comunidades políticas alternativas.
La dimensión latinoamericana estuvo vinculada con el nuevo movimiento de canción política que respaldó los grandes procesos de transformación como la Revolución cubana, la Unidad Popular chilena o la Revolución nicaragüense, por decir lo menos. Así, se encontraron en los eventos políticos las voces de Anthar y Margarita, la Agrupación Víctor Jara o Carlos Mejía Godoy y Los de Palacagüina, entre otros tantos.
Frente al avance represivo del régimen autoritario y de las dictaduras en el continente, la música alimentó la esperanza activa frente al horror con la perspectiva de un futuro promisorio, para cantar la sobrevida, con la canción para atravesar la noche en busca de un nuevo amanecer, tal como pregonó la “Canción Nueva” de Daniel Viglietti:
Cuánto me cuesta esta nueva canción,
de la derrota crear primavera
en estas noches de ojos sin sueño,
en estos sueños de noches sin ojos
en que los buitres enormes abusan
de las parciales heridas del pueblo.
Vamos haciendo la nueva canción,
de la derrota crear primavera.