La vigilancia, persecución y represión de las manifestaciones musicales estuvo vinculada con la construcción de la imagen de un sujeto peligroso por parte del régimen autoritario. En esa época, los movimientos sociales y políticos independientes, de carácter progresista, fueron identificados como la amenaza principal, particularmente aquellos posicionados en el horizonte político socialista, en el marco del anticomunismo propio de la Guerra Fría.
Sin embargo, también se extendió a diversas expresiones de la contracultura que se desarrolló a lo largo y ancho del mundo. Estas prácticas culturales disruptivas rechazaron las culturas, certezas, valores y costumbres dominantes en torno al sistema económico y social, el patriarcado, el racismo, el imperialismo, la familia, el matrimonio, en la búsqueda de un sentido vital trascendente, lleno de libertades expresadas en la liberación sexual, el uso ritual de drogas, la poesía beat, la literatura de la Onda, la teología de la liberación, múltiples expresiones marxistas, existencialismo hippies internacionales y locales, comunas, rock, canción folclórica y revolucionaria, en una amplia experimentación.
La construcción del estigma se alimentó de la producción de documentación del aparato de Inteligencia que circuló de manera interna en el gobierno, amplificado por la prensa, de manera particular a partir del desafío político del movimiento de 1968. El joven politizado, sus formas de organización, participación, reunión y prácticas culturales fueron identificadas como una amenaza entre informes y fotografías con etiquetas discriminatorias. Las contradicciones de sus prácticas fueron utilizadas para el descrédito y despolitización pública, construyendo la idea de inmadurez juvenil.