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La politización y la masificación de la contracultura, tanto como su carácter irreverente, convergieron con los planteamientos políticos de la izquierda por la democracia y fungieron como espacios de protesta encubierta y relativamente abierta. Durante el Festival de Avándaro se documentaron actividades políticas de brigadas estudiantiles y actos diversos de protesta contra el régimen autoritario, que había dado una nueva muestra de su carácter represivo el 10 de junio de 1971.

Bajo las posibilidades que brindaban estos espacios abiertos para la disensión y el rechazo al orden establecido, los festivales musicales fueron ámbitos de disputa en distintos momentos por parte de las juventudes progresistas y contraculturales, y por parte del régimen autoritario. Lo anterior pasando por las protestas ante la supresión del Festival de Música Pop y Rock and Roll para la noche del 22 de octubre de 1971, así como por los intentos de control estrecho en el Festival de Cuernavaca y de Querétaro en 1973, hasta la supresión absoluta ante el intento de organización de un festival de rock en torno a la presa de Valsequillo, en Puebla, en 1974.

La descalificación a través de los medios de comunicación, predominantemente controlados por el régimen autoritario, acentuó las tensiones y contradicciones que existieron en la contracultura. La represión se alimentó del paternalismo que construyó el estigma a una juventud irracional, inmadura y desenfrenada, lo que se acentuó en el marco de la descomposición de la contracultura, su despolitización y retraimiento a espacios clandestinos en los bodegones popularmente conocidos como hoyos funkies.