La rebeldía contracultural y política convergieron en el último lustro de la década de 1960 en el antiautoritarismo y la defensa de libertades políticas, por lo que también fueron objeto de vigilancia y represión. En el marco de la represión gubernamental, los festivales fueron un espacio de disputa entre los esfuerzos gubernamentales de cooptación y la lucha por las libertades democráticas.
El Festival de Rock y Ruedas de Avándaro, realizado los días 11 y 12 de septiembre de 1971, conjugó en un solo sitio múltiples fenómenos canalizados fundamentalmente por el ascenso de los conjuntos musicales contraculturales y los intereses empresariales locales. Esto debido a que la música folclórica, revolucionaria y la del movimiento musical conocido como La Onda Chicana canalizaron las demandas juveniles como espacios de reproducción de identidades culturales alternativas.
En la ocasión se implementaron los mecanismos de vigilancia, control y mediatización gubernamentales, con la disposición de agentes infiltrados que produjeron informes y fotografías. Pero también fueron momentos que permitieron expresarse a la multiplicidad de prácticas juveniles: actividades políticas y esfuerzos de protesta, comunitarismo, naturismo, meditación, jipismo, uso ritual y no ritual de drogas y la resignificación de los símbolos nacionalistas en el marco de la contracultura global, entre otras. Todo lo anterior se expresó en una manifestación pública masiva sólo equiparable a las grandes movilizaciones populares de 1968.