Nellie Campobello es, sin duda, uno de los personajes más sobresalientes en la historia artística y cultural del siglo xx mexicano. Sus contribuciones a la literatura y a la danza del país son los elementos más visibles de su importancia; sin embargo, también es digno de tomarse en cuenta la manera en que se distinguió en estos medios a pesar de las trabas impuestas a causa de su género.

Destacada como bailarina, porque ése era un rol adecuado para una mujer, se le silenció como escritora al introducirse en un campo estrictamente destinado para los hombres: la literatura sobre la Revolución. A pesar de ello, hoy se reconoce que Cartucho es una de las novelas que mejor retrata y sensibiliza al lector ante el proceso armado iniciado en noviembre de 1910. Pero más allá de su trayectoria, Nellie Campobello fue una mujer que vivió su vida como mejor le pareció, sin sentir la carga social y moral que se le imponía en su época. Sin prejuicios y segura de sí misma, permaneció en escena durante varias décadas como parte del nacionalismo cultural del México posrevolucionario, mismo que comenzó a darle la espalda una vez que los cambios en el discurso oficial llegaron al Instituto Nacional de Bellas Artes (inba), a finales de los años setenta.

Con esta exposición, Memórica. México haz memoria, conmemora el 120 aniversario del nacimiento de una de las más destacadas sensibilidades artísticas del país.

Nellie Campobello siempre se reconoció como escritora. Su desarrollo en la danza, según su propio testimonio, había sido simple casualidad. Lo suyo eran las letras. Su primer publicación fue el libro titulado Yo! Versos, por Francisca (1929), una colección de poemas llenos de imágenes que evocan la fuerza por vivir, por crecer, y el amor que sentía por la naturaleza.

Sin embargo, en un tiempo en el que las mujeres en México no solían dedicarse a la escritura, el hecho de que ella lo hiciera y, sobre todo, que escribiera prosa sobre los aspectos más bárbaros de la Revolución no fue del agrado de la sociedad letrada de entonces. De esta manera, Cartucho (1931), su novela con temática revolucionaria y considerada actualmente lo más destacado de su producción literaria, careció de todo reconocimiento en su época.

Lo contrario sucedió con su siguiente publicación, Las manos de Mamá (1937), cuyo contenido se juzgó más apropiado para ser elaborado por una mujer, por lo que recibió elogios de personajes como Ermilo Abreu Gómez, Francisco Monterde, José Juan Tablada o Martín Luis Guzmán.

Campobello siempre se preocupó por reivindicar la figura del Centauro del Norte, Pancho Villa, a través de sus escritos. Este objetivo estuvo presente tanto en Cartucho como en sus Apuntes sobre la vida militar de Francisco Villa (1940). Esto le sumó más cuestionamientos desde el punto de vista profesional, y también desde el personal, por lo que tuvo que nadar a contracorriente para defender su trabajo ante las críticas y el juicio de aquellos que sólo la consideraban una mujer ruda y montaraz. A pesar de sus intentos y del apoyo que obtuvo de algunos amigos en la Ciudad de México, la carrera literaria de Nellie Campobello no se consolidaría por completo. Sabía que peleaba una dura batalla contra la intolerancia y la discriminación que sería imposible ganar. Escribiría algunos poemas sueltos y una obra sobre las danzas tradicionales mexicanas junto con su hermana Gloria, pero ninguna con el entusiasmo y la dedicación con los que elaboró sus primeros trabajos sobre la Revolución mexicana.

Aceptando su derrota en el ámbito de las letras, Nellie Campobello se vio obligada a dejar su verdadera vocación a un lado para dedicarse por completo a la danza, actividad a la que se consagraría por el resto de su vida. Por ello, la importancia de destacar en esta exposición los méritos literarios de una mujer que vino del norte, una escritora poco común que desafió a la sociedad capitalina con su comportamiento y sus letras, y que dejó el testimonio agresivo, desde el punto de vista femenino, de una lucha armada que no sólo se vivió en los campos de batalla, sino que se reflejó también en los terrenos artístico y cultural. La obra de Campobello toca aún hoy las fibras más sensibles de los lectores, conmoviendo a grandes y chicos con su franqueza, sus personajes inolvidables y su sensibilidad artística sin igual.

Cartucho. Relatos de la lucha en el norte de México, es la obra más conocida de Nellie Campobello. Fue editada por primera vez en 1931 y, a diferencia de otras novelas ubicadas en la época de la Revolución que transcurren en la ciudad, en ésta se presenta el escenario rural, norteño y polvoriento de la sierra de Durango y Chihuahua. Una característica sobresaliente que también distingue a este texto es la narración, que recae en una niña pequeña, que describe de manera honesta y sin tapujos la violencia que se desarrolla a su alrededor. Sus ojos lo perciben todo como un juego: hombres que se divierten con sus caballos, que hacen travesuras; risas y momentos de broma se mezclan con escenas trágicas de fusilamientos, vísceras y personas que van a la guerra y nunca regresan a casa.

“Parecía que jugaban sobre sus caballos. Corrían por las plazas, iban a los cerros, gritaban y se reían […]” (Cartucho, p. 155).

Así se veían las calles del norte de México durante el conflicto revolucionario. Nellie Campobello decidió situar su novela Cartucho en la calle Segunda del Rayo, en Parral, Chihuahua, lugar que se convertiría en el escenario principal de esta obra. En ella se localiza la casa de la narradora, quien, muchas veces y desde el balcón de su casa, es testigo de vista o de oído de lo que pasa en esos tiempos convulsos.

En los relatos que forman Cartucho la muerte aparece como algo natural. Los mismos soldados que asesinan son quienes toman en brazos a la pequeña protagonista y le regalan dulces. Ella presencia fusilamientos y ve cómo los ahorcados se balancean en los árboles. Las tripas de los muertos le parecen sonrosadas y bonitas, asiste a juicios sumarios y describe este escenario simplemente como parte de su cotidianidad. Las escenas que refiere Nellie son directas, brutales, estremecedoras y, sin embargo, en su lenguaje crudo, de carne y de sangre derramadas, se advierte la terrible inocencia de los niños.

La obra de Nellie Campobello resalta la belleza de los revolucionarios que, en medio de la suciedad, del sonido de las balas, exhiben sus accesorios, sus botones de oro y plata, e incluso sus armas, como si estuvieran en una fiesta de gala. En un momento de la narración, la autora compara a un hombre que se prepara para ser fusilado con el que se alista para salir en una foto, como los hombres que posan para esta imagen. A diferencia de otros escritores de la Revolución, Nellie nunca la critica, sino que la alaba, la justifica y resalta su razón de ser en sus obras. Campobello vivió el conflicto armado cara a cara; fue parte de él en su tierra natal, y de esta manera lo plasma en sus relatos.

Como hemos comentado, en la obra de Nellie Campobello la guerra está relacionada con la risa y asociada con la niñez. La narradora logra transmitir la visión de este suceso como un juego al convertir a los soldados en niños y al calificar sus actos como “travesuras”, palabra que aparece varias veces a lo largo de sus relatos, comparando su comportamiento con las acciones ingeniosas y revoltosas de los infantes. La brutalidad de las escenas, el horror y el dolor de la Revolución no impiden que los soldados se rían constantemente. La mayor crueldad y la muerte de los otros provocan una carcajada espontánea y alegre.

En la obra de Nellie Campobello la presencia de las mujeres es fundamental. Se considera que con sus relatos inauguró una forma de narrar y un contenido no abordado antes por ninguna escritora. Rompió con las estructuras empleadas hasta ese momento por la escritura tradicional femenina que se arrastraba desde el siglo xix. Sus personajes no sólo serán las clásicas “Adelitas” que todos conocemos; son madres que cuidan de sus hijos al calor de la contienda; son jóvenes que andan de novias con algún villista de la tropa; son las hijas que ven partir a sus hermanos y presencian sus fusilamientos. Son personas comunes y, al mismo tiempo, extraordinarias para la autora.

En su libro Las manos de Mamá la protagonista es la propia madre de Nellie, Rafaela Luna, por lo que en él se desbordan los sentimientos de la autora hacia su progenitora, a quien retrata como una mujer fuerte, una viuda villista capaz de hacer cualquier cosa por sus hijos. Su familia y su niñez vuelven a tomar el mando de la narración. Su madre es una heroína que así como cose en su máquina para mantener a los hijos, corre a salvar a la gente y regresa para tejer tapados o remendar puños de camisa de los uniformes escolares. Nellie trenza verdad y ficción en sus relatos y atribuye a la figura materna el rol del jefe de familia así como la capacidad de jugar y de reír a pesar de las circunstancias.

Tanto en Cartucho como en Las manos de Mamá Nellie plasma la figura de Francisco Villa como una de las más destacadas de sus relatos. En ellos no aparece el bravo general al mando de la División del Norte, que todos conocemos, sino un hombre vulnerable y preocupado; lo sensibiliza y nos lo entrega más real y terreno. Sus encuentros y desencuentros con la población aparecen como una constante y se advierte el apoyo de la comunidad y, al mismo tiempo, su temor hacia él. El mostrar abiertamente su admiración hacia el Centauro del Norte, en una época en la que éste no era un héroe popular sino un bandido menospreciado por la oficialidad, perjudicó su imagen como escritora, pero ella nunca dejó de defenderlo, al contrario, esto la animó a elaborar sus Apuntes sobre la vida militar de Francisco Villa.

Nellie cuenta que quien le habló de Villa por primera vez fue su viuda: Austreberta Rentería de Villa, quien le permitió acceder al archivo de su difunto esposo. Campobello asistió todos los días, durante una larga temporada, a la calle de Abraham González número 31 en la Ciudad de México para leer y revisar con cuidado los documentos, gracias a lo cual pudo escribir sus apuntes. Se entrevistó también con algunos de los “Dorados”, quienes le proporcionaron información valiosa sobre el general, y hasta se trasladó a lugares de la república donde se llevaron a cabo las batallas descritas en su libro. Así, con verdadera devoción, dedicó muchas horas de investigación para escribir esta obra en la que defiende con entusiasmo a Pancho Villa, su héroe e ídolo, y a sus tropas.

La narrativa de Nellie Campobello innovó de muchas maneras la literatura mexicana de la primera mitad del siglo, aunque quizá no se pudo percibir en su momento. Vulneró los roles de género en sus relatos; mostró la fuerza y la tenacidad de una madre pero también a un Pancho Villa que derrama lágrimas. Soldados que queman casas y roban mujeres, se enternecen ante una bebé a la que abrazan y llenan de besos. Nellie concede estas muestras de ternura no sólo a los partidarios villistas, a quienes la autora deseaba reivindicar, sino a sus enemigos carrancistas, causantes de casi todas las muertes en sus libros. Parte del valor de los textos de Campobello viene precisamente de esa transgresión de géneros, de ser en vida y obra más adelantada a los tiempos que le tocaron vivir.

La carrera como bailarinas de Nellie y de Gloria Campobello inició en 1925. Se dice que quien realmente quería practicar danza era la hermana menor y Nellie, para no esperar a que Gloria saliera de sus clases, decidió un día entrar con ella. Estudiaron con varias maestras en la Ciudad de México, pero la estadunidense Lettie Carroll logró desarrollar su potencial y fue gracias a ella que debutaron en 1927 como parte del Ballet Carroll.

Para 1930, ya con una sólida presencia escénica, las hermanas, a pesar de tener la oportunidad de comercializar su actividad en teatros de México y del extranjero, decidieron aceptar un puesto en la Secretaría de Educación Pública (sep). El subsecretario de entonces, Carlos Trejo Lerdo de Tejada, las invitó a presentarse en colonias y escuelas populares, así como a contribuir en actos oficiales o políticos y crear espectáculos escolares para llevarlos a los estadios.

En 1932 se creó la Escuela de Danza dependiente del Departamento de Bellas Artes. Carlos Mérida fue nombrado director y Nellie su ayudante. Casi al mismo tiempo, ella decide hacer viajes de investigación a distintos puntos de la república para documentar los bailes tradicionales mexicanos, mismos que incorporaría tanto en su trabajo de la (sep) como en el de docente; en 1937 es elegida como directora de esa institución, cargo en el cual se mantendría hasta 1984.

Para 1941 la labor docente de Nellie y de Gloria Campobello en esa institución académica había logrado ya cosechar un grupo de alumnos de alto nivel como bailarines. Varios de ellos emigraron hacia compañías dancísticas que les permitían ampliar su desarrollo profesional. Durante esa misma década también surgió la idea de crear su propia compañía de danza, lo cual conseguirían en 1943, año en que se funda el Ballet de la Ciudad de México. Fue en esos momentos cuando Nellie decidiría dedicarse sólo a la coreografía y a la docencia y Gloria se convertiría en la primera ballerina del país.

Cuando Nellie ya cumplía alrededor de 40 años como directora de la escuela, en 1977, el inba le pidió que abandonara el cargo, pero ella se negó a aceptar. El apoyo de su comunidad dancística logró que las autoridades desistieran de removerla de su puesto. Tiempo después la escuela cambiaría su nombre a Escuela Nacional de Danza Nellie y Gloria Campobello, como lo conserva en la actualidad, lugar en el que pasaría sus últimos momentos, antes de su desaparición en la década de los ochenta.

Se cuenta que la maestra Lettie Carroll era una señora alta, de tobillos delgados, que marcaba el ritmo golpeando con un palo de escoba en el suelo. Miss Carroll incluyó a las hermanas Campobello en el Ballet Carroll Classique, integrado en su mayoría por jóvenes estadunidenses. En esta compañía, Nellie apareció como “Un joven favorito” en Una fantasía oriental, presentada en el Teatro Iris. En el Cine Olimpia fue uno de los marineros del bailable sincopado Sobre las olas. En el Teatro Regis interpretó a Pan en Una fantasía bucólica; a la Intolerancia en el Ballet futurista; y a un boxeador en la puesta en escena Knock-out. Llama la atención su interpretación de personajes masculinos, mismos que continuaría representando durante toda su carrera.

Ballet Carroll. Sobre las olas. 1927. Al extremo derecho Nellie Campobello. (p.5)

Cuando las hermanas Campobello fueron invitadas a trabajar en la Secretaría de Educación Pública en los años treinta, las expresiones artísticas y culturales oficiales se encontraban insertas en el contexto nacionalista que dominaba el periodo de la posrevolución. De allí la importancia de estudiar los bailes tradicionales regionales y el interés por mostrarlos tanto en los grandes escenarios como a escalas menores, en las escuelas y barrios de las ciudades. En estas puestas en escena, el vestuario y los accesorios utilizados para recrear las danzas desarrolladas por los pueblos en cada rincón del país eran relevantes pues cumplían con una función didáctica.

Nellie y Gloria en El Jarabe, 1930 (p.34).

En una entrevista, Nellie Campobello declaró:

Amar al pueblo no es sólo gritar con él en fiestas patrias ni hacer gala de hombría besando una calavera de azúcar, ni rayar un caballo, ni deglutir de un sorbo media botella de tequila. Amar a nuestro pueblo es enseñarle el abecedario, orientarlo hacia las cosas bellas, […] hacia el respeto a la vida, a su propia vida y, claro está, a la vida de los demás: enseñarle cuáles son sus derechos y cómo conquistar estos derechos.

La danza para Nellie debía ayudar también al pueblo y ser un mecanismo de instrucción; entre más personas tuvieran acceso a este tipo de manifestaciones estarían mejor preparadas para vivir en el México emanado de la Revolución. Por ello las presentaciones al aire libre eran recurrentes.

Nellie Campobello en una escuela en los años treinta. (p.11)

A finales de 1931 y como una de sus encomiendas iniciales por parte de la sep, Nellie produjo su primera obra coreográfica para un “ballet de masas”: el Ballet 30-30. Con música de Francisco Domínguez y temática revolucionaria, Nellie escenificó de manera simbólica el proceso armado gracias a la intervención de cientos de bailarines que representaban a obreros y campesinos dispuestos a la lucha. El Ballet 30-30 se puso en escena varias veces más a lo largo de la vida de su creadora, pero fue en 1935 cuando tuvo una de sus presentaciones más significativas al llevarse a cabo en el Estadio Nacional como parte de los festejos a los soldados en su día y teniendo como invitado de honor al presidente Lázaro Cárdenas. Fue tal el éxito, que el mandatario le solicitó que recorriera el país presentando su obra.

Nellie Campobello danzando en un estadio (p.13.)

Nellie y Gloria Campobello cambiaron la manera de hacer danza en México gracias a la forma en la que incorporaron su visión sobre la cultura y el arte posrevolucionario a esta actividad. En sus puestas en escena mezclaban distintas disciplinas para lograr un impacto mayor en los espectadores. La integración de la música, la pintura y el baile casi llevado a los límites teatrales nunca se había visto en nuestro país. De esta manera, los ballets La virgen de las fieras, Barricadas, Clarín, Binigüendas de plata y Tierra consagraron a las hermanas, quienes además crearon ambiciosas coreografías folclóricas como Cinco pasos de danza o pasos de danza ritual; Danza de los malinches; El coconito; Bailes istmeños; Ballet tarahumara y Danza de concheros.

Nellie y Gloria Campobello en los años treinta. (p.2)

Nellie contribuyó a la formación de muchas generaciones de bailarines, que con el tiempo destacarían en la escena nacional, como Guillermina Bravo, Amalia Hernández, Josefina Lavalle, Dina Torregrosa, Ana Mérida, Roberto Ximénez, Martha Bracho, Manolo Vargas y muchos otros, todos ellos egresados de su institución, y quienes después fundarían nuevas compañías o se convertirían en primeros bailarines. Su papel como educadora fue distinguido al igual que su cargo como directora de la Escuela Nacional de Danza, en donde a pesar de su formalidad y rudeza para tratar a sus pupilos, también se percibía su interés personal y su afán por fomentar en ellos las disciplinas literaria e histórica. Nellie pasaría en su academia los siguientes 40 años.

Nellie Campobello (p.19).

Los años cincuenta y sesenta son para Nellie de dedicación completa a su escuela que, además de bailarines, formaba también maestros de danza. Entre 1951 y 1971 todos los grupos graduados se presentaron en el Palacio de Bellas Artes como parte de sus actividades finales. Para esos años, la carrera estaba mucho más estructurada y después de la iniciación infantil, pasaban alrededor de 10 años de estudios para que un alumno se graduara. Además de las materias propias de esta disciplina, llevaban también francés aplicado, apreciación musical, rítmica musical, estética, historia de la danza e historia del arte, entre otras. Nellie era una figura consagrada, admirada y homenajeada.

Gloria Campobello murió en 1968. Nellie tuvo que seguir su camino ya sin su incondicional compañera. Las cosas comenzaron a complicarse a finales de la década de los setenta, cuando el INBA quiso destituirla del cargo en el que había servido por 40 años. Las reacciones no se hicieron esperar y, gracias al apoyo que recibió, logró mantenerse en su puesto; sin embargo, a partir de entonces se inició una confusa relación de hechos alrededor de la vida de Nellie. 1982 fue el último año en que Campobello dirigió la Escuela Nacional de Danza, pues en 1983 otorgó a su alumna María Cristina Balmont un poder legal con el que ésta pretendía quedar al frente de la institución.

Nellie Campobello, directora de la Escuela Nacional de Danza en los años cincuenta. (p.23)

Pero más allá de los últimos e inciertos años de Nellie, debemos recordar su destacada participación como integrante del panorama artístico posrevolucionario. Su labor en este sentido duró décadas y no se limitó en pisar el escenario, sino en transmitir con verdadera convicción los ideales emanados de la Revolución al pueblo mexicano. A través de la danza y de la docencia de esta disciplina, inculcó el valor por las libertades humanas y el derecho de las mayorías a tener acceso a las expresiones artísticas. Difundió una nueva manera de entender y reforzar la identidad nacional y fue una distinguida protagonista de la historia de nuestro país.

Nellie Campobello en una danza de Chiapas en los años treinta. (p.36)

Nellie Campobello transitó por una nación cambiante y ella misma fue una mujer de transición. Si bien sus recuerdos más vívidos pertenecieron al periodo armado de la Revolución mexicana, ya como adulta tuvo que adaptarse al país que surgiría de aquella contienda. El México emanado de la lucha pretendía forjarse como uno moderno y secular, por lo que la clase gobernante se dio a la tarea de crear una cultura nacional a partir de la cual se iniciara su proceso de pacificación.

Esto provocó la proliferación de manifestaciones artísticas e intelectuales, así como la inclusión de las formas populares en lo que antes se consideraba “alta cultura”, aquella sólo disponible para los sectores sociales privilegiados. Nellie Campobello participó de estos procesos, los cuales también contribuyeron a que pudiera desarrollar su labor tanto literaria como dancística.

El propósito de esta sala es dar un breve recorrido por el México que habitó Nellie, desde que era niña hasta su madurez como artista escénica, identificando personajes, momentos y obras que fueron contemporáneos a ella o que interactuaron directamente con esta entrañable creadora.

Nellie Campobello vivió su infancia y su adolescencia en el norte del país, primero en Durango y después en Chihuahua. Fue testigo de los hechos armados, de la violencia, de los bandos enfrentados, y ese proceso se convirtió para ella en algo cotidiano. De esos primeros años de su vida recupera todo lo experimentado, hace memoria, teje recuerdos y nos entrega su literatura como la seña más tangible de su paso por este movimiento. Los personajes de la Revolución son los protagonistas de sus relatos y, por lo tanto, ésta se convierte en una etapa formativa y de aprendizaje para Campobello.

El general Eugenio Martínez ultimado con el general Francisco Villa.
El general Francisco Villa con el general Eugenio Martínez, después de firmar su rendición. (Imagen: Memórica.)

Las hermanas Campobello y parte de su familia dejaron su querida tierra norteña para trasladarse a la Ciudad de México en 1923. Para ese entonces, la Guerra Cristera estaba por llegar a su desenlace y la Revolución mexicana comenzaba su proceso de institucionalización. Nellie, quien había vivido de cerca lo ocurrido en el norte, entre los villistas, se sumergió en la ola de arte nacionalista que dominó la época. Fue por aquellos años que cambió su nombre: dejó de ser Francisca Moya Luna para convertirse en Nellie Campobello. La capital se alejaba de la violencia para mostrar una cara mucho más amable, moderna, “civilizada”. La arquitectura reflejaba esos anhelos de cambio y nuevos tiempos, mismos que se combinaban todavía con el México tradicional.

Manuel Ramos, El centro de la ciudad, 1937. (p.26)

Nellie Campobello llevó a cabo su labor literaria en una época bastante prolífica y cuando el México posrevolucionario llamaba la atención de propios y extraños. Llegaron al país personajes como D. H. Lawrence, John Dos Passos, y un poco más tarde, Hart Crane, Jean Charlot, Pablo O’Higgins y Emily Edwards. Narradores nacionales como Mariano Azuela, Ermilo Abreu Gómez, José Mancisidor, José Juan Tablada y Francisco Monterde escribían sus textos más conocidos, algunos sobre el conflicto armado, y Nellie se les unió con sus obras. Pero de todos ellos, el más cercano a la duranguense fue Martín Luis Guzmán, con quien forjó una amistad que duraría hasta su muerte. Él la apoyó para la publicación de sus obras como nadie; sin embargo, también se sabe que las censuró.

Nellie Campobello y Martín Luis Guzmán en 1933. (p.4)

Si bien la labor literaria y cultural de Nellie Campobello comenzó desde principios de los años veinte, fue a partir de los treinta, y particularmente del sexenio de Lázaro Cárdenas, cuando pudo afianzarse en los programas oficiales y comenzó de lleno su labor docente y de difusión de la nueva cultura nacional. Para los regímenes avilacamachista y alemanista, Nellie ya era una figura consagrada que gozaba de los privilegios que le dispensaba la clase política gobernante. Aunque nunca se manifestó como militante de ninguna tendencia, siempre apoyó al partido en el poder a través de sus espectáculos, que eran presentados en eventos conmemorativos, aniversarios de organizaciones sindicales, mítines o funciones de gala en escenarios como Bellas Artes.

Retrato de Lázaro Cárdenas. (atribuido)
Lic. Manuel Ávila Camacho.
Inauguración de la Casa del Voceador

Nellie Campobello se incorporó al proyecto de la sep cuando se difundía la modalidad de la educación socialista instaurada por el presidente Lázaro Cárdenas. Para este nuevo sistema la difusión de las escuelas rurales fue fundamental, pues éstas se constituirían como los primeros núcleos desde donde emanaría la nueva política y la cultura posrevolucionarias. La necesidad de una instrucción amplia que abarcara también las regiones lejanas del país e incluyera a los sectores campesinos fue esencial durante esta época. Nellie participó haciendo giras con sus bailables, visitando colegios y recorriendo nuestro territorio investigando sobre las danzas y bailes tradicionales de los pueblos mexicanos.

Maestra, alumnos y padres de familia de una escuela rural.
Escuela rural.

Nellie Campobello vivió en un periodo en el que comenzaban a cambiar los roles femeninos tradicionales. Sin embargo, todavía padeció la discriminación en muchos ámbitos, tanto de su vida personal como de la profesional. Lo mismo sucedió con otras mujeres que, como ella, se dedicaron al arte. Campobello fue contemporánea de creadoras únicas que buscaron también su lugar en una nueva sociedad mexicana: María Izquierdo, Frida Kahlo, Leonora Carrington, Remedios Varo, Lupe Marín, Nahui Olin, María Asúnsolo, Dolores del Río y, un poco más tarde, Rosario Castellanos, Elena Garro y Pita Amor. Todas ellas pertenecen a un México que se descubre y que, admirado, se muestra ante los demás en todo su esplendor.

Las dos Fridas. Frida Khalo.
Personaje I (El mensajero) 14/100. Leonora Carrington.
Mujer saliendo del psicoanalista (podría ser Juliana). Remedios Varo.
Naturaleza muerta (con cepillo de dientes). María Izquierdo.

José Clemente Orozco, uno de los más reconocidos artistas mexicanos, fue especialmente allegado a las hermanas Campobello. Se decía que estaba enamorado de Gloria y por esta razón se volvió un incondicional de las bailarinas: las acompañaba en giras, estaba al pendiente de su labor en la Escuela Nacional de Danza, ayudó con la fundación de su compañía, elaboraba telones para las representaciones, y también ilustró la primera edición de Las manos de Mamá. Independientemente de su historia romántica con Gloria, Orozco fue uno de los máximos personajes del renacimiento cultural posrevolucionario y junto con las Campobello formaron un equipo destacado durante esos años.

José Clemente Orozco. Figura retorcida.
José Clemente Orozco. Culto a Huichilobos.
José Clemente Orozco. Pleito. (detalle del mural del palacio de Bellas Artes).
José Clemente Orozco. Las soldaderas.

Otros creadores como José Chávez Morado, Carlos Mérida, Roberto Montenegro, Agustín Lazo, Narciso Bassols, Carlos Chávez y José Gorostiza también se unieron al proyecto de las hermanas Campobello logrando resultados extraordinarios. Con guiones, música, vestuarios y escenografías elaborados por estos relevantes miembros de la cultura nacional, el espectáculo no se igualaba con ninguno. Con el tiempo, Nellie fue guardando en su casa los bocetos, telones, diseños y otras obras que con el paso de los años se convirtieron en curiosidades que regalaba a los visitantes que iban a saludarla. Mucho de este material se perdió o fue vendido por las personas que la privaron de su libertad.

Retablo, de Carlos Mérida.
Autorretrato, de Roberto Montenegro.
En la escuela, de Agustín Lazo.
Las vírgenes locas, de José Chávez Morado.

La compañía de ballet que fundaron las hermanas Campobello tuvo como sede el majestuoso Palacio de Bellas Artes. Muchas de sus puestas en escena se admiraron en este recinto cultural por excelencia. Además, fue el hogar de la Escuela Nacional de Danza durante muchos años y los graduados de esta institución también se presentaban anualmente sobre su escenario. Producciones originales como Fuensanta, Obertura republicana, Ixtepec, El sombrero de tres picos, Vespertina, Umbral, Alameda 1900, Circo Orrín y La feria, con coreografía de Nellie y casi todas con argumentos suyos, se presentaron con gran éxito en taquilla.

Vendedor de artefactos para fabricar esferas de goma, de Nacho López. (p.283)

A finales del sexenio de José López Portillo, Nellie Campobello haría sus últimas apariciones en público. Aunque técnicamente seguía como profesora en la Escuela Nacional de Danza, a principios de los años ochenta la dirección recayó en otra persona y poco a poco dejó de saberse de ella. Tiempo después se descubrió que había muerto desde 1986. En esa época también se terminaba el México posrevolucionario del que ella había sido parte. El agotado discurso que exaltaba la lucha armada ya no daba para más y se tuvieron que buscar otros caminos políticos, económicos y sociales que sustentaran al país.

Fin de sexenio, de Carlos Contreras, 1986. (p.33)

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