Ciudad de México

La Ciudad de México fue un escenario propicio para el desarrollo de círculos de reflexión crítica durante la posguerra. La unam se volvió un núcleo del pensamiento republicano y democrático, nutrido en parte por el exilio español antifranquista. En la década de 1950, colonias céntricas como la Roma, la Condesa, Juárez y Cuauhtémoc albergaron hogares y tertulias donde se refugiaban ideales antifascistas y socialistas. Los periódicos de la época —colmados de columnas de intelectuales comprometidos, caricaturas políticas y fotoperiodismo crítico— pasaban de mano en mano en los cafés y bares del Centro Histórico y el sur de la ciudad, alimentando intensos debates político-culturales.

Dentro del Catálogo de seguimiento de la propia dfs, los agentes clasificaron con el número “11 – Comunismo” a una enorme cantidad de asuntos, entre ellos a los miembros del proscrito Partido Comunista Mexicano (pcm), en el que militaban escritores, profesores, artistas, estudiantes y otros profesionistas. En efecto, uno de los principales objetivos de la Policía Política era vigilar de cerca a los intelectuales y artistas vinculados con la agitación social y las ideas comunistas. La dfs llegó a considerar a varios de ellos como “agitadores sociales” peligrosos. Figuras como José Revueltas, Carlos Monsiváis, Octavio Paz o Elena Garro fueron puestas bajo la mira debido a su activismo político, sus críticas al régimen o sus simpatías de izquierda.

El papel de las universidades públicas en este equilibrio de fuerzas fue decisivo. Desde su consolidación a mediados del siglo xx, la unam —junto con el Instituto Politécnico Nacional (ipn)— ofreció un espacio de discusión e intercambio intelectual que formó a numerosas generaciones. La Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y la Facultad de Filosofía y Letras de la unam, particularmente su Auditorio Justo Sierra, fueron recintos donde estudiantes, académicos, escritores, artistas e intelectuales se reunían para debatir el acontecer político y los rumbos de la vida nacional. Por otro lado, en las inmediaciones del Monumento a la Revolución, la dfs estableció una Oficina Especial de Espionaje Universitario dentro de sus instalaciones centrales: infiltrar esos espacios educativos se convirtió en una pieza medular de su estrategia.

La dfs operaba desde sus oficinas centrales en la actual Plaza de la República número 6 y número 20 de la Ciudad de México, pero contaba con sitios clandestinos para sus actividades encubiertas. Entre ellos destacaba el Campo Militar Número 1, utilizado para detenciones y torturas; la cárcel de Lecumberri, donde fueron recluidos numerosos estudiantes e intelectuales (incluido el propio José Revueltas); y diversas “casas de seguridad”, ubicadas en colonias como la Roma y la Condesa, que servían como centros de interrogatorio y almacenes de información obtenida por los espías.

Los agentes comisionados para vigilar el ambiente estudiantil debían reportar, tras cada incursión, informes pormenorizados de lo ocurrido: quiénes participaban en las reuniones, cuánto duraban las asambleas y cuáles eran los temas discutidos. Este escrutinio constante generó un clima de temor en las instituciones. Los funcionarios de la Secretaría de Gobernación —y por ende, los directivos de la dfs— vivían obsesionados ante la posibilidad de un avance comunista en México, alimentando la idea de una amenaza latente similar a la de otros países de Latinoamérica. En efecto, la efervescencia socialista en México se manifestaba a través de diversos organismos vinculados al pcm y de instituciones culturales que apoyaban las causas del pueblo de Vietnam o el proceso de la Revolución cubana.

La dfs desplegó agentes en muchos de los sitios que frecuentaban los intelectuales vigilados. Uno de ellos fue el Instituto de Cultura de Cuba, ubicado en la colonia San Rafael, que fungía como punto de encuentro de la izquierda intelectual. La dfs infiltró ahí a sus informantes para monitorear reuniones de figuras como José Revueltas y Carlos Monsiváis con representantes cubanos. Se interceptaban cartas y se grababan conversaciones con el fin de vincular a estos intelectuales con el “comunismo internacional”.

Otro objetivo central fue el Movimiento de Liberación Nacional. Sus oficinas, situadas en la calle de República de El Salvador número 30, interior 301 (en el Centro Histórico capitalino), acogían conferencias y debates en los que participaban escritores y militantes de izquierda. La dfs colocó informantes entre los asistentes para recabar información de primera mano sobre sus actividades y contactos.

La unam misma permanecía bajo estrecha observación. El Auditorio Justo Sierra fue escenario de mítines y conferencias del movimiento estudiantil; la Policía Secreta infiltró estudiantes y académicos para reportar las intervenciones de líderes como los ya citados Revueltas y Monsiváis en esos eventos. Incluso, agentes encubiertos llegaron a fotografiar las asambleas de manera clandestina a fin de documentar a los participantes.

Asimismo, la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la unam fue identificada por la dfs como un foco de “subversión”. Agentes se hicieron pasar por alumnos regulares para mezclarse en los círculos de debate estudiantil y académico. De igual modo, se interceptaron panfletos y desplegados y se fabricaron notas en periódicos con información tergiversada, todo ello con miras a incriminar a intelectuales del movimiento.

En plena Guerra Fría, México era visto por las potencias como un territorio vulnerable a la infiltración de fuerzas extranjeras de izquierda (provenientes de Cuba o la URSS). Se temía que el país pudiera convertirse en un “trampolín” para que elementos subversivos ingresaran en los Estados Unidos o, a la inversa, para lanzar operaciones de contrainteligencia hacia Centroamérica desde suelo mexicano. En este escenario, la dfs conformó un cuerpo especial de vigilancia de embajadas, institutos de intercambio cultural y “casas de amistad” internacionales establecidas en México. Consideraban que esos lugares podrían servir de pantalla para agentes extranjeros en misiones de espionaje. La infiltración en dichos espacios resultó profusamente productiva, llegando a generar una enorme cantidad de informes, fotografías y recopilación detallada de datos sobre todos los vigilados (Lastra, 2021, p. 13).

Mira

Fig. 1. Propaganda comunista, exp. 11-128-135, agn, 1968.

La dfs centró grandes esfuerzos en desmantelar los movimientos de 1968 y 1971, que el régimen percibía como una amenaza directa a su estabilidad. Para ello desplegó diversas estrategias: infiltró agentes en las universidades (unam, ipn y otras) haciéndolos pasar por estudiantes y profesores; fabricó documentos apócrifos para vincular a los líderes estudiantiles e intelectuales con supuestos actos violentos y conspiraciones; y recurrió a la represión abierta, como quedó trágicamente demostrado en la masacre del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco y en el sangriento operativo del 10 de junio de 1971 (el “Halconazo”). Los propios informes internos de la dfs sobre “anticomunismo” y “agitadores sociales” evidencian la obsesión por controlar cualquier actividad política disidente, especialmente en vísperas de las elecciones presidenciales de 1970. La dfs, para lograr sus objetivos, no sólo vigilaba, también montaba escenificaciones fotográficas y empleaba tácticas de hostigamiento psicológico, cuyas secuelas afectaban profundamente.