Después de la guerra

El temor provocado por la onda destructiva de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki, en 1945, fue de tal magnitud que muchos pensaron inmediatamente en el fin del mundo. La tragedia ocupó los titulares de la prensa, los mensajes telegráficos y los noticieros cinematográficos. Hubo silencio en todas partes cuando una oscura nube anunció el final de la guerra mundial. Tras los escombros vinieron años de duelo y de profunda reconfiguración geopolítica y cultural en todos los rincones del planeta. Intelectuales prominentes a nivel mundial, como Juan Comas o Claude Lévi-Strauss, fueron convocados por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (unesco) para escribir sobre la caída de la noción de raza, concepto que había encumbrado el supremacismo del Tercer Reich. A través de esos esfuerzos se buscó establecer pautas políticas y morales frente a las devastadoras consecuencias del programa racista del nacionalsocialismo. Los aires de cambio y de paz llegaron más tarde: durante las décadas de 1950 y 1960 se fraguó una cierta liberación cultural —desde los movimientos pacifistas hasta el surgimiento del rock—, aunque las intervenciones militares continuaron. En 1948 se fundó el Estado de Israel en territorio palestino, avivando tensiones en Medio Oriente, y la disputa ideológica entre los Estados Unidos y la URSS definió un nuevo régimen de conflictos por la hegemonía planetaria, coronando la segunda mitad del siglo xx bajo la sombra de la Guerra Fría.

En este contexto global surgieron o se fortalecieron numerosas oficinas de Inteligencia y Contrainteligencia dedicadas a la propaganda, el espionaje y la intervención policial o militar. El caso mexicano fue muy particular: aunque el gobierno se había mantenido neutral en términos militares durante la segunda Guerra Mundial, dirigió sus esfuerzos represivos al interior del país. Los movimientos antibelicistas y pacifistas fueron rápidamente señalados como blancos enemigos, y las campañas anticomunistas auspiciadas por la derecha católica veían en los movimientos sociales y en los círculos de intelectuales, artistas y escritores a sectores peligrosamente activos en temas de política internacional, apoyo a exiliados y solidaridad diplomática.

Hacia 1947, el gobierno mexicano creó la dfs bajo un acuerdo de entrenamiento con agentes de los Estados Unidos, quienes transfirieron conocimientos para hacer frente a la supuesta “penetración comunista”. Se buscaba, además, establecer barreras institucionales en las Policías latinoamericanas, frente a los exilios forzados por las dictaduras de países como Paraguay, Brasil, Uruguay, Chile y Argentina. La especialista Soledad Lastra resume que “los sexenios de Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría Álvarez y José López Portillo se caracterizaron por este doble rostro: entre la apertura y el asilo hacia afuera y la violencia y el control hacia adentro” (Lastra, 2021, p. 12). En la Ciudad de México, mientras tanto, algunas casas se convirtieron en refugio para personas que huían de persecuciones políticas en sus países de origen. Varios centros culturales y casas de amistad jugaron un papel central en el seguimiento, vigilancia y espionaje de estudiantes, académicos, militantes y simpatizantes de orientación socialista y comunista —particularmente de aquellos llegados al país en exilio forzado.

La dfs no surgió de la nada: tuvo sus raíces en la Oficina de Información Política y Social, creada durante el gobierno de Lázaro Cárdenas (1934-1940) como parte de la Secretaría de Gobernación. Dicha oficina evolucionó, en 1941, a Departamento de Investigaciones Políticas y Sociales, y en 1947 se transformó en la Dirección de Investigaciones Políticas y Sociales. Finalmente, ese mismo año se estableció formalmente la Dirección Federal de Seguridad, consolidada como un órgano de Inteligencia y represión con amplias facultades para investigar y controlar actividades sociopolíticas. La dfs inicialmente funcionó bajo las órdenes de la Presidencia de la República (1947-1953), periodo en el que se enfocó en la vigilancia de grupos opositores y en la contención del comunismo. A partir de 1954 pasó a estar adscrita a la Secretaría de Gobernación (hasta su disolución en 1985), lo que amplió sus funciones para incluir, por ejemplo, el control de trámites migratorios de extranjeros y la represión de movimientos sociales. Según la investigadora Soledad Lastra, “la dfs afinó sus mecanismos de inteligencia y de producción de información sobre el que consideró un enemigo político multifacético. Las ideologías de izquierda, marxistas, comunistas y revolucionarias, podían crecer en México como parte del accionar de los estudiantes, trabajadores y militantes de organizaciones políticas como de los extranjeros. La revolución cubana le había enseñado al gobierno mexicano que los exiliados eran actores con capacidad de rearticulación política y militar en el exterior. México había sido un territorio favorable para que un grupo de exiliados insurrectos, entre los que estaban Ernesto Guevara y Fidel Castro, retornaran exitosamente a la isla y tomaran el poder” (Lastra, 2021, p. 11).

Para llevar a cabo sus funciones, la dfs operó con una amplia red de agentes encubiertos, informantes y colaboradores. Entre sus filas figuraron personajes siniestros: Miguel Nazar Haro, director de la agencia, conocido por su brutalidad y eficacia en la represión de movimientos sociales; Fernando Gutiérrez Barrios, subsecretario de Gobernación, considerado el cerebro político detrás de muchas operaciones de Inteligencia; y Luis de la Barreda Moreno, jefe de la Oficina de Investigaciones Especiales, encargado de coordinar la vigilancia sobre intelectuales. Además de estos altos mandos, la dfs contaba con numerosos agentes identificados por claves. Por ejemplo, el llamado “Grupo Universitarios” se infiltró en los círculos estudiantiles de la Universidad Nacional Autónoma de México (unam); el agente con clave “D.E.N.” operaba dentro de las oficinas del Movimiento de Liberación Nacional (MLN); el código “Cap. FGB” designaba al encargado de monitorear las actividades del Instituto de Cultura de Cuba; la “Clave 56” se dedicaba a vigilar a José Revueltas y sus contactos en la Facultad de Filosofía y Letras; y la “Clave 17” rastreaba la propaganda contra el movimiento estudiantil.

La labor de la dfs no se limitó a recolectar información, sino que también formó parte integral del entramado de violencia desplegado por el Estado mexicano entre las décadas de 1960 y 1980 para eliminar al llamado enemigo interno. Como relata la propia Lastra: “Sus agentes y autoridades estuvieron involucradas directamente en violaciones a los derechos humanos que aún no fueron juzgadas. Detenciones, secuestros, torturas, muertes y desapariciones forzadas, que se produjeron en México en esas décadas, fueron resultado de la acción de la dfs” (Lastra, 2021, p. 12).

Los reportes de la dfs abarcaron prácticamente todo el país. La Ciudad de México —epicentro del movimiento estudiantil de 1968 y lugar de residencia de muchos intelectuales vigilados— fue el foco principal, pero también se monitoreaba la actividad sindical, estudiantil y comunista en estados como Durango, Michoacán, San Luis Potosí, Chihuahua, Tamaulipas, Veracruz, Guanajuato, Hidalgo y Puebla. Esto refleja la extensión nacional de la red de espionaje, sostenida bajo el supuesto oficial de una inminente “conflagración comunista” y la formación de grupos insurgentes en diversos puntos de la república. Este despliegue vino acompañado por un amplio mecanismo de represión y de control político que tuvo uno de sus momentos cumbre en la violencia desatada contra el movimiento estudiantil de 1968.

Centros clandestinos de detención y desaparición, Distrito Federal, 1950 a 1980.