
Norma Lorena Loeza Cortés*
Nocturno amor que te vas.
Las mujeres y su representación en la pantalla han sido objeto de largos estudios y análisis. Si el cine, como sabemos, es más que entretenimiento, es porque también es reflejo de realidades cotidianas e importante arma de denuncia y visibilización de conflictos sociales de muchos tipos y naturalezas.
Quizás por esta razón es que el cine fue puliendo y diversificando sus voces y discursos. Pronto se hizo evidente el enorme potencial que tiene esta compleja forma de hacer arte para lograr una revolución de las conciencias.
Tal es el caso de la representación de la mujer y de lo femenino en la gran pantalla. Como sabemos el rol femenino en las historias filmadas fue modificándose y volviéndose más complejo y diverso, al tiempo que la industria fílmica también iba transformándose en función del entorno y el contexto en el que las películas se producían.
En el caso del cine realizado en nuestro país, esta transformación del rol femenino fue lenta y paulatina, aunque poco a poco fue configurándose como uno de los principales elementos de análisis para entender la idiosincrasia mexicana que se reflejaba en la pantalla y que no sólo era propia de quienes hacían cine, sino también de quienes lo consumían como público.
Es así como vimos una constante evolución de los personajes femeninos entre la llamada Época de Oro del cine mexicano ―entre los años 1930 y 1950, aproximadamente― y el cine de la “era moderna” en las décadas de los sesenta y hasta los años noventa, en donde el país también se estaba transformando, alimentado por la aspiración de ser desarrollado y considerado como “de primer mundo”.
Las películas filmadas durante esa transición dan cuenta de que esas profundas transformaciones sociales también se reflejan en las historias por contar. Es así como pasamos de una producción fílmica dominada por el melodrama y el musical ranchero a la realizada a finales de los años sesenta que se diversifica hacia otro tipo de géneros, que incluyen el drama, el thriller y el terror, entre otros.
Además, el escenario y los personajes también cambian. Estas diferencias tienen que ver con el tránsito del campo a la ciudad, lo cual se refleja en la construcción de personajes complejos que se mueven dentro de una realidad diferente. Los personajes femeninos son buen ejemplo de esos nuevos dilemas, ya que, de las divas inalcanzables del cine de la Época de Oro, pasamos a una generación de actrices que personifican a mujeres comunes de todos tipos, con menos glamour y mayor realismo.
Los nuevos dramas nos presentan a una generación de mujeres que ahora habita las ciudades y que también construye nuevas identidades en función de los múltiples roles que desempeña: obreras, trabajadoras, estudiantes, amas de casa. Estos roles también se mueven en mundos distintos, ciudades en donde no encuentran lugar propio, porque el espacio público no las admite.
Recordemos que lo urbano en asociación a lo público ha sido pensado y diseñado ―tanto en lo real como en lo simbólico― para ser utilizado por los hombres, mientras que las mujeres eran confinadas al espacio de lo doméstico, el lugar donde son llamadas “las reinas del hogar” a modo de consolación.
Es así como las nuevas historias acerca de cómo habitan las mujeres las ciudades y desempeñan los roles que se les permiten en estas sociedades que aspiran a ser modernas se filman resaltando el drama implícito de las luchas inacabadas por la igualdad y la no violencia hacia las mujeres, así como las contradicciones de un imaginario social en donde las personas se sueñan modernas, pero no logran romper del todo con lo arcaico de sus costumbres machistas.
Retrato de una mujer casada.
En este tenor encontramos la cinta Retrato de una mujer casada, filmada en 1979 bajo la dirección de Alberto Bojórquez Patrón y estelarizada por Alma Muriel y Gonzalo Vega. Por aquel entonces el término no existía, pero hoy podemos decir que en realidad se trata de una de las primeras crónicas fílmicas del feminicidio y la violencia de género en nuestro país.
La cinta nos cuenta la historia de un joven matrimonio de clase media: un empleado de banco y su esposa que es madre, ama de casa y una estudiante que sueña con terminar la carrera universitaria de periodismo. Mientras ella trata de jugar todos esos roles, la Ciudad de México, que sirve de escenario, nos recuerda que para el machismo de la época las mujeres que se atreven a cruzar hacia otros mundos y destinos serán tratadas como extrañas en su propio entorno.
La película nos muestra además una terrible verdad para la época: una mujer que estudia y que aspira a ser más que ama de casa debe estar preparada para soportar la violencia de su marido, la desconfianza de otras mujeres, el abuso de sus compañeros de clase y la incomprensión de una sociedad que no entiende el anhelo femenino de ser libre. El guión también pone de manifiesto que, si bien pertenecer a la clase media y tener formación universitaria podría considerarse un privilegio, también es verdad que estas mujeres comparten la opresión y el maltrato que viven otras de diferente condición social.
Nocturno amor que te vas
Algunos años después, en 1987, se filma también en la Ciudad de México Nocturno amor que te vas, dirigida por Marcela Fernández Violante, estelarizada por Patricia Reyes Spíndola, Sergio Ramos y Leonor Llausás. Si la comparamos con Retrato de una mujer casada a primera vista parecieran películas muy distintas. Sin embargo, tienen algo en común que es importante resaltar: la manera en la que las mujeres transitan por el espacio urbano, especialmente cuando se trata de uno que se considera de dominio exclusivamente masculino.
Otra de las evidentes diferencias entre ambas cintas es que éste es un relato construido por una mujer. Marcela Fernández Violante nos presenta la extraña anécdota de un taxista, quien, aceptando una dejada nocturna en las afueras de la ciudad, desaparece. Su esposa (Reyes Spíndola) inicia una desesperada búsqueda entre las calles y vecindades del Centro Histórico, teniendo como epicentro la Plaza Garibaldi, lugar donde subió su último pasajero y que le ofreciera una buena suma de dinero por la extraña dejada.
Fernández Violante no duda en mostrarnos este catálogo de mujeres urbanas, pobres, desprotegidas y víctimas de un machismo violento y desgarrador. A lo largo de toda la cinta, vemos ese bajo mundo de pulquerías, taxistas, traficantes y mariachis que es extremadamente cruel con las mujeres, especialmente con aquellas que son pobres.
Más que sólo un drama, la cinta explora el género noir a la mexicana, usando la narrativa oscura de las criaturas de la noche, que son extrañas expresiones de submundos que viven bajo sus propias reglas, todas ellas extremadamente violentas.
Ése es en realidad el hilo conductor entre ambas cintas: comprobar que la pretendida modernidad de aquella época no llegaba a los rincones más recónditos de este laberinto que llamamos ciudad, y que ser mujer y habitar aquí es una deuda inacabada no sólo con las mujeres, sino con las maneras diversas de apropiarse de un espacio, fuera de las reglas consideradas como tradicionales.
* Investigadora y crítica de cine. Es maestra en estudios latinoamericanos, licenciada en sociología y profesora de nivel preescolar. Actualmente es consultora en temas de género, política pública y derechos humanos. Participó en la publicación conjunta Femmes Fatales. 12 escritoras hablan de cine de terror, editado por el Festival Macabro y Editorial Samsara, y en Año Covid. Notas sobre el cine y la cultura durante la pandemia 2020, publicación conjunta de CorreCamara y Alphaville Cinema. Es colaboradora en CorreCamara y Artes 9, publicaciones electrónicas de análisis cinematográfico, y columnista en La Silla Rota.