Desde hace varias décadas, los habitantes de la Ciudad de México que acudimos a su Centro Histórico nos encontramos con un conjunto escultórico que representa un momento esencial para entender el espacio que heredamos. A un costado de los edificios del Gobierno de nuestra urbe, sobre la avenida Pino Suárez, se ubican las figuras de un grupo de humanos migrantes mirando el evento sagrado que marcó el final de un largo andar por tierras extrañas y difíciles. Tal evento inició una nueva etapa en la historia de sus culturas y alteró de forma irreversible la forma de observar y habitar la cuenca lacustre en la que este colectivo, representado frente a un águila sobre un nopal devorando lo que muchos consideraron como una serpiente, decidió quedarse a vivir.
La historia de esta representación escultórica conmemorativa, anclada en el Centro Histórico contemporáneo desde 1970, está basada en un amplio corpus documental que abarca registros arqueológicos, códices y mapas virreinales, así como crónicas manuscritas de tradición indígena en náhuatl y español que fueron redactadas entre 1580 y 1620. Sin embargo, para poder comprender el largo proceso que derivó en la fundación de esta ciudad, debemos reflexionar un momento sobre el cambio cultural que se expresó en la representación de la migración de un grupo humano que salió de un espacio primigenio sagrado. Este pueblo azteca, habitante de Aztlán, está representado en documentos pictóricos como la Tira de la Peregrinación y el Códice Azcatitlan; vivía en las proximidades de varias cuevas sagradas (Chicomoztoc) de un cerro viejo y encorvado (Teoculhuacan) cuando escuchó las instrucciones de su deidad, Huitzilopochtli (colibrí zurdo), para salir en busca de una tierra que habría de habitar después de aprender las artes de la caza y la guerra, del arco y la flecha, momento sagrado en el que fue nombrado como mexica.
Los mexicas celebraban cada 52 años la ceremonia sagrada del Fuego Nuevo: un momento en el que sus dos calendarios, el tonalpohualli (tiempo ritual de 260 días) y el xiuhpohualli (tiempo solar de 365 o 366 días), concurrían en su fecha de inicio. Según los registros de la Tira de la Peregrinación, un Fuego Nuevo coincidió con la llegada de los mexicas a poblar Chapultepec: un cerro con agua potable, tierra fértil, enormes ahuehuetes y fauna comestible, es decir, un lugar excepcional para fundar su nueva población. Pero otros pueblos nahuas que habitaban la región de los lagos desde tiempo atrás, como los tepanecas-azcapotzalcas y los culhuas, decidieron expulsarlos violentamente del Cerro del Chapulín, desalojo que fue dibujado por tlacuilos, especialistas en la antigua escritura nahua, con precisión en documentos como el Mapa Sigüenza o la misma Tira de la Peregrinación. El líder mexica Huitzilihuitl fue capturado y presentado frente al gobernante de Culhuacán, el tlatoani llamado Cozcotzin, quien sometió a una parte de los mexicas y los usó como sus guerreros cuando decidió atacar a otra población nahua sureña: Xochimilco.
Si bien la Tira de la Peregrinación termina su narración en este punto, cronistas nahuas novohispanos educados en la tradición cristiana española, como Domingo Chimalpahin o Hernando Alvarado Tezozómoc, transcribieron en sus manuscritos las versiones orales y visuales que las antiguas familias gobernantes relataban sobre la fundación de la ciudad. Tanto en las Relaciones de Chimalpahin como en la Crónica Mexicayótl, nos encontramos con el relato del sacrificio de una mujer sagrada realizado por los mexicas; se trataba de una cihuapilli hija del señor de Culhuacán, que provocó la ira del tlatoani y nuevas penurias para los mexicas errantes en las riberas de la cuenca de los lagos.
Según la narración, aun padeciendo hambres y carencias, el líder mexica Tenoch debió enfrentar la amenaza de otro hombre peligroso, Copil, quien fue finalmente sacrificado y su corazón enterrado en medio de un islote rodeado de las aguas de los lagos. Tras esta acción ritual, Huitzilopochtli habló nuevamente a los mexicas explicando a Tenoch el portento que se dio en ese lugar: del corazón de Copil brotó un nopal sobre el cual descansó un águila con el pico ensangrentado por lo que devora: una figura serpentina que, en el Templo de la guerra sagrada conservado en el Museo Nacional de Antropología y en otros códices de tradición indígena, es el atl tlachinolli: el agua quemada, símbolo de la vocación guerrera que habría de dar por inaugurada una era en la que florecería la gloria de la nueva ciudad: México-Tenochtitlan.
En la primera página del Códice Mendocino, nombrado así porque fue mandado a elaborar por el primer virrey de la Nueva España, Antonio de Mendoza, para comprender el territorio ahora sometido a la Corona española, se representó a Tenoch presenciando el nopal y el águila rodeado de otros principales mexicas, espacio central del que parten canales de agua que se distribuyen hacia los cuatro rumbos del universo y su paisaje, encerrados todos por los glifos de 52 años. Este evento fue el hecho mítico que organizó la cosmogonía de la tradición nahua-mexica que, según las equivalencias propuestas, aconteció en 1325. Una representación que hoy en día nos invita a conmemorar reflexivamente el momento en el que los mexicas decidieron construir una ciudad que cambió para siempre la forma en la que los humanos nos relacionamos con el paisaje de la ancestral cuenca de los volcanes y los lagos.
Clementina Battcock
Dirección de Estudios Históricos – inah
Vestigios de la ciudad mexica
Si bien la ciudad mexica de Tenochtitlan fue destruida durante los inicios del gobierno de la Nueva España en el siglo xvi, a lo largo del tiempo se han conservado elementos arqueológicos, arquitectónicos y paisajísticos que nos permiten imaginar cómo era esa ciudad antigua, con sus templos —teocalli en náhuatl—, la representación artística de sus mitos y deidades, así como de sus canales de agua (de donde brotó el nopal del corazón de Copil sobre el que se posó el águila mordiendo el símbolo de la guerra), todo ello simbolizando una escena natural común a la vida urbana antigua de sus habitantes.
México-Tenochtitlan y los albores de la Nueva España
La lucha que se dio entre las tropas castellanas y aliadas contra los mexicas involucró a varios pueblos en la contienda. Los tlaxcaltecas, por ejemplo, estuvieron involucrados en la entrada del capitán Hernán Cortés en la ciudad de México-Tenochtitlan, en su huida durante la prisión de Moctezuma Xocoyotzin y en el asedio final contra los mexicas con embarcaciones en los lagos, episodios que fueron plasmados en el Lienzo de Tlaxcala. Este violento proceso fue el que dio lugar al mapa de Tenochtitlan atribuido a Cortés, así como a sus ordenanzas que organizaron el territorio de la isla y a su incipiente sociedad colonial. Testimonios de aquellas primeras décadas de dominio español pueden leerse en la Crónica de la Nueva España de Francisco Cervantes de Salazar, y por documentos alfabéticos en náhuatl, como el de la casa de Agustín López en México-Tenochtitlan de 1576, o el testamento de doña Luisa Isabel, que señala algunos pueblos al sur de la cuenca lacustre para finales del siglo xvi.
La Ciudad de México y los códices virreinales de tradición indígena
En 1535 se creó el virreinato de la Nueva España con la Ciudad de México como su capital. El primer virrey fue Antonio de Mendoza, quien ordenó una serie de documentos históricos y administrativos con el fin de conocer el entorno político, social y cultural de las regiones a su cargo. Con ese interés algunos tlacuiloque, artistas de la escritura prehispánica, crearon el Códice Mendoza, o Mendocino, que además de integrar abundante información basada en los productos que varios pueblos enviaban al antiguo gobierno de Tenochtitlan (posiblemente tomada del documento que hoy conocemos como Matrícula de Tributos), también incluía información calendárica e histórico-mítica sobre la fundación de la ciudad antigua. La etapa previa a esa fundación fue relatada en otro códice que aparentemente no fue terminado y que en nuestros días conocemos como Tira de la Peregrinación o Códice Boturini (llamado así porque formó parte de la colección del anticuario italiano Lorenzo Boturini en el siglo xviii). La Tira relata desde su primera lámina la salida de Aztlán y culmina con la guerra que Culhuacán declaró a Xochimilco en la que el tlatoani Coxcoxtli utilizó a los mexicas como guerreros y cautivos tras haber sido expulsados de Chapultepec, tiempo antes de fundar Tenochtitlan.
Otros tres documentos que poseen una composición estilística similar a la prehispánica son el Códice Azcatitlan, el Mapa Sigüenza y el Códice García Granados. El primero tiene una composición gráfica que informa sobre la salida de los pueblos nahuas del antiguo Teoculhuacan, además de las guerras libradas por los mexicas, una aparente referencia a la Excan Tlatoloyan —la Triple Alianza de Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan (Tacuba)—, a las guerras de conquista y a la evangelización cristiana de Culhuacán. Por su parte, el Mapa Sigüenza es una cartografía del siglo xvii que narra todo el proceso migratorio desde Aztlán hasta Tenochtitlan, incluyendo la expulsión de Chapultepec y la fundación de la ciudad gemela de México-Tlatelolco. El tercer documento, el Códice García Granados, es un manuscrito que reproduce a manera de genealogía la legitimidad de los gobernantes de la cuenca lacustre de México, sobresaliendo de un nopal los huei tlahtoque, gobernantes mexicas.
Por último, aquí se incluyen cuatro obras relacionadas entre sí por su forma de narrar la historia de México-Tenochtitlan: el Códice Ramírez, el Manuscrito Tovar, la Historia de las Indias de Nueva España e islas de tierra firme de fray Diego Durán y la Crónica Mexicana de Hernando Alvarado Tezozómoc, este último descendiente nahua virreinal de la familia de los huei tlahtoque. Estas cuatro obras fueron escritas en la segunda mitad del siglo xvi y poseen un discurso histórico similar sobre el ascenso del grupo mexica y el ejercicio de su poder político, militar y económico. Más allá de las relaciones sociales entre los escribas, los estudios históricos y antropológicos han propuesto que provienen de una historia más antigua, quizá de un códice prehispánico y/o de una tradición oral del antiguo grupo gobernante de Tenochtitlan, por lo que son consideradas parte de una compilación de documentos que Robert Barlow llamó Crónica X.
La Ciudad de México y los estudios históricos del siglo xix
Los primeros cien años de la historia de México como una República independiente se caracterizaron por las indagatorias de marcado interés nacionalista que varios historiadores hicieron del pasado prehispánico. Además de los controversiales, y algunas veces furiosos, debates sobre “la herencia histórica indígena y la española”, y sobre lo “mexicano”, diversos estudiosos se propusieron conocer más sobre los acervos documentales del “México antiguo” y replicaron en litografías y libros los antiguos documentos de tradición nahua que aún se conservaban.
Ejemplo de ello es la litografía de la Tira de la Peregrinación, impresa por Iriarte y Compañía, o la inclusión del Mapa Sigüenza en el Atlas Mexicano de Antonio García Cubas, con los comentarios de José Fernando Ramírez, curador del Museo Nacional, que también preservó algunos documentos rescatados durante la demolición del Convento Grande de San Francisco de la Ciudad de México en 1856, documentos que hasta hoy en día llevan el nombre de Códice Ramírez. Estos estudios del siglo xix son importantes para comprender el imaginario nacionalista que se ha plasmado en infinidad de obras artísticas tanto decimonónicas como de nuestra época contemporánea, como el Monumento a la Fundación de Tenochtitlan de Carlos Marquina, que se encuentra en la calle de Pino Suárez, a un costado del Zócalo de la Ciudad de México.