
Ingrid Pohlenz*
Generación Spielberg.
El cine que le interesa a Gibrán Bazán como realizador no tiene pretensiones de mercado, es cine de trinchera. Él escoge siempre la libertad por encima de cualquier cosa. Su filmografía es el estandarte con el que defiende la libertad porque es consciente de que en cuanto ésta termina empieza la violencia.
Bazán es un profundo enamorado del cine; tanto en Los rollos perdidos como en Generación Spielberg desarrolla cómo el cine es nuclear, no sólo para él como individuo, también para su generación.
El séptimo arte puede servir como una ventana al pasado; es capaz de inmortalizar vívidamente diversas perspectivas, de enmarcar intrincados paisajes políticos que muchas veces cobran más y más nitidez a distancia. A Bazán le importa mucho hacer hincapié en cuán formativo es el cine y cómo ha impactado profundamente a sus espectadores, en particular a aquellos que crecieron y se nutrieron con éste desde muy pequeños.
Frente a disciplinas como la literatura o la pintura, la existencia del cine apenas ha superado el centenar de años, es un arte muy joven.
Los rollos perdidos
El género documental como tal ha existido desde los comienzos del cine; el formato y la manera en los que son filmados se ha transformado radicalmente. Podría haberse entendido como documental todo registro audiovisual de carácter histórico, por ejemplo, pero el cine documental se ha vuelto un instrumento de investigación y denuncia, un filtro comunicante además de una expresión estética.
Un documental como Los rollos perdidos no habría sido posible hace 30 años; el tiempo ha calmado las aguas lo suficiente para correr la voz. Se trata de una cinta necesaria, un documento relevante para rememorar el 2 de octubre desde otra lente: la cinta desarrolla cómo en el incendio de la Cineteca Nacional no sólo perdimos un legado cultural, también uno político.
Los rollos perdidos que registraban con alta fidelidad la matanza de los estudiantes en Tlatelolco documentaban de manera implícita la realidad política de la época: el abuso de poder, la censura, la falta de escrúpulos de las autoridades. A pesar de que estos documentos desaparecieron, la narrativa en torno al movimiento estudiantil de 1968 ha cambiado lo suficiente como para poder abrir esa conversación de nueva cuenta, para mantener con vida la memoria de los estudiantes.
A pesar de que es sabido que hay diversos pero escasos registros fílmicos de la sangrienta represión a la que fueron sometidos los estudiantes en Tlatelolco, no es tan conocido que Luis Echeverría compensó generosamente a varios cineastas para que filmaran con equipo de primera la masacre del movimiento estudiantil en la Plaza de las Tres Culturas. Servando González, director de los laboratorios en los Estudios Churubusco y autor de películas como El Escapulario o Viento Negro, fue contratado para filmar la represión estudiantil; éste, como si se tratara de cualquier llamado, emplazó a su equipo horas antes de la tragedia y recopiló cerca de 10 horas de material en 35 mm.
El material en cuestión fue revelado y confiscado. No se sabe si todavía existen copias, pero Bazán y su equipo plantean la hipótesis de que estos rollos pudieron ser trasladados a las bóvedas fílmicas de Cineteca Nacional, poco antes del gran incendio de 1982.
Por más de 15 horas sucumbió la Cineteca Nacional a las llamas en las que se consumiría más del 90 por ciento de nuestro acervo filmográfico, acervo que Luis Echeverría había inaugurado personalmente años atrás, en 1974.
La Cineteca Nacional es uno de los destinos más populares para locales y turistas en la Ciudad de México. Desde su remodelación se encuentra rebosante casi todos los días. Ésta se ha sintonizado con la cadencia desmedida con la que crece la ciudad en su proceso de transformación. Hoy en día se trata de una Cineteca muy distinta; muchos de sus asistentes no saben del gran incendio. Pese a que Tlatelolco ha cambiado también, su memoria es inseparable. Existen muchos recovecos así por la ciudad, los históricos, casi estáticos en el tiempo, y los siempre inquietos, cambiantes.
¿Cómo fue que tuvo lugar un incendio de tan destructivas proporciones en un lugar como la Cineteca Nacional? El nitrato es el material químico que compone una cinta, en condiciones desfavorables es altamente tóxico e inflamable. Durante el fatídico día de llamaradas y estallidos, los aspersores contra incendios de la Cineteca aguardaban vacíos. Francisco Marín, entonces subdirector, sabía que el coordinador en turno, Fernando del Moral, apartaba cintas en un clóset para verlas primero que nadie. Lo cierto es que había material guardado en malas condiciones, un accidente era inevitable, al grado de que pudo haberse planeado, ejecutado y disimulado a la perfección para hacer perdedizas las filmaciones del 68. A falta de transparencia, ¿qué es una conjetura más?
Bazán deja abierta esta incógnita. ¿Hay un nexo entre el incendio de la Cineteca Nacional y los secretos de gobiernos anteriores? Lo que no es cuestionable es cuán premeditada fue la filmación de la matazón de 1968, ¿cómo restaurar la libertad en medio de la impunidad de la violencia? A veces la violencia no es tan evidente, eso lo explora Bazán no sólo en este documental, sino en su filmografía en general. A veces la violencia pulsa latente y cálida, como algo familiar y cotidiano. ¿En verdad es posible distinguir o cuantificar cuál fue el impacto real del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas en nuestra sociedad? ¿Verdaderamente se puede separar el suceso del movimiento estudiantil en México de Tlatelolco? A pesar de cuanto intentaron justificar este fatídico acontecimiento, no es posible ya separar en el imaginario histórico a Tlatelolco de lo acontecido en el 68.
Gibrán Bazán nació en 1972; a pesar de que formalmente no le tocó vivir el movimiento del 68, él es muy consciente del impacto que este movimiento tuvo, no sólo en los jóvenes que participaron en él, también en su propia generación. En las cintas Los rollos perdidos y en Generación Spielberg desarrolla cómo fueron formativos para su generación tanto la represión inolvidable que mancilló la Plaza de las Tres Culturas como el cine de la época, el cine proyectado en la Cineteca y el cine taquillero de los setenta y los ochenta.
Generación Spielberg
Pocos años después de Los rollos perdidos, con el apoyo de Procine, Bazán se aventuraría a elaborar su primer largometraje: Generación Spielberg.
En cuanto a sus influencias para esta cinta el cineasta menciona siempre a su maestro Juan López Moctezuma, un director galardonado y muy propositivo, autor de cintas como Alucarda y La mansión de la locura. Se lamenta de que su nombre no sea tan sonado en sus tierras, pero se contenta con el ciclo que le dedican en Francia año con año para conmemorar su trayectoria después de su fallecimiento. López Moctezuma no sólo lo influyó en su labor de cineasta, también fue como un segundo padre para Bazán.
La Generación Spielberg conjuga seis historias en un eje compartido: la claustrofobia y la añoranza. Grabada prácticamente en interiores, las historias de los personajes se entrecruzan en espacios cerrados que denotan una profunda crisis existencial: los personajes están cautivos en sí mismos y no pueden contactar con los demás. ¿Hasta qué punto tienen el control para no repetirse? ¿Qué han aprendido?
Bazán reflexiona sobre el impacto que tuvo la cultura pop y la filosofía en su generación, sobre el sentir de aquellos jóvenes que llegaban a la adultez frente a las grandes expectativas que les fueron sembradas en su juventud, junto con las enormes decepciones de su actual madurez.
La primera de las historias se desarrolla bajo las sábanas en un limbo cálido y elástico, una intimidad lúdica e introspectiva. La segunda historia es protagonizada por una algazara de escritores que se transporta jubilosa en una camioneta, que bien podría semejarse a una jaula desde la que resuenan trinos y risotadas mientras son trasladados a una convención a la que fueron requeridos como “escritores invitados de honor”. Entre los presentes destaca Tito, el personaje de Bruno Bichir, similar al Poeta que invoca a las musas antes de aventurarse a la recitación de un poema épico; con esa suerte de clarividencia, Tito hace una invocación con grabadora en mano a la patria como si hablara de una amante, refiriéndose a sus ciudadanos como soldados.
El personaje de Tito es medular en esta cinta conforme se van entretejiendo encuentros y desencuentros: sus declaraciones parecen traducirse en los procesos que van llevando los personajes que se encuentran desorientados por el lugar en el que están en la vida, por los recuerdos que se desdibujan de un individuo a otro, por el mercantilismo ochentero que comparten. Se trata de una encrucijada existencial. La figura de los soldados es importante: así como no hay distinción entre un batallón de soldados, tampoco la hay realmente entre los personajes de la “generación Spielberg” a pesar de que crecieron con una fuerte noción de propósito e individualismo.
La naturaleza estática en el proceso de los personajes es importante; los únicos que abrazan desde el principio este estado de quietud son los amantes con su pacto de permanecer bajo las sábanas. Al final la situación se vuelve de vida o muerte: o se sobreponen y sucumben al vértigo o se quedan presos en el pasado.
Para Bazán es muy importante el ejercicio de introspección para sus personajes; él busca poner a sus personajes en situaciones claustrofóbicas para reflexionar sobre la propia naturaleza claustrofóbica de sus recuerdos de la infancia, de cómo muchos de sus más entrañables recuerdos remontaban a marcas, películas, a un consumo desmedido. Nos describe cómo a veces percibes los propios recuerdos como recuerdos clonados: tu experiencia no fue tuya, fue colectiva y generacional.
El cine de Bazán es contestatario, de trinchera, político y personal. La influencia de López Moctezuma queda latente en su discurso cinematográfico, pero es evidente que Bazán ha encontrado un estilo propio; para él es muy importante mantenerse fiel a sus ideales a través de sus cintas. Ha escrito y dirigido otros dos largometrajes, El Buquinista (2018) y Arrhythmia (2019).
Al final, gracias al cine tenemos un medio muy detallado y enriquecedor para revisitar nuestra historia, nuestra propia identidad, nuestra ciudad, lo que ha sido, además de un atisbo de en lo que se convertirá.
*Oriunda de la Ciudad de México. Se formó como filóloga clásica por la unam. Además de participar en diversos coloquios de la institución con ponencias sobre recepción clásica en el cine, colaboró con tres ensayos en el libro Antiguos y modernos, materiales para el estudio de la recepción clásica. También se desempeña como periodista, con la música y el cine como punto focal.