Victoria alada en 1957

 
 

Institución: Archivo Tomás Montero

A las dos horas con cuarenta minutos de la mañana del 28 de julio de 1957, sobre la falla mesoamericana y 358 kilómetros al sur de la Ciudad de México, un terremoto de magnitud 7.5 en la escala de Richter tuvo su epicentro en San Marcos, Guerrero, causando alarma y destrucción en Chilpancingo, Ayutla y Chilapa antes de alcanzar su onda expansiva a la capital del país.

Emilio Rosenblueth, director del Instituto de Ingeniería de la unam, elaboró en 1958 el reporte que explicaría el intenso movimiento telúrico. Entre los daños provocados, el icónico edificio Corcuera del Paseo de la Reforma vio su estructura afectada catastróficamente. También sobre aquella avenida principal del entonces Distrito Federal, otra alta edificación, frecuente motivo de postales y fotografías, se afectó visiblemente. La estatua del llamado Ángel de la Independencia cayó desde lo alto de la columna y diversos periódicos mostraron en sus primeras planas aquella escultura retorcida.

 

Entre los monumentos conmemorativos que el régimen de 1910 eligió para celebrar el primer centenario de la soberanía en México, al arquitecto Antonio Rivas Mercado le fue encargado proyectar una columna trajana (de 36 metros de altura) sobre la que descansaría una Niké. Roberto Gayol construyó el templete base sobre la calle, levantó la columna hasta 42 metros y dio basamento al conjunto escultórico inferior y superior. Victoria Alada de Samotracia, su guirnalda de laurel y su cadena rota son alusiones claras a una opresión que acaba de superarse. Forjado en acero y recubiertoa de cantera, el altísimo pilar no sufrió daño alguno durante el temblor de 1957. Sin embargo, la alegoría coronada, obra del italiano Enrique Alciati, fundida en 1902, sí perdió el equilibrio y se precipitó al suelo. Resuelta en bronce y con recubrimiento áureo, la escultura original pesaba casi siete toneladas, y el impacto al llegar al piso marmóreo la dobló por completo.

 

Tomás Montero Torres, fotorreportero de la oposición política en México, capturó esta imagen con una cámara Rolleiflex de óptica doble y diseño portátil. Montero colaboró en las páginas de La Nación, la revista del Partido de Acción Nacional (pan), que dirigió Carlos Septién García, y documentó con su lente la represión que sufrieron ferrocarrileros, profesores y estudiantes a mediados del siglo xx. En esta imagen destaca el formato cuadrado de la toma: la película que alimentaba las cámaras alemanas de Zeiss Schneider era de 6 x 6, acentuado por la precisión geométrica que Montero apunta ubicando la mirada del ángel, los ojos de la escultura, justo a la mitad de su composición. Renuncia al horizonte y prefiere un juego de diagonales de diversa textura como fondo. Tampoco hace nota roja si elige el rostro como interpelación; ese mudo gesto de la estatua que emblematiza al México moderno y ahora yace inerte es metáfora en más de un sentido. Mirar a la Patria no es poética, es mensaje directo y transparente como la militancia de Montero, que no fue de izquierda ni apegada al régimen.

 

Material de apoyo:

González Flores, Laura, “A vuelo de cámara. Fotografía periodística de Tomás Montero Torres.” Disponible aquí.

 

Institución: Archivo Tomás Montero

A las dos horas con cuarenta minutos de la mañana del 28 de julio de 1957, sobre la falla mesoamericana y 358 kilómetros al sur de la Ciudad de México, un terremoto de magnitud 7.5 en la escala de Richter tuvo su epicentro en San Marcos, Guerrero, causando alarma y destrucción en Chilpancingo, Ayutla y Chilapa antes de alcanzar su onda expansiva a la capital del país.

Emilio Rosenblueth, director del Instituto de Ingeniería de la unam, elaboró en 1958 el reporte que explicaría el intenso movimiento telúrico. Entre los daños provocados, el icónico edificio Corcuera del Paseo de la Reforma vio su estructura afectada catastróficamente. También sobre aquella avenida principal del entonces Distrito Federal, otra alta edificación, frecuente motivo de postales y fotografías, se afectó visiblemente. La estatua del llamado Ángel de la Independencia cayó desde lo alto de la columna y diversos periódicos mostraron en sus primeras planas aquella escultura retorcida.

Entre los monumentos conmemorativos que el régimen de 1910 eligió para celebrar el primer centenario de la soberanía en México, al arquitecto Antonio Rivas Mercado le fue encargado proyectar una columna trajana (de 36 metros de altura) sobre la que descansaría una Niké. Roberto Gayol construyó el templete base sobre la calle, levantó la columna hasta 42 metros y dio basamento al conjunto escultórico inferior y superior. Victoria Alada de Samotracia, su guirnalda de laurel y su cadena rota son alusiones claras a una opresión que acaba de superarse. Forjado en acero y recubiertoa de cantera, el altísimo pilar no sufrió daño alguno durante el temblor de 1957. Sin embargo, la alegoría coronada, obra del italiano Enrique Alciati, fundida en 1902, sí perdió el equilibrio y se precipitó al suelo. Resuelta en bronce y con recubrimiento áureo, la escultura original pesaba casi siete toneladas, y el impacto al llegar al piso marmóreo la dobló por completo.

Tomás Montero Torres, fotorreportero de la oposición política en México, capturó esta imagen con una cámara Rolleiflex de óptica doble y diseño portátil. Montero colaboró en las páginas de La Nación, la revista del Partido de Acción Nacional (pan), que dirigió Carlos Septién García, y documentó con su lente la represión que sufrieron ferrocarrileros, profesores y estudiantes a mediados del siglo xx. En esta imagen destaca el formato cuadrado de la toma: la película que alimentaba las cámaras alemanas de Zeiss Schneider era de 6 x 6, acentuado por la precisión geométrica que Montero apunta ubicando la mirada del ángel, los ojos de la escultura, justo a la mitad de su composición. Renuncia al horizonte y prefiere un juego de diagonales de diversa textura como fondo. Tampoco hace nota roja si elige el rostro como interpelación; ese mudo gesto de la estatua que emblematiza al México moderno y ahora yace inerte es metáfora en más de un sentido. Mirar a la Patria no es poética, es mensaje directo y transparente como la militancia de Montero, que no fue de izquierda ni apegada al régimen.

Material de apoyo:

González Flores, Laura, “A vuelo de cámara. Fotografía periodística de Tomás Montero Torres.” Disponible aquí.

 

 

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