El latido de la selva:

Bajo la bóveda verde de la selva tropical emergió una de las civilizaciones más asombrosas de la Antigüedad. Lejos de ser un obstáculo, este entorno fue para los mayas aliada y refugio. En un entorno de lluvias torrenciales y suelos delgados, desarrollaron ingeniosas formas de agricultura sostenible —desde la milpa de roza y descanso hasta terrazas e irrigación— que les permitieron alimentar a grandes poblaciones durante siglos. Ciudades enteras florecieron en la espesura, integrándose al paisaje con sistemas de canales, chultunes (cisternas excavadas en roca) y campos elevados. Este equilibrio ecológico no fue azar: surgió de conocimientos transmitidos por generaciones y de un profundo respeto por la naturaleza. “Para trabajar en el monte hay que pedir permiso a los dueños del bosque... agradecer con rituales especiales a los dioses por la lluvia y la cosecha”, cuentan los herederos de esta tradición de la milpa. Tal simbiosis entre cultura y naturaleza es el eje de nuestra travesía. La resiliencia maya se forjó también en la adversidad. La misma selva que nutría a sus comunidades ponía a prueba su ingenio y fortaleza. Incontables rutas se abrían paso entre ceibas gigantes y pantanos; los mayas las recorrieron una y otra vez para comerciar, guerrear y peregrinar. Sus ciudades-Estado nunca estuvieron aisladas, sino conectadas por redes de caminos blancos (sacbeob) y ríos caudalosos como arterias vivas de un organismo cultural. Los desafíos ambientales —sequías, densidad poblacional, competencia por recursos— estimularon innovaciones agrícolas y alianzas políticas en constante adaptación. En los momentos críticos, la sociedad maya demostró flexibilidad para reorganizarse y persistir. Este espíritu de adaptación y continuidad, más que cualquier mito sobre “astronautas” antiguos, es la verdadera hazaña que esta exposición explora. Invitamos al visitante a adentrarse en la selva maya, a escuchar sus voces de piedra y a descubrir cómo un pueblo entrelazó su destino con la naturaleza, convirtiendo la jungla en cuna de cultura, campo de batalla y templo sagrado.

La resiliencia maya

Bajo la selva chiapaneca, la antigua Lakamhá —hoy Palenque— aguardó siglos en silencio. Tras su abandono entre los siglos ix y x, la ciudad quedó cubierta por raíces, humedad y olvido. Sí, estaba ahí, pero fuera de las comunidades mayas cercanas: permanecía en la bruma de la leyenda.

El mundo virreinal la pasó por alto hasta que, a finales del siglo xviii, circularon noticias de ruinas extraordinarias. Entonces surgió el interés de clérigos ilustrados, funcionarios y viajeros que pudieron verla con ojos nuevos.

Llegaron expediciones con cuadernos y brújulas. Desde ese primer redescubrimiento, Palenque se volvió enigma que convoca a la investigación. Con esto como guía, nos internamos ahora en su corazón: el recinto funerario de K’inich Janaab’ Pakal.



Cabeza antropomorfa modelada en estuco sobre una base de lajas de caliza. Representa el rostro de Pakal, un personaje de alta alcurnia, en actitud hierática, con la boca semiabierta, mostrando los incisivos mutilados. Lleva un peinado escalonado y dispuesto en mechones rectangulares rematado con un alto toque de cabellos sobrepuestos en forma curva hacia el frente y le ciñe una diadema frontal compuesta de pequeñas placas rectangulares con tres motivos florales alternando. [Mediateca inah].

En la penumbra inicial, una escena emblemática nos da la bienvenida: la lápida esculpida del sarcófago de K’inich Janaab’ Pakal en Palenque. Allí, el difunto gobernante aparece reclinado mientras un majestuoso árbol cósmico —la ceiba sagrada— lo conecta con los tres niveles del universo. Abajo se abren las fauces de una serpiente del inframundo y arriba aletea un ave celestial, representando el plano supraterrestre. La fotografía que reproduce el recinto mortuorio del Museo Nacional de Antropología (mna), del Instituto Nacional de Antropología e Historia (inah), describe el tránsito ritual del gobernante por el eje del cosmos al morir, un ciclo de muerte y de renacimiento inscrito en símbolos naturales.



Reproducción del recinto mortuorio de Pakal en el Museo Nacional de Antropología, 1952. [Foto: Jorge Russ].

El propio Alberto Ruz Lhuillier, arqueólogo que descubrió la tumba de Pakal en 1952 bajo el Templo de las Inscripciones, intuyó que aquella escena tallada debía encerrar “algo esencial de la religión maya”. Este programa visual es un compendio de cosmovisión y legitimidad: explica por qué los reyes mayas gobernaban (mandato divino), cómo dialogaban con dioses y ancestros a través de la naturaleza, y de qué modo la muerte era un pasaje transformador para mantener el orden cósmico. La crítica académica —como la del arqueólogo, Dr. Humberto Medina— nos recuerda que debemos leer entendiendo su verdadero significado y no solamente por mitos o leyendas persistentes.

El arqueólogo Ruz Lhuillier en la tumba de Pakal, ca. 1952, Palenque. Descubrió la tumba de K’inich Janaab’ Pakal I (Pakal “el Grande”) dentro del Templo de las Inscripciones. Halló una escalinata sellada (excavada desde 1949) que conducía a una cripta funeraria; abrió la cámara de un sarcófago monolítico cuya tapa esculpida es célebre. Dentro se encontraron el esqueleto del gobernante, su máscara funeraria de jade y un rico ajuar (ornamentos de jade, conchas y otras ofrendas). Museo Nacional de Antropología. [Foto: Jorge Russ].

La simbiosis con la naturaleza definió cada aspecto de la vida maya. Sus dioses habitaban ceibas, cuevas y montañas; sus rituales invocaban la lluvia, el maíz y la fertilidad de la tierra. La agricultura tradicional de la milpa —que combina maíz, frijol, calabaza y otras plantas— no sólo garantizaba la subsistencia, sino que estaba imbuida de espiritualidad: sembrar y cosechar implicaba rezos a Chaac (Dios de la Lluvia) y ofrendas a Yum Káax (Señor de la Vegetación).

El hallazgo de la tumba de Pakal demostró que las pirámides mayas podían ser monumentos funerarios. Éstas son notas de trabajo posterior a 1973 que integra epigrafía (nombres/fechas) con observación de campo para armar un relato histórico-arquitectónico de Palenque y un resumen cronológico de las campañas de excavación y restauración que culminan con la apertura de la tumba (1952) y acciones de conservación en los años siguientes.

Las ceremonias del Fuego Nuevo, las danzas de fertilidad y los sacrificios de sangre buscaban mantener el delicado equilibrio entre los humanos y su entorno. Incluso la planificación urbana reflejaba la armonía cosmológica: muchos centros ceremoniales se alineaban con eventos astronómicos (solsticios, equinoccios) para sincronizar la arquitectura con los ciclos naturales. En sitios como Chichén Itzá, por ejemplo, la luz desciende en forma de serpiente por la escalinata del Castillo cada equinoccio, evidenciando cómo los mayas integraron ciencia, arte y naturaleza en una sola expresión. La selva no era un mero telón de fondo: era parte activa de la religión y la política, un interlocutor al cual había que respetar y apaciguar mediante rituales. Este vínculo sacro con el ambiente les otorgó a las ciudades mayas una resiliencia única, pues su identidad colectiva dependía tanto del reino vegetal y animal como de las pirámides de piedra. A ello se sumaba la escritura jeroglífica, donde cada glifo no sólo registraba hechos históricos o calendáricos, sino que condensaba significados sagrados, metáforas de la naturaleza y principios de orden cósmico. Los glifos eran, en sí mismos, una extensión del mundo visible y del invisible, una forma de dar permanencia a los dioses, los ciclos del tiempo y la memoria de los gobernantes, convirtiendo la palabra escrita en un puente ritual entre lo humano y lo divino.

El glifo Ch’ok significa "joven" o "hijo", y en contextos rituales y políticos se utilizaba para designar al príncipe heredero.

La fortaleza de los guerreros mayas también se fraguó en íntima relación con la selva. Desde temprana edad, los nobles aprendían el arte de la cacería y la orientación entre la maleza, habilidades que luego aplicaban en la guerra. Las crónicas pictóricas muestran a reyes y guerreros ataviados con pieles de jaguar y penachos de quetzal, incorporando la esencia de los depredadores de la jungla para infundir valor y astucia. En las batallas en las Tierras Bajas requerían moverse sigilosamente entre ceibas y ramales de río; no es casual que la emboscada fuera una táctica predilecta maya, aprovechando la cubierta vegetal para sorprender al enemigo. Muchas ciudades fortificaron sus fronteras naturales: emplearon barreras de estacas, fosos y empalizadas de madera integradas al terreno selvático para canalizar al adversario hacia zonas desfavorables. Los nacom, o jefes militares, dirigían ejércitos de combatientes disciplinados que soportaban marchas extenuantes bajo calor, lluvia y mosquitos —una prueba de temple físico y mental—. La guerra ritual añadía otro matiz: no sólo era importante vencer, sino capturar prisioneros ilustres para sacrificios públicos, reafirmando así el orden cósmico.



Figurilla antropomorfa de un guerrero maya. (Jaina, Campeche, ca. 600-750). Fotografía de 1950. [Mediateca inah].

Estas contiendas por territorios y rutas también eran luchas por controlar santuarios naturales (cenotes, grutas sagradas, montañas oraculares), cuyo dominio confería prestigio y poder. En suma, la jungla fue escuela de estrategia y supervivencia: moldeó guerreros resistentes y astutos, cuyo conocimiento del terreno les daba ventaja sobre invasores menos familiarizados con él. La selva, con sus peligros y dones, templó el carácter maya en la paz y en la guerra, enseñándoles que cultura y naturaleza debían luchar juntas para prevalecer.



Guerreros mayas en batalla; escena en frescos de Bonampak (1947). [Mediateca inah].

¿Por qué iniciar aquí nuestro recorrido? Porque esta visión integrada de la ecología, la espiritualidad y la defensa territorial es la “raíz” que nutre todos los temas posteriores. La estrecha relación entre los mayas y su medio ambiente permitió el surgimiento de ciudades espléndidas y redes de comercio y conocimiento que ahora exploraremos. Comprender cómo una civilización prosperó en equilibrio con la selva —y la defendió cuando fue necesario— nos prepara para seguir sus rutas y descubrir sus memorias históricas con una apreciación más profunda. Nos internamos en un mundo maya conectado, donde cada ciudad es un nodo vivo entre la tierra y el cielo. La presente exposición no pretende cubrir el vasto mundo maya, sino llevarnos por una jornada para comprender la mezcla de resiliencia de sus ciudades, su espiritualidad y cosmogonía llena de respeto a su entorno, la supervivencia de su cultura y la discreción que otorga la selva en la construcción de este intrincado mundo de ciudades conectadas.

Relieve maya: el Gemelo Divino derrota a los Señores del Inframundo. La esfera central evoca el retorno del Sol y de la luz. Ese triunfo restablece el orden cósmico y abre un mundo habitable, en equilibrio con selva y agua. Mito-guía de rituales, del Juego de Pelota y del poder sagrado que articula territorio y comunidad.

Al profundizar en la conexión entre los guerreros mayas, la selva y su visión del mundo, podemos adentrarnos en la gran narrativa de su civilización. Su historia no es lineal, sino una serie de transformaciones que se desarrollaron a lo largo de siglos, adaptándose y evolucionando dentro de este entorno único. Para comprender mejor este proceso, hemos dividido su trayectoria en tres grandes capítulos. El primero nos lleva al periodo Preclásico, cuando los cimientos de esta cultura se forjaron. A partir de ahí, exploraremos el florecimiento de la sociedad en el periodo Clásico, una era de logros en cuanto a su desarrollo sin precedentes. Finalmente, analizaremos el periodo Posclásico, marcado por la resiliencia y el cambio, desde el colapso gradual de sus grandes ciudades hasta la pérdida completa de independencia política. Con este marco referencial cerramos la sala introductoria.

El mundo maya funcionó como una red de ciudades-Estado conectadas por “carreteras de agua” —grandes ríos navegables— y senderos entre la selva. No fue un imperio unificado, sino múltiples capitales independientes que compartían calendarios rituales, escritura glífica y un repertorio religioso común, al tiempo que competían por prestigio, tributo y control de rutas. Por esos corredores circulaban bienes valiosos: jade del Motagua (río de Guatemala, fuente principal del jade mesoamericano), obsidiana de las montañas, cacao, sal y plumas de quetzal, junto con intercambios inmateriales como matrimonios políticos, embajadas diplomáticas y alianzas militares. En otras palabras, los mayas tejieron un mapa geopolítico dinámico donde la cooperación y la rivalidad iban de la mano (Sharer & Traxler, 2006; Cobos, 2019).

Bruma y agua en Ocosingo, Chiapas. Así pudieron amanecer las antiguas “carreteras de agua” del mundo maya corriendo sobre el río Usumacinta. No era un imperio único, sino una red de ciudades-Estado que cooperaban y competían enlazadas por ríos y senderos. La selva no separaba: conectaba.

Estas cortes mayas mantuvieron vínculos estrechos con Teotihuacan, la Tollan del Altiplano central. Las fuentes jeroglíficas la nombran con un glifo que significa “Lugar de los Junquillos”, equivalente al apelativo nahua Tollan, y la presentan como foco legítimo de poder (Stuart, 1998; Martin & Grube, 2000).

¿Qué tanto poder? Durante varias décadas de investigación se han identificado vínculos estrechos entre el asiento dinástico maya de Tikal (actual Guatemala) y la metrópoli hegemónica de Teotihuacan en el Altiplano central. Estas conexiones replantearon la naturaleza de los lazos políticos a larga distancia y de posibles formas de control cuasi imperial en Mesoamérica (Stuart, 2000; Braswell, 2003; Stuart, 2000, 2024). En Tikal, los indicios abarcan entierros reales en la Acrópolis Norte y, de forma crucial, el Grupo 6C-XVI, donde aparecieron molduras talud-tablero —el sello arquitectónico teotihuacano— y el Marcador de Tikal, una pieza que alude a élites de Teotihuacan y a una probable conquista en 378 d.C., episodio conocido como La Entrada (Proskouriakoff, 1993; Stuart, 2000, 2024).

La obsidiana de las zonas del Altiplano volcánico era materia preciosa de intercambio con la zona maya, donde son evidentes las rutas comerciales que se trazaron entre las principales ciudades que mantuvieron su hegemonía por 10 siglos. [Foto: Jorge Russ].

Esculpida en el Clásico Temprano (250-650 d.C.), esta pieza registra los vínculos de Tikal con Teotihuacan y la posible conquista de Tikal por los señores teotihuacanos y las relaciones con su estirpe hacen perenne la influencia teotihuacana en el entorno maya. En el frente aparece K’awil Chann, “Cielo Tormentoso”, séptimo gobernante de Tikal. Sobre su cabeza, su padre Huh Chaan Mah K’ina, “Nariz Rizada”, legitima su mandato. Los laterales muestran a “Nariz Rizada” con atavíos teotihuacanos y los glifos del reverso conmemoran el gobierno de “Cielo Tormentoso” y las hazañas de “Nariz Rizada” y su pariente “Rana Humeante”. [Foto: Jorge Russ].

Lejos de ser un contacto episódico, la impronta teotihuacana en Tikal redefinió jerarquías y ambiciones mayas. La “Entrada” instauró nuevos lenguajes de poder —arquitecturas, emblemas y genealogías— que irradiaron por la selva. Con ese precedente, las cortes perfeccionaron dominios a larga distancia y la disputa por rutas, tributos y prestigio. La política se polarizó en redes suprarregionales, donde cada alianza podía inclinar el equilibrio. Sobre ese escenario se alza el tablero del Clásico: Mutul (Tikal) frente a Kaan (Calakmul), con decenas de ciudades moviendo sus piezas.



Esculpida en el Clásico Temprano (250-650 d.C.), esta pieza registra los vínculos de Tikal con Teotihuacan. La posible conquista de Tikal por los señores teotihuacanos y las relaciones con su estirpe hacen perenne la influencia teotihuacana en el entorno maya. En el frente aparece K’awiil Chaan, “Cielo Tormentoso”, séptimo gobernante de Tikal. Sobre su cabeza, su padre Huh Chaan Mah K’ina, “Nariz Rizada”, legitima su mandato. Los laterales muestran a “Nariz Rizada” con atavíos teotihuacanos y los glifos del reverso conmemoran el gobierno de “Cielo Tormentoso” y las hazañas de “Nariz Rizada” y su pariente “Rana Humeante”. [Foto: Jorge Russ].

Ubicados ya los grandes corredores y bloques políticos, podemos entender mejor el periodo Clásico (ca. 250-900 d.C.) siguiendo tres historias entrelazadas de amplio alcance: 1) el duelo de superpotencias entre Tikal (Mutul) y Calakmul (Kaan); 2) la puesta en escena del poder en Yaxchilán (símbolos, tumbas y tronos); y 3) la propaganda pictórica de Bonampak. Estas narrativas ejemplifican cómo la política maya clásica fue un sistema interconectado, no una colección de historias aisladas.



Tikal, templo 18 (Guatemala). El poderío y la hegemonía de Tikal en el sur se confrontó a los de Calakmul (Campeche) por la prevalencia, las crisis y la prosperidad que forjaron este periodo Clásico. [Mediateca inah].

El tablero mayor: Tikal vs. Calakmul


Tikal: la Ciudad de las Voces


Entre la selva del Petén guatemalteco se levantó Tikal, y frente a ella, en el oriente de Campeche (México), prosperó Calakmul. Eran dos gigantes separados por extensiones de bosque, pero unidos por rutas de guerra, comercio y diplomacia constantes. A su alrededor orbitaban ciudades aliadas que se movían de un lado a otro entre ambos polos, según soplaban los vientos de la política, mientras los ríos Usumacinta (al oeste) y Motagua (al sureste) servían de arterias para movilizar bienes, ejércitos y embajadas reales. Desde estos dos “ejes” de poder se tejieron victorias militares, matrimonios entre dinastías rivales y cambios de lealtad que redibujaron el mapa maya una y otra vez.

Calakmul, el segundo eje de prosperidad y crisis del periodo Clásico en el actual Campeche. [Mediateca inah].

Calakmul, el segundo eje de prosperidad y crisis del periodo Clásico en el actual Campeche. [Mediateca inah].

El poder adyacente: Calakmul


Documentos epigráficos compilados por Martin & Grube (2008) narran episodios cruciales: la derrota de Tikal en 562 d.C. a manos de una alianza liderada por Calakmul, que sumió a la primera ciudad en un largo silencio (no erigió estelas fechadas por 130 años); más tarde, la recuperación de Tikal bajo Jasaw Chan K’awiil I culminó en la decisiva victoria de 695 d.C. sobre Calakmul, capturando a su rey Yuknoom Yich’aak K’ahk’, lo que reordenó las hegemonías regionales. Calakmul, por su parte, jugó partidas a larga distancia: en 736-738 d.C. fomentó la rebelión de Quiriguá contra Copán —un movimiento calculado para debilitar a un aliado de Tikal—, resultando en la ejecución de 18 Conejo, decimotercer rey de Copán, y en una sacudida del equilibrio político en el sureste (Stuart, 2012; Martin & Grube, 2008).

¿Por qué importa? Porque estas “finales de Game of Thrones” mayas explican por qué unas ciudades crecieron mientras otras decayeron. La política clásica no fue estática ni local: fue una trama de poderes interdependientes donde el auge o caída de un reino repercutió en muchos otros (Sharer & Traxler, 2006). En suma, Tikal y Calakmul actuaron como polos opuestos de un mismo sistema, arrastrando en su competencia a decenas de ciudades vecinas y creando épocas de prosperidad o crisis cuyo eco se siente en todo el mundo maya.

Yaxchilán-Piedras Verdes. Templo maya de Yaxchilán, también conocido como “El Templo de los Vasallos”, con una fachada de piedra ricamente decorada y crestería. [Foto: Jorge Russ].

Yaxchilán: el poder también se viste con piedras


El río Usumacinta: autopista hídrica y escaparate del poder. Este poderoso río operó como una supercarretera acuática que comunicaba reinos y mercados. En un meandro estratégico de este río, la ciudad de Yaxchilán controló el paso fluvial y consolidó su hegemonía regional. Sus dinteles esculpidos y estelas erguidas exhiben elaborados rituales de sangre (autosacrificios de la realeza) y ceremonias cortesanas, demostrando el papel del arte en la propaganda política.



Dintel, pieza arquitectónica de soporte sobre puertas y ventanas. Más allá de su función estructural, era un lienzo para tallar relieves que documentan su historia y rituales.

El Dintel 17 de Yaxchilán, creado en 770 d.C., muestra al gobernante Pájaro Jaguar IV y a su esposa Lady Balam-Ix en un ritual de autosacrificio. La escena, tallada en piedra caliza, los retrata participando en un ritual de sangría. Ella le está pasando una cuerda por la lengua para extraerle sangre como parte de la ceremonia. Esta pieza, que se encuentra en el Museo Británico en Londres, documenta la importancia de los rituales en la cultura maya.

A orillas del Usumacinta, Yaxchilán difundió su mensaje de autoridad esculpiéndolo en piedra y vistiéndolo sobre los cuerpos de sus élites. En la zona central de esta ciudad se han localizado 42 contextos funerarios, incluidas seis tumbas reales del Clásico Tardío ubicadas en los edificios principales y acompañadas por dos tronos lujosos —los únicos encontrados en el sitio—, lo que delata que allí se concentraba un núcleo palaciego-ritual de altísima relevancia (Fierro Padilla & García Moll, 2022). Los ajuares de estas tumbas repiten un auténtico alfabeto del prestigio, donde cada materia prima y objeto tenían significados simbólicos profundos:

Jade - símbolo de vida, fertilidad y linaje real (su verdor evocaba al maíz nuevo y a la eternidad del alma).

Concha Spondylus - con su color rojo anaranjado, representaba la sangre, el mar y la abundancia, conectando el mundo terrestre con el inframundo acuático.

Pieles de jaguar - emblema de fuerza, autoridad y legitimidad dinástica; el gobernante asumía atributos del jaguar, señor de la noche y del inframundo.

Punzones de autosacrificio (de espina de raya o hueso) - instrumentos para extraer sangre real en rituales, indicando piedad y capacidad de mediación con lo sagrado.

Cinabrio (polvo rojo de mercurio) - sustancia aplicada sobre osamentas. Símbolo de renovación en el más allá (el rojo de la vida que se espera retorne).

Concha trabajada y decorada. El molusco Spondylus, muy apreciado por las culturas mesoamericanas, representaba la abundancia y la conexión de la tierra con el inframundo acuático.

Aunque esta pieza fue encontrada en el Altiplano, es prueba del uso extendido del molusco con los mismos motivos y creencias alrededor de él en toda Mesoamérica. Reconstrucción de Ofrenda 2, encontrada en el Palacio Quemado, Tula.

En algunas tumbas de Yaxchilán, el difunto reposó sobre pieles de jaguar y su ajuar incluyó cientos de cuentas de jade finamente talladas, diademas, colgantes con glifos y vasos decorados, rodeado todo de cinabrio. En pocas palabras: el poder se veía, se tocaba y hasta se olía en cada detalle del entierro (al descomponerse, el cinabrio despide un olor peculiar). ¿Por qué importa? Porque estos símbolos funerarios conectan con lo visto en Palenque y otras capitales: la legitimación real no era sólo discurso escrito, era una experiencia multisensorial.

La autoridad maya se materializaba en arquitectura fastuosa, joyas verdes, tronos esculpidos y ceremonias sangrientas. De hecho, recordemos cómo Pakal en Palenque se representó viajando por el árbol cósmico rodeado de esos mismos elementos (aves, serpiente, sangre ofrendada), evidencia de que la cosmovisión y la afirmación del poder político iban de la mano (Sharer & Traxler, 2006). Yaxchilán nos enseña que el poder maya “se vestía”: en vida, los reyes portaban joyas y atuendos como investidura divina; en muerte, esos objetos sacros acompañaban al ajaw para garantizar su renacimiento y el equilibrio del cosmos.

Máscara y ajuar de jade de Pakal, El Grande. Orejeras, collares, pectoral, brazaletes y anillos tallados en jade, la piedra sagrada del mundo maya. En este caso, encontrada en la tumba de Pakal en Palenque. Su verde —asociado al maíz, el agua y el renacer— proclamaba poder en vida y garantizaba el tránsito al más allá. Museo Nacional de Antropología.

Máscara funeraria de jade. Era el mayor honor ser enterrado con este material. Estructura VII, Tumba 1, Calakmul, Campeche (ca. 200-900 d.C.).

Fiel reproducción fotográfica de murales de Bonampak. Mural de Bonampak, Chiapas, que ilustra una escena de la vida cortesana maya, con guerreros, dignatarios y un señor principal.

Bonampak: cuando los murales hablan. La maquinaria de la propaganda


Tierra adentro, a unos cuantos días de camino desde Yaxchilán, se oculta Bonampak, un centro menor en tamaño pero mayor en legado pictórico. Subordinada políticamente a Yaxchilán, esta zona dejó hacia 791 d.C. un tesoro visual insustituible: tres cuartos cuyas paredes completas fueron pintadas como un cómic histórico en tres actos. En la Sala 1 de Bonampak, una colorida escena de batalla muestra guerreros con penachos y escudos chocando en combate cuerpo a cuerpo, lanzas y atlatls en ristre. La Sala 2 presenta el momento posterior: nobles vencedores supervisando a prisioneros desnudos y sometidos, uno de ellos siendo preparado para el sacrificio (se ve a un cautivo con las uñas arrancadas, una señal de humillación extrema), mientras escribanos registran la victoria. La Sala 3 culmina con un gran ritual: los señores de Yaxchilán y Bonampak, ataviados en trajes ceremoniales, realizan autosacrificio pasando cuerdas con espinas por sus lenguas, al son de músicos con trompetas y tambores, seguido de danzas triunfales. Las pinturas han sido elogiadas por su detalle casi “fotográfico”: se distinguen expresiones de dolor, alegría y solemnidad en los rostros, haciendo de estos murales una suerte de crónica viva. Estas obras no son simple decoración, son propaganda política en toda regla, destinada a impresionar a quien ingresara al templo. Celebran la alianza Yaxchilán–Bonampak resaltando la piedad y ferocidad de sus élites para asegurar la lealtad de sus súbditos locales (Villanueva, 2020).

¿Por qué importa? Porque demuestra que el arte maya fungía también como medio masivo de comunicación. Igual que un dirigente emitía un edicto, un mural declaraba públicamente el orden establecido: quien entraba en aquellas salas “leía” la victoria militar, la jerarquía social y la devoción de la corte gobernante, todo de un vistazo y en colores deslumbrantes. Bonampak es el recordatorio de que, en ausencia de imprenta o televisión, los antiguos mayas utilizaron sus paredes como lienzos de memoria y mensaje político. La voz de esos pigmentos —guardada durante siglos por la selva que selló las ruinas— nos habla hoy con una claridad sobrecogedora de cómo se construía el consenso (y el temor) en la sociedad maya.

Chichén Itzá y Uxmal, ca. 900-1200/1250 d.C.


Tras el colapso de las capitales clásicas (siglo ix), el norte de Yucatán cobró protagonismo; Chichén Itzá emergió como metrópoli híbrida donde la élite maya se asoció con grupos procedentes de Tula, la Tollan tolteca (Ringle, Gallareta & Bey, 1998). Crónicas yucatecas recuerdan la llegada de Kukulkán —versión maya de Quetzalcóatl— y estudios recientes aportan epigrafía, iconografía y rasgos arquitectónicos que confirman un influjo directo tolteca hacia comienzos del siglo x (Bíró & Pérez, 2025).

Marcador de Juego de Pelota en Toniná. [Foto: Jorge Russ].

Este juego y sus reglas se extendieron desde el Altiplano por toda la región hacia el sur, entendiendo que a partir de un objeto cultural es posible trazar aún más conexiones de intercambios e influencias pacíficas o de conquista.

Aro de Juego de Pelota, Tula. [Foto: Jorge Russ].

Como complejo ritual panmesoamericano, el Juego de Pelota articuló una cosmología compartida (ciclos solares, inframundo, fertilidad) y produjo coherencia simbólica entre sociedades diversas. Funcionó como performance pública de poder y pertenencia: legitimó élites, cohesionó comunidades y canalizó conflictos mediante reglas y sacrificio ritual.

La conexión “mexicanizada” es visible:

Templo de Kukulkán (pirámide radial) y su serpiente de luz en los equinoccios;

Templo de los Guerreros y bosque de columnas con atlantes, paralelo al Templo B de Tula;

Chacmools, tzompantli y relieves de águilas‑jaguares devorando corazones, motivos militares ajenos al canon maya clásico; y

difusión de divinidades centrales de Tula —Kukulkán/Quetzalcóatl, Tláloc, Mixcóatl— en contextos ceremoniales y cenotes sagrados (Pérez Suárez, 2022).

La epigrafía tardía (estudio de inscripciones antiguas) alude incluso a mensajeros de Tula y a migrantes instalados en la ciudad; un disco glífico hallado en Chichén menciona a un dignatario foráneo, reforzando la lectura de “alianza presencial” más que una simple moda (Bíró & Pérez, 2016).

El sur entraba en agonía al final del Clásico. En paralelo, el norte de la península de Yucatán tomó la estafeta del desarrollo maya. Se configuró entonces un nuevo paisaje urbano, político y comercial, marcado por plazas enormes, arquitectura de precisión astronómica y redes de comercio marítimo que movían sal, algodón, miel, conchas, turquesa y metales preciosos a lo largo de las costas. Este periodo Posclásico Temprano vio la colaboración (y ocasional confrontación) entre al menos dos grandes centros: Chichén Itzá y Uxmal, cuyas hazañas hacen parecer que “el cielo bajaba por las escaleras” para legitimar a sus gobernantes.


Panorámica de la Pirámide del Adivino en Uxmal, Yucatán.

Uxmal y Chichén Itzá: arquitectura de la lluvia y astronomía aplicada


Uxmal: el arte de hacer llover (el Puuc en su cumbre). En la región de colinas bajas conocida como Puuc, Uxmal se erigió como capital y refinó un lenguaje arquitectónico singular. Sus edificios combinan dos texturas: los muros inferiores son lisos y austeros, mientras los frisos superiores estallan en mosaicos de piedra componiendo intrincadas máscaras de Chaac (deidad de la Lluvia) repetidas decenas de veces. Esta decoración rítmica —verdaderos tapices pétreos— no era simple estética, era también oración hecha piedra: en un terreno sin ríos ni lagos superficiales, la lluvia lo era todo, y cada máscara de Chaac en las cornisas era una invocación para que el agua bendijera la tierra sedienta.

El esplendor constructivo de Uxmal se aprecia en monumentos como la Pirámide del Adivino (con su planta ovalada y cinco fases superpuestas de construcción), el Cuadrángulo de las Monjas (un conjunto palaciego de cuatro edificios ceremoniales cuidadosamente ornamentados) y el Palacio del Gobernador (una larga estructura sobre una plataforma elevada, con uno de los frisos más largos y exquisitos del arte maya). Todo en Uxmal habla de una élite sofisticada que dominaba geometría, astronomía y simbolismo hídrico a partes iguales (Sharer & Traxler, 2006). Socialmente, Uxmal lideró una constelación de ciudades Puuc menores —Kabah, Sayil, Labná— conectadas por sacbeob (calzadas blancas) y colaboró en un sistema regional de manejo del agua con cientos de chultunes (cisternas subterráneas) y terrazas agrícolas. Todo indica la existencia de una administración descentralizada pero eficaz, capaz de coordinar obras hidráulicas, rituales en diversos sitios y una activa circulación de artesanos, comerciantes y sacerdotes (Cobos, 2019). Uxmal mantuvo su apogeo incluso mientras en el vecino oriente surgía Chichén Itzá; hubo periodos de coexistencia pacífica y probable alianza entre ambas localidades —evidenciados por intercambios estilísticos y quizá matrimonios políticos—, seguidos por momentos de tensión que, según algunas teorías, desembocaron en la caída de Uxmal y el auge definitivo de Chichén (Cobos, 2019).

Detalles de la esquina del Palacio del Gobernador en la zona arqueológica de Uxmal, Yucatán.

Serpiente emplumada de Chichén. Esta escultura, que representa a Kukulcán ("Serpiente Emplumada" en maya), una de las deidades más importantes del panteón maya, se encontraba originalmente en Chichén Itzá. Kukulcán es el equivalente del dios Quetzalcóatl de la cultura mexica y tolteca.

Chichén Itzá: política a escala de plaza (y astronomía en vivo). Asentada junto a los cenotes sagrados de Xtoloc y Sagrado, creció en poder e influencia entre los siglos x y xi d.C. Su grandeza radica en la fusión de innovaciones militares, económicas y religiosas sin precedentes en el mundo maya. Arquitectónicamente, adaptó elementos foráneos (columnas, atlantes, terrazas amplias) dentro de un marco maya. La ciudad fue diseñada para impresionar a multitudes: su plaza principal es de las más vastas de Mesoamérica, capaz de albergar ceremonias con miles de asistentes. Allí se alza El Castillo, cuya famosa ilusión de la serpiente de luz cada equinoccio convertía la observación celeste en espectáculo político. Al pie de la escalinata norte del Castillo, durante esos atardeceres mágicos, la gente veía descender a Kukulkán —manifestado en la luz zigzagueante— y entendía que sus líderes tenían el favor de los dioses del cielo. Alrededor, Chichén Itzá exhibe edificios de funciones especializadas: el Templo de los Guerreros con su bosque de columnas (que sugiere asambleas militares o rituales de Estado), el Juego de Pelota más grande del área maya (cuyo relieve central muestra la decapitación ritual de un jugador, fertilizando la tierra con sangre convertida en serpientes), y El Caracol u Observatorio, con su escalera interior helicoidal y ventanas alineadas con Venus y los solsticios, señal del avanzado conocimiento astronómico de sus sacerdotes.


El Chac Mool y el Castillo de Chichén Itzá [Mediateca inah]. Este conjunto representa la dualidad militar-religiosa y la avanzada astronomía de la cultura maya-tolteca. En medio, el atlante vigilante del Castillo. Estas enigmáticas esculturas son encontradas en buena parte de Mesoamérica.

El Caracol de Chichén Itzá —torre circular con escalinata helicoidal— fue diseñado para observar el cielo con precisión. Sus ventanas y ejes se alinean con fenómenos como las salidas/puestas de Venus y los solsticios, revelando mediciones sistemáticas de ciclos. Ese control astronómico sostuvo calendarios rituales y agrícolas y legitimó el poder político-cosmológico maya.

Esculturas de serpientes emplumadas en el Templo de Kukulkán o El Castillo en la zona arqueológica de Chichén Itzá, Yucatán.

Chichén fue innovadora también en organización: si bien no conocemos nombres de ajawob en sus inscripciones, la variedad de conjuntos ceremoniales llevó a proponer que pudo estar gobernada por un Consejo de linajes (el sistema multepal), en vez de un solo linaje dinástico. Esto habría permitido una administración más colegiada en una ciudad tan diversa y quizá multiétnica.

Lo que sí está comprobado es su rol comercial: Chichén Itzá controló puertos en la costa norte y este de Yucatán (como Isla Cerritos), y desde allí se fomentó un activo tráfico marítimo. Por rutas costeras del Caribe y del Golfo circulaban bienes de prestigio de largo recorrido —cobre y oro de América Central, campanas y anillos de metal del occidente de México, turquesas posiblemente provenientes de Nuevo México y objetos de pedernal estilo centro de México—, integrando a Chichén en una extensa red económica (Cobos, 2019; Sharer & Traxler, 2006).

¿Liga de Mayapán?: coordinación peninsular y ruptura. Los relatos escritos por cronistas mayas y españoles, como las crónicas narradas en el Chilam Balam de Chumayel, señalan que tras la era de Chichén Itzá y Uxmal habría surgido una Liga de Mayapán: una suerte de confederación donde este sitio (cerca de la actual Mérida) tomó la delantera aliándose con los descendientes de Chichén Itzá y Uxmal para compartir el poder. Se dice que esta Liga mantuvo la paz durante algún tiempo antes de romperse por desconfianzas y traiciones. Aunque la evidencia arqueológica aún debate los pormenores, sí sabemos que esta región floreció cuando Chichén fue abandonada alrededor de 1200 d.C., y que, a imitación de esta última, construyó una copia reducida del Castillo de Kukulkán, un salón de columnas parecido al Templo de los Guerreros, e incluso adoptó deidades del panteón itzá (como Kukulkán) en sus inscripciones. Esta apropiación de símbolos sugiere que Mayapán buscaba legitimarse como heredera de la grandeza anterior (Cobos, 2019). Finalmente, hacia mediados del siglo xv, este lugar también colapsó, fragmentándose Yucatán en diversos señoríos rivales (cocomes vs. xiu, etc.), etapa en la que los procesos internos mayas se vieron interrumpidos por la irrupción española en el siglo xvi. Pese a ello, la idea de la Liga nos habla de un intento maya de coordinación panpeninsular, un capítulo tardío de solidaridad (y luego discordia) que refleja la continua adaptación de las estructuras políticas mayas a nuevos desafíos.


Vida social: plazas, mercado y devoción

En estas capitales posclásicas del norte, la vida cotidiana giraba en torno a grandes plazas-escenario. Imaginemos las ferias periódicas: mercaderes llegados de regiones distantes montando tianguis de telas de algodón fino, cerámica policroma, cobijas de plumas y alimentos exóticos; todo ello acompañado de música y bullicio bajo la mirada de las pirámides. Las procesiones religiosas y el Juego de Pelota se convertían en espectáculos cívico-rituales donde la población reforzaba su identidad compartida. El acceso a bienes de prestigio —joyas de turquesa, cascabeles de cobre, ornamentos de concha nácar— marcaba distinciones entre la nobleza y la gente común, pero también proporcionaba medios para el networking político entre élites de distintas ciudades. Los santuarios astronómicos regulaban el calendario de celebraciones: sacerdotes-astrónomos observaban el paso de las estrellas y planetas desde estructuras como El Caracol de Chichén, ajustando con ello las fechas de siembras, cosechas y cobro de tributos (Sharer & Traxler, 2006). Todo esto implicó especialistas altamente capacitados: talladores de piedra, ceramistas, tejedores, comerciantes-marinos y escribas, cuyas labores sostenían la compleja sociedad urbana. En ningún otro momento como en el Posclásico Tardío vemos plazas tan activas y diversas, prefigurando en cierto modo las ciudades mestizas que nacerían después de la Conquista, con mercados y rituales públicos a gran escala. Esta particular ubicación dotaba a estas metrópolis de un carácter único y las mantenía en un equilibrio armonioso con su entorno natural.

A finales del Clásico (siglos xviii-xix), muchas urbes de las Tierras Bajas del sur se despoblaron con relativa rapidez. Lejos del “misterio” sensacionalista, múltiples líneas de evidencia apuntan a un proceso demográfico y ecológico crítico. Para el mayista T. Patrick Culbert, la causa de fondo fue un “desastre demográfico”: tras siglos de crecimiento, las poblaciones alcanzaron densidades altísimas (del orden de ~200 hab/km² en áreas núcleo), sostenidas por una agricultura cada vez más intensiva —con terrazas, acortamiento de barbechos y explotación de campos de humedad extrema—. Cuando los rendimientos comenzaron a caer y la base ecológica perdió resiliencia, la mortalidad se disparó, la natalidad disminuyó y muchas ciudades fueron abandonadas en el lapso de uno o dos siglos (Culbert, 1995).

El colapso no tuvo una sola causa ni ocurrió sincrónicamente en todos lados: fue un fenómeno complejo y escalonado. Guerras endémicas, crisis de rutas comerciales, sequías severas e incluso epidemias habrían exacerbado la situación, pero —subraya Culbert— ninguna de ellas por sí sola explica una pérdida poblacional tan amplia y prolongada; el patrón regional de abandono gradual y la ausencia de recuperación significativa apuntan más bien a una degradación ambiental sistémica, combinada con tensiones políticas internas. En suma, una tormenta perfecta de factores empujó a ciertos centros a un punto sin retorno. Aun así, hubo continuidades importantes: grupos de población reducidos persistieron en “refugios” ambientales (valles con agua permanente, zonas costeras) y, sobre todo, el norte yucateco tomó la posta en el Posclásico con centros como Uxmal, Chichén Itzá y luego Mayapán, donde la civilización maya experimentó un renacimiento adaptado a nuevas condiciones (Sharer & Traxler, 2006; Cobos, 2019).

Lo que enseña el “desastre demográfico”. La trayectoria del Clásico maya ofrece una lección sobre cómo una sociedad compleja puede tensar sus límites ecológicos. Durante siglos, más población implicó más campos cultivados, más construcción de templos y mayor demanda de leña y agua… hasta que la base de subsistencia no resistió. Culbert propone entender el colapso como el resultado de retroalimentaciones negativas en cascada (no de una sola “chispa” catastrófica). Este enfoque nos advierte sobre paralelos con desafíos actuales: a veces las soluciones de corto plazo (por ejemplo, sobreexplotar acuíferos o bosques para sostener a más gente) erosionan la resiliencia a largo plazo del entorno que nos sustenta. En la historia maya, la intensificación agrícola sin suficiente manejo sostenible condujo a suelos empobrecidos; las sequías —detectadas en registros paleoclimáticos— exacerbaron la escasez de alimentos; y la lucha por recursos pudo haber detonado más guerras, cerrando un círculo vicioso. El colapso maya, lejos de ser un enigma alienígena, es un recordatorio de la interdependencia entre sociedad y naturaleza, una advertencia de que incluso las culturas más brillantes pueden decaer si se quiebra el equilibrio con su ambiente.

Imagen de la exuberante selva Lacandona de Chiapas, destacando la diversidad de flora tropical con sus grandes árboles, como las ceibas sagradas para los mayas.

Lo que siguió vivo… y cómo se comparte hoy

Pese al abandono de ciudades clásicas, la civilización maya no se extinguió en absoluto, sino que sobrevivió, y con ellas sus lenguas, sus calendarios rituales, estilos artísticos y memorias históricas que hoy podemos leer en inscripciones antes indescifrables. Las comunidades mayahablantes en México, Guatemala, Belice y Honduras mantuvieron viva la cultura y siguieron venerando sus ceibas, consultando chí’oles (calendarios agrícolas y ceremoniales) y narrando hazañas de antiguos héroes en los libros de Chilam Balam y el Popol Vuh. En la actualidad, templos, estelas, murales y ajuares funerarios funcionan como bibliotecas abiertas que, leídas con las claves de la epigrafía moderna, nos permiten reconstruir historias locales —como los símbolos de prestigio y las tumbas reales de Yaxchilán que conocimos— y entender cómo la élite escenificaba el poder en vida y muerte (Fierro Padilla & García Moll, 2022). El legado maya perdura no sólo en museos, sino en la identidad de millones de personas que se reconocen descendientes de los constructores de ciudades en la selva.

Compartir y preservar ese legado requiere más que excavar ruinas: implica investigación sostenida, protección del patrimonio natural y cultural, y experiencias de visita que eduquen tanto como asombren. En las últimas décadas, instituciones y gobiernos han sumado esfuerzos para ese fin. Por un lado, en México, programas como el Promeza (Programa de Mejoramiento de Zonas Arqueológicas) han impulsado investigaciones, restauraciones y mejor infraestructura de atención al público en decenas de lugares asociados al recorrido del Tren Maya. Por ejemplo, en el Tramo 1 (de Palenque a Escárcega) se abrieron nuevos circuitos de visita en sitios como Palenque, Moral-Reforma y El Tigre, mejorando la señalización e incluso renovando museos de sitio. En Palenque, en 2024 se inauguró un moderno Centro de Atención a Visitantes y se actualizó el museo “Alberto Ruz Lhuillier”, realzando la presentación del hallazgo de la tumba real. Todo esto se traduce en que infraestructura, mediación cultural y ciencia hoy se entrelazan para que la memoria maya circule con la misma intensidad con la que antaño lo hacían el jade o el cacao. No se trata de reescribir la historia, sino de acercarnos a ella con más contexto y respeto.

Por otro lado, en un acuerdo trinacional histórico, los gobiernos de México, Guatemala y Belice firmaron en 2025 la creación del Corredor Biocultural de la Gran Selva Maya, proyecto conjunto para preservar más de 5.7 millones de hectáreas de selva, “uno de los últimos pulmones del planeta y herencia viva de los pueblos maya” en palabras del comunicado oficial. La firma, realizada en Calakmul, simboliza que las fronteras políticas no deben dividir los esfuerzos de conservación: “No sólo estamos protegiendo un ecosistema invaluable, sino honrando el legado de la civilización que floreció en estos territorios”, destacó el primer ministro beliceño al suscribir el acuerdo. Sus homólogos coincidieron en que la Gran Selva Maya es un patrimonio cultural y natural de toda la humanidad, y que protegerla con un enfoque de desarrollo sostenible —respetando los derechos de las comunidades indígenas actuales— significa dar continuidad a la visión maya de convivencia entre seres humanos y naturaleza.

Corredor bicultural maya, Chiapas.

Este corredor integra 50 áreas protegidas a lo largo de los tres países y busca combatir la tala ilegal, el tráfico de especies y los incendios forestales, a la vez que impulsa el turismo responsable y la justicia social. Nunca antes los líderes de estas naciones se habían unido en una iniciativa ambiental de tal escala, y su alcance va más allá de lo ecológico al declarar el Día de la Gran Selva Maya y crear un Consejo trinacional de gestión, y reconocer que la mejor manera de honrar a los antiguos mayas es preservar la selva que fue su hogar y fuente de inspiración. En esencia, las prácticas de conservación actuales —desde la arqueología comunitaria hasta la protección de jaguares y cenotes— dialogan con la cosmovisión maya, aquella que veía cultura y naturaleza entretejidas como las hebras de un mismo telar.

Al concluir nuestro recorrido, regresamos simbólicamente a Palenque, donde iniciamos. En el Templo de las Inscripciones aquella losa esculpida recupera todo su sentido original: no es la imagen de un “astronauta u observador científico” ficticio, sino el retrato de un rey —K’inich Janaab’ Pakal— viajando por la ceiba cósmica hacia el reino de lo divino.

Lápida de la tumba del gran rey Pakal, descubierta por Alberto Ruz. El enigmático rey, mirando hacia el cosmos en su viaje a la eternidad.

Es la confirmación de que las verdaderas conexiones, ayer y hoy, son las que unen cielo, piedra y comunidad en un ciclo permanente. Así, la selva maya sigue comunicándose: nos habla de resiliencia y adaptación, de la grandeza y humildad de un pueblo que supo leer los designios del cielo en el vuelo del quetzal y encontrar sustento en el corazón de la tierra. Que este viaje por la red de ciudades, rutas y memorias nos inspire a valorar ese legado y a continuar escribiendo —con conocimiento y respeto— el próximo capítulo de la historia maya, en armonía con la naturaleza que le dio origen.

Animación y audio realizado con ayuda de Inteligencia Artificial.

Entonces los Progenitores dijeron: “¿Sólo habrá silencio e inmovilidad bajo los árboles y bejucos? Conviene que haya quien los guarde en lo sucesivo”. Así dijeron cuando meditaron y hablaron enseguida. Al punto fueron creados los venados y las aves. Enseguida les repartieron sus moradas.

“Tú, venado, dormirás en la vega de los ríos y en los barrancos. Aquí estarás entre la maleza, entre las hierbas; en el bosque os multiplicaréis, en cuatro pies andaréis y os sostendréis. Y así como se dijo, así se hizo.”

Popol Vuh

Referencias

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EFE (2025, 18 de agosto). México, Guatemala y Belice crean corredor biocultural de la Gran Selva Maya. Revista Summa. [Comunicado de la Agencia efe].


Agradecimientos

Arqueólogo Humberto Medina González

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Instituto de Investigaciones Estéticas - Archivo Histórico


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