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Una noche de terror buscando a San Ildefonso y San Antonio en Mérida e Izamal
Una noche de terror buscando a San Ildefonso y San Antonio en Mérida e Izamal
Hugo Arturo Cardoso Vargas
Coordinador del Seminario Permanente de Estudios de la Fiesta en México

Viajar a Yucatán fue un proyecto que tenía siempre muy presente: Yucatán, tan cerca y tan lejos de la Ciudad de México (mi entorno natural), siempre me pareció un atractivo lugar para visitar y conocer sus fiestas, sus expresiones y sus alcances. Aunque deseaba viajar, no se había presentado la ocasión. Comuniqué a mi esposa –para que me acompañara como casi siempre– y a mi familia la intención de ir a Izamal en junio por la celebración de la fiesta de san Antonio de Padua, santo tutelar del famosísimo templo del no menos célebre convento de esa bella ciudad vestida de oro y blanco. Estaba todo listo el día 12 de junio a las 13:15 horas.

Ya estaba decidido, apartados los boletos para el viaje y el hotel, y empezaron los preparativos. Se hacían planes para llevarnos al punto de salida y al final casi no encontramos quién nos llevara: los taxistas no respondían y los que se comprometieron a llevarnos se les olvidó que no podían circular ese día (¡claro, antes de la implementación del doble o triple no circula semanal!).

Me di cuenta, gracias al célebre Calendario de Galván, que aún circula en puestos de periódico y lugares cerrados, que el día anterior, 11 de junio –en que la Iglesia católica celebra a san Ildefonso– era la fiesta del santo tutelar de la Catedral de Mérida. Así que intenté cambiar la fecha de salida hacia Mérida y no fue posible. En fin, salimos de la ciudad dispuestos a llegar a la tornafiesta de san Ildefonso que, imaginamos, sería impactante. 

La decepción empezó con el taxista que nos llevó de la terminal aérea al centro, justo a la Catedral de Mérida, en la esquina de la Calle 60 con la 61, porque cuando le pregunté sobre la fiesta de san Ildefonso contestó, honestamente, que no sabía nada; ni siquiera que el día anterior se celebraba a ese santo y menos que era el tutelar de la ciudad.

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A cambio nos dejó, gracias a mi petición de llevarnos donde se pudiera comer una típica comida yucateca, en la esquina de las calles 62 y 57, donde encontramos en primer lugar una placa roja con letras blancas en texto bilingüe que decía El Colonial y una breve explicación de ese sitio en la historia de Mérida. Enseguida, en un acceso de vidrio –con dos puertas centrales abatibles– aparecía una manta o plástico con una leyenda de la que destaco lo siguiente: La Chaya maya, y con letras más pequeña “Comida yucateca”, y después una R (supongo de Restaurante, pero podría ser de registrado el nombre). Todo esto en un campo integrado por una hoja de chaya y sobre el nombre cinco estrellas blancas acomodadas estéticamente de acuerdo a la forma de la hoja. 

Con un impresionante calor encima, producto del viaje desde el aeropuerto hasta el centro de Mérida, al cruzar la puerta nos recibió una muy refrescante brisa –casi marina– que nos confortó y al menos nos olvidamos del calor para disfrutar de nuestra merecida y necesaria comida. Empezamos por la excelente agua casi helada de chaya y después la imprescindible sopa de lima y concluimos con una carne de venado que no tenía comparación. 

Una vez degustado ese menú nos lanzamos a la calle, es decir, a la hirviente acera que parecía ser la superficie de un horno en su momento de máxima capacidad, y caminamos hasta llegar a la Catedral de San Ildefonso o la Santa Iglesia Catedral de la ciudad de Mérida, que inició su construcción el 16 de noviembre de 1561, cuando el papa Pío IV, a petición del rey Felipe II, emite la autorización para la levantar este magno recinto asignándole por titular a san Ildefonso.
Esperaba estar mejor informado de la fiesta a San Ildefonso –aunque me la perdí– ya en la Catedral de Mérida. Pero, ni quién supiera darme datos y en el templo tampoco había señales de celebración; salvo un fresco adorno floral a los pies de una escultura del santo, que ocupa el lado izquierdo del templo casi a la altura del Altar Mayor. 

Dejamos la Catedral y empezamos a recorrer las calles céntricas de Mérida dejando pasar el tiempo para partir a Izamal. Como siempre sucede, varios meridianos dieron distintas pistas para salir de la ciudad y llegar a Izamal: desde contratar un taxi, que no tuviera taxímetro (porque cobran más), hasta llegar al cruce de la Calle 65 con la 52, base de las unidades que recorrían esa ruta.

Al llegar vimos una unidad ya casi por salir y tenía sólo un sitio para pasajero, así que decidimos dejarla y esperar la siguiente. Llegó otra unidad y empezó a bajar el escaso pasaje que traía, y mi esposa y yo sin más nos subimos a esperar la partida; llegaron más pasajeros y se acomodaban en los lugares que más les gustaban, pero los que abordaron después no podían elegir y se ubicaban en donde había un asiento vacío. De pronto, ya casi con la unidad llena de pasajeros, el chofer empezó a pedir “Fichas, fichas” a los viajantes, quienes las depositaban en sus manos. Pero cuando llegó con nosotros, ¡no teníamos fichas! Y ni idea de cómo adquirirlas. Molesto el chofer señaló una pequeña mesa, escondida por los puestos de los vendedores ambulantes, para ahí adquirir las famosas e imprescindibles fichas. Bajé de la unidad, compré las dichosas fichas y las deposité, como los demás, en la mano del chofer.

Después de un recorrido de casi 67 kilómetros, en poco menos de dos horas llegamos a Izamal. Desde las primeras casas domina el color amarillo oro y blanco en casi todas las fachadas; pocos autos y muchas motos circulan por sus calles. La gente aprovecha el fresco de la tarde noche para salir a platicar –como lo narran viejas historias en viejos libros, es la costumbre en tierras del más antiguo Mayab– los acontecimientos del día.

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El transporte nos dejó a un costado del edificio municipal; bajamos el equipaje con la ayuda del chofer y caminamos en búsqueda de nuestro hotel. Llegamos a la esquina en que del lado derecho está el convento franciscano de San Antonio de Padua y en el izquierdo el Parque Itzamna con sus grandes ceibas y su amplia plaza bastante limpia. El hotel, según su sitio de Internet, se ubicaba en la Calle 30, muy cerca del centro, por eso lo elegí; pero ¡vaya sorpresa!, no lo veíamos y cruzamos las calles 29, 27, 25 y por ahí un lugareño, solícito nos indicó que el hotel estaba más adelante del Parque La Estación. Caminamos hasta que, efectivamente, más adelante de una vieja estación de tren (reminiscencia de la importancia de esta modalidad de comunicación vinculada con la explotación del henequén) se levantaba un vistoso y moderno edificio de cuatro niveles y en un lugar más bien discreto un anuncio luminoso: Hotel Izamal.  

Nos reportamos en recepción y una chica, amablemente, nos atendió y ofreció una habitación y poder disponer de la pequeña alberca del hotel. Elegimos una en el tercer nivel, sin sospechar la noche que nos esperaba. Después de dejar nuestras pertenencias regresamos al centro de Izamal para cenar, no queríamos llegar a la Calle 30 y así examinamos opciones pero ¡no había! Regresamos hasta enfrente del convento, dimos vuelta a los arcos que limitan las casas que ven al Parque Itzamna; nada nos apetecía de lo que ofrecían los escasos locales de comida. 

Más bien decepcionados y con mucha apetito emprendimos el camino de retorno al hotel por la Calle 30, pero nos topamos con un lugar recientemente inaugurado: La Casa de los Ángeles; el sitio vale la pena. Más que cenar fue sólo merienda; pero, algo es algo, especialmente, cuando el estómago te pide satisfacer su hambre, que distrajimos con un capuchino y un pastel de chocolate delicioso.

Después regresamos al hotel. Aquí debo decir que desde que supe su ubicación, lejos del centro y rodeado de mucha naturaleza, salvo la calle pavimentada por la cual se llega y se va al centro de la población, no me agradó y hasta me molestó demasiado; molestia que debí ocultar a mi esposa. Pero después de esa noche del 12 al 13 de junio juro, por lo más sagrado, nunca regresar a ese lugar. Este juramento también lo hizo mi esposa; días después me lo confesó.

Después de no dormir como el cuerpo y la mente lo requieren, salimos del hotel dispuestos a no volver por la noche, pero decididos a disfrutar la fiesta de San Antonio de Padua en la iglesia del convento de Izamal. Llegamos al convento, pero no había nada extraordinario que indicara la presencia de la fiesta; es decir, ni música, ni cohetes, ni flores, ni adornos, ni procesiones, ni peregrinaciones. Nada, la vida de Izamal y su convento era tan ordinaria como todos los días: escasos visitantes, pocas personas que se acercaban a la iglesia y al pequeño museo, incluido el bello Camerín de la Virgen de Izamal. 

Nosotros buscando la fiesta y la fiesta parecía esconderse entre el amarillo oro viejo y el blanco de las fachadas de las viejas casas de Izamal. Pasamos casi todo el día en el enorme atrio del convento, viendo al tiempo pasar, en pleno solaz y más esparcimiento, porque de la fiesta nada, nada, simplemente nada.

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Pero, ¡qué cierto es aquello de que a cada capillita le llega su fiestecita!, porque la misa de las 7 p.m. estaba dedicada a san Antonio de Padua. Yo estaba afuera del templo, en el atrio, observando las nubes y su efecto sobre su amplia fachada, y me percaté de que algunas personas se acercaban a la iglesia cargados de cajas no muy voluminosas o de bolsas grandes, pero no pude determinar su contenido. Ya dentro del templo vi los paquetes cerrados reunidos sobre las bancas, lo que alimentaba mi curiosidad.

Al concluir la misa los jóvenes seminaristas se acercaron a la imagen de San Antonio y lo empezaron a mover de su sitio para cargarlo, llevarlo en andas e iniciar una procesión que cubrió los cuatro lados del atrio, sin abandonar nunca esos corredores. Una vez cubierto su trayecto, la procesión regresó a la iglesia y después de colocar a san Antonio en su sitio de honor, muy cerca del Altar Mayor, la gente empezó a organizarse en dos largas filas acercándose, lentamente, al Altar. 

Hasta ese momento descubrí el misterio que encerraban las cajas y bolsas que cargaron algunos fieles; porque bolsas y cajas se llevaron hasta el frente y un par de mujeres, ante cada fila, empezaron a sacar, una a una, las piezas que contenían. De cartón y plástico surgieron piezas de pan mediano que una señora entregaba a otra que, a su vez, regalaba a cada uno de los fieles formados. Como yo me acerqué a tomar fotografías de la entrega de este don, una de las señoras cordialmente me regaló mi pieza de pan. Por cierto, debo confesar que mi paladar, adicto, muy adicto al pan, no pudo negar que esa pieza de pan era muy rica. Claro que faltó con qué acelerar su descenso: un atole, un champurrado o, al menos, un refresco. 



Finalmente, fuimos invitados a abandonar el templo y recorrer el enorme atrio amurallado del convento, que es el orgullo del lugar; el atrio de Izamal es el segundo más grande después –nada más y nada menos– del de la Plaza de San Pedro en Roma. Claro que a diferencia de esa tan conocida plaza, el de Izamal está ubicado sobre una pirámide con pocos vestigios a la vista del visitante, y tiene 75 arcos que forman un corredor impresionante de 7,806 metros cuadrados.

Después de abandonar el convento y el atrio, y antes de cualquier otra decisión, nos fuimos a buscar hospedaje en otro lugar, porque no íbamos a regresar al tétrico Hotel Izamal; a pesar de su lujo, alberca y limpias y bien arregladas, diría hasta acogedoras (durante el día, claro) habitaciones, no íbamos a repetir la experiencia de la noche anterior y nos dirigimos al Hotel del Ángel para solicitar una habitación y aunque el costo era mayor al que teníamos presupuestado aceptamos, todo con tal de huir de una noche de terror (hasta parece título de película mexicana).

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El Hotel del Ángel hacía gran diferencia: no era una pocilga maloliente, descuidada y hedionda; claro que entre el del Ángel y ese sitio, colocaría al Izamal. Abandonamos el hotel prometiendo que en la próxima visita a Izamal nos hospedaremos ahí. Dejamos encargado nuestro escaso equipaje y fuimos a caminar por el centro; encontramos una procesión de pocos fieles que, según me dijeron, venían desde Mérida a reverenciar a la Virgen de Izamal. A la vanguardia de los fieles venía un pendón con la Virgen María en su advocación del Sagrado Corazón y al reverso la leyenda: “Madre Nuestra derrama el efecto de gracia de tu llama de amor sobre la humanidad”. 

Corría el tiempo y nosotros sólo estuvimos vagabundeando por Izamal hasta la hora de la comida. Así, llegamos a Los mestizos, donde disfrutamos una comida regional muy condimentada que me hizo recordar lo que oí dos días después en voz de la célebre desconocida (para los del Altiplano) Salomé Sansores, alias “Chepita Kakatúa de la Papaya”, artista regional (de Yucatán): por la comida tan rica y diversa a los visitantes nos mandan o salimos de Yucatán “desnegociados de la panza”.

Por cierto, olvidé mencionar la visita al taller de artesanía del henequén Raíces Mayas; un par de meses después me enviaron unos artículos para regalar a los compañeros e integrantes del Seminario Permanente de Estudios de la Fiesta en México con motivo de su 8º aniversario.

Abandonamos la ciudad de oro amarillo y blanco para dirigirnos a la capital del estado de Yucatán; caminamos hacia donde sale el transporte que nos llevarían a Mérida y –claro– no olvidamos adquirir las imprescindibles fichas. Con ellas en la mano nos del mejor lugar en la unidad y disfrutamos del viaje entre Izamal y Mérida: paisaje lleno de palmeras y mucha vegetación que llenaba de verde los ojos. Buscamos dónde hospedarnos por un par de noches y en la Calle 62, entre la 57 y 59, existe un excelente lugar para descansar y cargar baterías (personales y eléctricas o electrónicas), el Hotel Colón, bastante limpio, con buen servicio y hasta con alberca.  

En el Centro Histórico es imprescindible recorrer el Pasaje dedicado al célebre caricaturista Gabriel Vicente Gahona Pasos, mejor conocido como “Picheta”; espacio cultural de gran atractivo visual porque registra algunos de los entrañables personajes que ilustró “Picheta” en El Bullebulle, periódico que editó en esta ciudad y que lo colocó como un ilustre artista plástico. 

Al no encontrar a don Antonio, el jefe de seguridad de la Catedral de Mérida, y para seguir en búsqueda de la fiesta, nos dirigimos al primer San Antonio que se nos mencionó. Así, el chofer de la unidad, sin taxímetro, se ofreció a llevarnos a la Iglesia de Cristo en San Antonio Xluch II que se ubica en la Calle 145. Abordamos el taxi y después de un recorrido bastante desorientador, que se reflejó en el alto costo que pagamos por su servicio, llegamos a la iglesia.

La ceremonia litúrgica se iniciaba recién llegamos y es que se aprovechó para que también un grupo como de 20 niños y niñas hicieran su Primera Comunión, y fuimos testigos, bastante extraños para los lugareños. Esta celebración es de gran importancia para los pequeños que cumplen con un sacramento de la religión católica, para sus familias y no olvido a los padrinos que así confirmaban la construcción de nuevos vínculos entre los vecinos o grupos de amigos.

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Aproveché para sacar algunas fotografías tanto a los celebrantes como a los padrinos y una del grupo en la que hasta el sacerdote apareció. Después nos movimos por el templo –modesto, de concreto casi todo, y de forma semicircular– para sacar fotos de la Virgen de Izamal (no hay iglesia en Mérida o en todo Yucatán sin su respectiva representación de esta Virgen). 

Por la mañana, no dejamos pasar la oportunidad de presenciar una Vaquería; esto es, un evento en donde prevalece el baile, la poesía y hasta la parte humorística. En primer lugar, apareció una maestra con su grupo de danza de jóvenes y adultos que ejecutaron algunas evoluciones para mostrar su destreza y habilidad para conjuntarse con sus compañeros. Pero no dejaba de ser una clase al aire libre, con las equivocaciones inevitables y las correcciones a cargo de su directora.

Después, fue un grupo más homogéneo integrado por adultos mayores y en donde se veía una mejor coordinación y una mayor integración e interacción entre los participantes, lo que permitía al público apreciar evoluciones más complejas y rebuscadas sin olvidar la esencia de la danza yucateca. Entre cada una de las ejecuciones del grupo intervenía un poeta y cronista –no me pregunten, no sé su nombre aunque tal vez esté en alguna de las grabaciones que hice de la Vaquería–, que aparte de mostrar sus dotes poéticas, muchas de sus declamaciones eran sus propias creaciones, tenía excelente memoria, excelente dicción y buen talante. El cronista de la ciudad intervenía para declamar alguna poesía o algún pensamiento referente a la ciudad de Mérida y sus habitantes; inmediatamente después, iniciaba otra participación del grupo de danza.
El programa de la Vaquería cerraba con la participación de Salomé Sansores, alias “Chepita Kakatúa de la Papaya”, que ya mencioné líneas arriba, quien por más de media hora nos invitó a reír gracias a sus sketches que hacían mofa y burla de su propia experiencia y, no podía ser de otra manera, de los meridianos y sus visitantes, en especial los nacionales. También aprovechó para hacer gala de su doble sentido y su ironía para reírse –y nosotros con ella– a costillas de sus experiencias y las ajenas.

Después de comer –no comida regional, por el consejo de Salomé– en un restaurante que es una divisa que nació en la Calle de Obregón y su fuerte eran los bísquets, regresamos a la Catedral y encontramos la ceremonia en que la policía local procedía al descendimiento de nuestro lábaro patrio que se eleva en el asta de la Plaza Mayor. Mi esposa con una cámara y yo con otra seguíamos al grupo hasta que desapareció en el Palacio de Gobierno. 

En cuanto desaparecieron los efectivos de riguroso uniforme azul, decidimos dar una nueva vuelta por las inmediaciones del Centro Histórico, después nos dispusimos a descansar en una banca y contemplar el atardecer que empezaba a caer sobre la ciudad y, más tarde, regresamos al hotel para preparar nuestro regreso, porque al otro día teníamos que ir al aeropuerto y abordar el avión con dirección a la Ciudad de México.

Llegamos sanos y salvos a casa mi esposa y yo, y todos los hijos y los nietos nos esperaban con los brazos abiertos y dispuestos a escuchar las peripecias de nuestro viaje a Yucatán.

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