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Portadilla de Gustavo A. Madero. Perfil de un revolucionario imprescindible

Gustavo A. Madero. Perfil de un revolucionario imprescindible

La figura de Gustavo Adolfo Madero es indivisible de la de su hermano mayor, Francisco Ignacio. De personalidades opuestas, los hermanos Madero lucharon por derrocar a Díaz desde distintas posiciones, pero con el mismo compromiso. El iniciador de la Revolución debía ser, sin lugar a dudas, un idealista como lo era Francisco, quien se complementó y apoyó en los talentos y cualidades de su hermano menor. A fin de comprender y valorar la participación que Gustavo A. Madero tuvo en el proceso revolucionario, es preciso enfatizar que cualquier intento de imponer un cambio radical en la estructura social y económica de un país no puede tener lugar sin recursos económicos, pues es necesario invertir en armamento para salir a combatir al enemigo: ésa fue la principal contribución de nuestro personaje. Sirva esta colección para reconocer sus aportes y el sacrificio de su vida como un revolucionario imprescindible de nuestra historia.

A menudo, los personajes históricos que trascienden son los que se batieron en las batallas y enfrentaron al enemigo cuerpo a cuerpo. No obstante, de igual importancia son aquellos que, desde otros ámbitos, alejados de la lucha armada, combatieron con la misma convicción y fuerza. Por ello, deseamos reconocer, a través de esta pequeña muestra, las acciones llevadas a cabo por Gustavo A. Madero para financiar el inicio de la Revolución mexicana.

Gustavo Adolfo y Francisco Ignacio fueron los primeros de los 16 hijos que procrearon Francisco Madero Hernández y Mercedes González Treviño. Ambos compartieron infancia y adolescencia como si fueran ellos dos los únicos hijos, ya que muy jóvenes se alejaron de la familia para estudiar en un internado en Saltillo y después en el extranjero; primero en Baltimore, en los Estados Unidos, y finalmente en Europa, específicamente en Francia.

Con el paso de los años y el regreso a México sus vidas parecían separarse; los negocios llevaron a Gustavo a mudarse con su recién formada familia a Lagos de Moreno, Jalisco (se había casado con Carolina Villarreal el 21 de septiembre de 1898). Sin embargo, la situación social del país y el deseo de perpetuidad de Porfirio Díaz en el poder unieron nuevamente la vida de los hermanos que compartían un sueño: hacer posible un México democrático.

Aunque lograron cristalizar dicho sueño, éste fue efímero; al final de sus vidas, Francisco no supo escuchar las advertencias de Gustavo, quien veía claramente una próxima traición; él mismo descubrió y desenmascaró al general Victoriano Huerta ante los ojos de su incrédulo hermano mayor, quien decidió darle otra oportunidad al traidor creyendo en su falsa palabra. Pese a este lamentable hecho, Gustavo siguió apoyando incondicionalmente al entonces presidente, lo cual desembocó en su desenlace trágico: precedió, por unos días, a su hermano mayor ante la muerte, como resultado de un terrible crimen que bañó de sangre el cierre simbólico de la primera etapa de la Revolución mexicana.

De personalidades opuestas, los hermanos Madero lucharon por derrocar a Díaz desde distintas posiciones, pero con el mismo compromiso. El iniciador de la Revolución debía ser, sin lugar a dudas, un idealista como lo era Francisco, quien se complementó y apoyó en los talentos y cualidades de su hermano menor, que desde pequeño había demostrado tener una personalidad que lograba adaptarse a las situaciones más cruentas de la vida sin amedrentar su ánimo: en la infancia, tras haber sufrido un fuerte golpe, perdió el ojo izquierdo, hecho que no hizo mella en su seguridad ni en su actuar. De modo que, pasados los años, se convirtió en un hombre preparado, formado académicamente en asuntos comerciales, y muy pronto descubrió su facilidad para desempeñarse exitosamente en el mundo empresarial; hablaba cuatro idiomas y era sensible al arte, particularmente a la música, gustaba de tocar el violín y disfrutaba como espectador de la ópera y el teatro, tal como consta en repetidas referencias de su abundante epistolario.

A fin de comprender y valorar la participación que Gustavo A. Madero tuvo en el proceso revolucionario, es necesario enfatizar que cualquier intento de imponer un cambio radical en la estructura social y económica de un país no puede tener lugar sin recursos económicos, pues es necesario invertir en armamento para salir a combatir al enemigo: ésa fue la principal contribución de nuestro personaje. Dejó de lado su magnífico futuro como empresario, además de la familia que había formado y que tanto amaba, para entregarse de lleno a la causa revolucionaria. Incluso arriesgó su reputación al comprometer dinero extranjero —de la Compañía Francesa del Ferrocarril del Centro— para sumarlo a la causa, más importantes empréstitos que logró en los Estados Unidos. Esta muestra de osadía evidenció que la Revolución necesitaba a un hombre de negocios capaz de conseguir dinero hasta debajo de las piedras, y ese talento le era propio.

Sin embargo, fue justamente a causa del dinero, concretamente por un reembolso que le hizo la Revolución triunfante, que el desprestigio vino con toda su crudeza, sin considerar que la suma que le entregaron era sólo simbólica y no reflejaba, ni de cerca, todo lo que Gustavo había invertido y que le había llevado a perder gran parte de su patrimonio familiar, fruto del enorme esfuerzo por emprender incontables negocios. Por el contrario, en sus últimos años de vida fue atacado injustamente por la prensa contraria al maderismo, que aseguraba que éste se había enriquecido a costa de la Revolución, valoración del todo parcial.

Gustavo A. Madero fue asesinado en la Ciudadela, el 19 de febrero de 1913, después de haber sido detenido por Huerta y entregado por la noche a los generales Félix Díaz y Manuel Mondragón, quienes a su vez lo dejaron en manos de sus asesinos: soldados ebrios, algunos de ellos menores de edad, alumnos de la Escuela Militar de Aspirantes. Herido por las bayonetas perdió su único ojo, y así, completamente ciego, siguieron torturándolo innecesariamente hasta que perdió la vida. Su hermano Francisco sería detenido más tarde en Palacio Nacional, donde se enteró de la muerte de Gustavo por su vicepresidente José María Pino Suárez; la terrible noticia fue confirmada por su propia madre, a cuyos pies cayó ahogado en llanto.