Durante las décadas de 1960 y 1970 surgió un modo de imaginar comunidades a través de la música como
vehículo de prácticas culturales alternativas y la disidencia política frente al autoritarismo del
régimen de partido único en el poder, ya fuera a través de los acetatos, de las tocadas semanales o de
los conciertos abiertos que surgieron con el empuje de los escuchas, los músicos, el mercado y las
conquistas populares. La música dio resonancia a la rebeldía, la lucha, la protesta y la contracultura
compuesta de diversas formas de vivir el mundo alternativas a las normas y valores vigentes.
El gobierno se enfrentó al fenómeno de varios modos, desde los esfuerzos de manipulación para
aparentar apertura democrática, el intento de control y, al no lograrlo, la estigmatización,
persecución y represión, fundamentalmente por su carácter político. Para ello se sirvió de insumos
informativos generados desde los más altos niveles en la Presidencia de la República y aquellos que le
proporcionaron los agentes de la Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales (dgips) y
la Dirección Federal de Seguridad (dfs) de la Secretaría de Gobernación.
Éstos contribuyeron a crear
un estigma respecto a la música, los públicos, la juventud y sus prácticas, lo que se reprodujo y
fortaleció por la prensa subordinada al régimen, alimentando el círculo de espionaje y represión que
quedó documentado en los archivos.
Más allá de los prejuicios que quedaron impregnados en los documentos, esta exposición es una
invitación a resignificarlos. Lo anterior a partir de una lectura subversiva frente al sentido
original y que permita restituir el carácter político de la música, su contenido rebelde, propositivo,
crítico, transformador y jovial. Así, podemos asomarnos a una realidad aparte de dimensiones
culturales y políticas condensadas en la V dibujada con la mano, esa del amor y la paz mundiales, pero
también la de un esperanzador venceremos, de un momento atrapado en el tiempo cuando la música
agitaba.
Irreverentemente